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En el acto de descubrimiento de una lápida conmemorativa

en el Teatro de la Comedia, 1971
Discurso de Jesús López Cancio
"Escritos y Discursos", Edit. Plataforma 2003

 

 

 

 

Gracias, señor alcalde, por tus palabras. Gracias también al Ayuntamiento de Madrid por un acuerdo que le honra y al que hoy se da cumplimiento. Gracias en nombre del Consejo Provincial del Movimiento y de cuantos nos hemos congregado en este vestíbulo.

Muchas son, ciertamente, las fachadas madrileñas que pregonan los acontecimientos de la vida de personalidades ilustres, pero sólo unos pocos monumentos pueden parangonarse con este sencillo recordatorio de que aquí, precisamente aquí, nació el noble intento de una España nueva.

Porque esta lápida que ofrendáis a José Antonio trasciende de su personal biografía, se hace memoria del empeño de una generación y se convierte en acicate y guía de cuantos deseen enderezar su insatisfacción social hacia el mejor servicio de una España auténtica y moderna, digna y universal, fuerte y justa.

Porque la voz de José Antonio fue aquí un primer análisis del pasado, de las ideologías imperantes y de la comunidad misma, llenó de intuiciones, estilo, claridad y afirmaciones, insólitas en aquellos tiempos de disolución y parcialidades suicidas. Fue una convocatoria para las coincidencias fundamentales. Fue el paso al frente de un intelectual que abandonó la soledad de su castillo especulativo, sus dudas inteligentes, y se lanzó al servicio de su patria, pregonando fe y voluntad en unos «queremos» que movilizaron a la juventud española de entonces.

Desde esta decisión, José Antonio, en contacto con el pueblo, enriqueció sus ideas y fortaleció su ánimo, hasta culminar su pensamiento político en el gran discurso del Cine Europa. Pensamiento y vida que signó con la autenticidad de su entrega y sacrificio, inmortalizados en losa austera y unitiva del Valle de los Caídos.

La voz y el ejemplo de José Antonio constituyen un discurso inacabado y un truncado servicio, una malograda posibilidad, que exige de nosotros algo más que la mera repetición de todas sus afirmaciones iniciales; exige sí la intransigencia de cuanto certeramente señaló como fundamento político de nuestra comunidad, pero exige también la búsqueda de nuestras respuestas válidas para los problemas de cada hora, de cada tiempo.

Porque él no quiso programas rígidos, cómodos recetarios, sino gallardía y firmes criterios, nosotros tenemos que usar de nuestra libertad y responsabilidad en busca de la realización de la sociedad armoniosa, justa y progresiva que él ambicionó.

En este caso se rinde homenaje también a las escuadras de intelectuales y de artesanos, de obreros y labriegos, de estudiantes y hombres de ciencia, de empresarios y militares, que procedentes unos de los «marzos» de Ledesma y los «octubres» de José Antonio, otros de la forzada decisión de unas horas dramáticas que se convirtieron en tres años de dolor y gloria y, los más, forjados en el alegre convivir de los campamentos juveniles, constituyen la base humana de unas minorías que no se conforman simplemente con aceptar los principios doctrinales de nuestro Movimiento, sino que proclaman y ejercen su voluntad de servicio.

El mandamiento de esta lápida puede condensarse, para nosotros, en dos palabras: fidelidad y atrevimiento. Una fidelidad sin nostalgias, en la que el estilo se sobreponga al gesto, el concepto a la metáfora, la vida a la palabra. Una fidelidad a beneficio de inventario, para descubrir los vicios y fracasos de nuestro pasado y salvar el patrimonio de las obras y de las ideas realmente dignas de trascender, como apoyatura o como ingrediente de ese futuro que demanda y espera el ímpetu creador de nuestro atrevimiento.

Es decir, decisión clarificadora de los objetivos que justifique el esfuerzo de nuestra unidad; decisión que nos libere de toda la escoria que oculta el fuego caliente y luminoso de nuestra doctrina. Atrevernos a salir del búnker defensivo de lo que es meramente accidental, para que nuestras ideas, nuestra viva presencia y nuestro ejemplo se proyecten sobre nuestro pueblo de un modo eficaz y reciban de él la comunicación de sus necesidades y de sus aspiraciones.

La gran meta de nuestro Movimiento sigue siendo, al menos para el falangista que os habla, la gran obra de síntesis que España demanda: síntesis cultural, síntesis social y síntesis política. La primera para incorporar todo lo noble, válido y verdadero, cualquiera que sea su procedencia o lugar donde se halle; la segunda para superar la lucha de clases, imponiendo una justicia radical y efectiva: finalmente una síntesis política que haga consustancial la unidad y la diversidad, la autoridad y la participación.

Por ello, sin concesiones a la frivolidad, a la cuquería o al conformismo, tenemos que ofrecer respuestas hábiles para los problemas de nuestro tiempo. La fidelidad sin atrevimiento no puede acarrearnos más que la inoperancia y la muerte. El ejemplo nos lo dio José Antonio; no hagamos de su recuerdo ceniza y hoja seca, perennes en la forma, pero sin vida. Él, y todos los que cayeron por una España mejor, nos imponen el esfuerzo de la adivinación. Nuestra vocación política, nacida del amor y la discrepancia, hemos de servirla con inteligencia, proyectándola más sobre el análisis del presente y la conquista del futuro, que hacia la mera complacencia del pasado, que nos obliga, pero que ya no nos pertenece.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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