Sobre la conversión de Azaña

En los últimos días se ha difundido por Internet la conversión de Azaña en los últimos momentos de su vida. Alfa y Omega reproduce el extracto del artículo que Gabriel M. Verd, publicó en la revista  Razón y Fe en 1986 y Religión en libertad reproduce también el texto.

En el se narra como fue el  obispo de Mountaban, Pierre-Marie Théas, (1940-1947)  el que le atendió espiritualmente y como "ante el crucifijo se le humedecieron los ojos, besándolo amorosamente por tres veces y exclamando cada vez: ¡Jesús piedad y misericordia!

Impresiona leer este texto completo sobre el Presidente de Gobierno en 1931 y de la II República en España en 1936. Fue Azaña quien en el Congreso pronuncio la frase "España ha dejado de ser católica".

Y digo que impresiona, porque lo que ni el presidente ni sus allegados supieron, ni la inmensa mayoría de los españoles conocen todavía ahora, es, que una niña de nueve años, sobrina de José Antonio Primo de Rivera, había rezado y ofrecido su vida por la conversión de Manuel Azaña.

En efecto, M. Carmen había ofrecido su enfermedad por los asesinos de su padre, Julio González Valerio, asesinado en la checa de Marqués de Riscal, en Madrid.

Era el 15 de agosto, fiesta de la Virgen, cuando una ronda de milicianos se presentó en su casa. "No llores Carmen, muero por Dios y por ellos". Ellos son sus hijos. Pero Carmen se obstina en seguirlo y compartir su suerte. "No, Carmen. Quédate y cuenta a los niños, cuando sean mayores, cómo he muerto. Muero porque el Santo Crucifijo vuelva a las aulas y presida la infancia de nuestros hijos".

Luego las cosas tomaron un giro imprevisto. A las diez de la noche del mismo día, Julio volvía a su casa. Los milicianos de la checa lo habían dejado marchar. Sin que haya dato  explicito que lo confirme, se interpreta que le propusieron vestir de nuevo el uniforme militar e incorporarse al ejército de la República, concediéndole unas horas libres para pensarlo. Pero Julio no podía. No quería traicionar sus sentimientos y sus convicciones.

Pocos días después, el 25 de agosto estando Julio en la Castellana se lo llevaron de nuevo. Quedó preso en la checa de las "Milicias Unificadas" instalada en la calle de Marques de Riscal, 1 muy cerca de su propio domicilio.

El día 28, sigue contando José Luis Sáenz de Heredia, nos trajeron la cena, una tortilla y una naranja. Cuando terminó, volvió a abrirse la puerta y entró un miliciano poco habitual, que nos recorrió con la mirada diciendo: "Julio González Valerio". Se alzó interrogante Julio y le siguió… Los milicianos vigilantes (digamos sus amigos ganados por su simpatía) lo miraban serios entendiendo… Al poco tiempo volvió a la habitación donde estábamos hacinados hasta quince presos. ¿Qué ha sucedido Julio? "A mi me matan". Y a los dos se nos cortó el habla. Después, apareció aquel miliciano y con un claro ademán del brazo lo requirió para que volviera a acompañarle. En la checa se había tomado ya una resolución definitiva. Quizá él se había negado de nuevo a luchar como militar al lado de los rojos. Julio cogió la chaqueta y con ella al brazo nos dijo a todos "adios, amigos" y salió de aquella habitación. Ya sabía él sin duda que iba a la muerte. Era el 29 de agosto.

Tras la muerte de su marido, la madre de M. Carmen se refugia en la embajada de Bélgica por correr peligro a causa de su parentesco con José Antonio.

Sus hijos quedaron al cuidado de su tía Sofía, que relataría más tarde la actitud de M. Carmen ante aquellos difíciles momentos: "Durante su estancia en mi casa, la niña rezaba todos los días el rosario por la conversión de los asesinos de su padre". Para la pequeña, éstos se encarnaban en el presidente de la República, Manuel Azaña. Por eso más tarde Mari Carmen preguntaría a su madre: "Mamá, ¿Azaña ira al cielo?", a lo que su madre contestaba que si rezaba por él sí se salvaría.

Estando M. Carmen interna en el colegio de las Irlandesas en Zalla, (Vizcaya), los médicos le diagnosticaron una grave escarlatina, que se fue agravando con el paso de los días, por lo que regresó rápidamente a casa. Durante su dura convalecencia, dio claras muestras de santidad y todos los intentos para sanarla fueron inútiles.

Cuando murió, Mari Carmen estaba destrozada y deformada físicamente por la enfermedad, pero uno de sus tíos se percató de un hecho extraordinario: "¡Miren qué bella se vuelve!", advirtió. Además, un dulce perfume diferente del de las flores de su alrededor emanó de ella. La rigidez había desaparecido y se había transfigurado en una bella imagen.

Mari Carmen González Valerio y Sáenz de Heredia está en proceso de beatificación. Su tumba  se encuentra en el convento de las carmelitas de Aravaca, en Madrid.

Para saber más de la vida de M. Carmen se puede consultar los libros: M. Carmen González Valerio y Sáenz de Heredia de "una carmelita descalza  y Víctima de Jesús M. Granero, S.J.