Lecciones de José Antonio

Rodrigo Fernández Carvajal

Alférez, oct-nov, 1947


Vivimos, pues –esto es lo que interesa señalar– en un tiempo distinto al de José Antonio– distinto en mucha parte porque él lo abonó con su muerte. De José Antonio hemos aprendido que la política, para no irse al diablo, debe tener una estructura dogmática, pero no el luminoso sentido histórico con que él encarnó esta fe. Y ocurre que todo el que quiera operar sobre la realidad colectiva –acertar con las palancas capaces de levantar en vilo a una generación– necesita ser algo más que monótono afirmador de dogmas: necesita escrutar el horizonte de problemas propios de la hora, e incluso sacarlos a luz si aun están latentes. El que no vea problemas escritos en las alas del tiempo –problemas espirituales, no sólo obvias dificultades administrativas– será incapaz de dar soluciones movilizadoras. Esta es, junto a la afirmación de la estructura dogmática de la política, la otra lección que José Antonio nos da y que urgentemente debe aprender nuestra juventud.