P. Fernando Huidobro S.J., ¡Presente!


 

 

Pertenezco a la Parroquia de San Francisco de Borja en la calle Maldonado de Madrid. Allí está el P. Fernando Huidobro y Polanco, capellán de la 4ª bandera de la Legión, herido el 9 de noviembre de 1936 y muerto el 11 de abril de 1937, habiendo asistido en los frentes y posiciones de Casa de Campo, Hospital Clínico, Olivares del Jarama y Cuesta de las Perdices. Actualmente y desde el año 1947 está en proceso de beatificación.

 

Su tumba está entrando en la Iglesia por una de las puertas de la calle de  Serrano… Siempre, al pasar junto a el, y normalmente con prisa para llegar a tiempo a Misa, me ha llamado la atención la soledad de su mausoleo, austero y sin flores, su nicho está en un cuartito de paso necesario para acceder al templo. Y siempre me ha dado la impresión de que el P. Huidobro está como olvidado… por unos y por otros.

Hacía ya muchos días que no pisaba mi parroquia, ya que los domingos suelo ir al Valle de los Caídos pero el domingo pasado no pude subir al Valle, así que bajé a Misa a los Jesuitas. Y una vez más experimenté la misma sensación de siempre… Me encontré con el P. Huidobro… Y le dije: “De hoy no pasa”. Además, pocos días antes, habían llegado a mis manos unos escritos del año 1940 del Padre José María de Llanos, S.J., antiguo capellán del Frente de Juventudes, que hablan sobre el P. Huidobro…

 

No me lo pensé dos veces. Tras escuchar Misa subí a casa, preparé mi cámara, me fui a su mausoleo y después de rezar unas oraciones, me dispuse a hacer unas fotos. Su tumba, austera, como dije antes, en su interior y cubriendo al P. Huidobro, una bandera nacional que se ve claramente desde fuera. Sobre el nicho y en la pared, protegido por un marco con cristal, un escrito suyo titulado “El Espíritu que vence” su verdadero testamento, y que transcribo a continuación. También algunas fotografías. Aquí lo dejo todo para nuestros lectores, junto con los comentarios del P. José María de Llanos. Era un deber, una obligación que tenía yo pendiente con el P. Huidobro.

 

Beatriz Avilés
 

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Espíritu que vence

Desde la vida agonizante y amarga de las trincheras envío estas líneas a la juventud que es levadura de la Nueva España: (a los jóvenes todos de Acción Católica), a los que luchan en primera línea y a los que en ciudades iluminan con el resplandor de sus vidas puras el ambiente dudoso de la retaguardia.

Tal vez sean estas líneas prólogo a páginas sucesivas, tal vez testamento, si el Gran Rey quiere llamarme con el relevo definitivo.

De todas suertes quiero que sean canto de guerra que enardezca para el combate decisivo. Sois la única prenda de la victoria y también la única garantía de que esta sea fecunda..

Con visión penetrante me escribía hace poco un gran filósofo “La fuerza del espíritu decide sobre la victoria. Y decide también sobre como se aguantan los culatazos de la victoria”. El espíritu es fuerza creadora. Hace barcos, cañones, fusiles, alista hombres, forma cuadros de mando, empuja al pueblo a la colaboración y al sacrificio, convierte a las ciudades en hospitales de sangre y en fábricas de guerra y da el ímpetu de acometer y el aguante de sufrir.

Por el frente pasa un soplo del Espíritu. A la sombra de la Muerte, que es reina y señora de los campos de España, brotan flores de esperanza. Allá, dentro de los cuerpos rasgados, abiertos en caños rojos, sacudidos de dolor – huesos quebrados por la bala, miembros abultados por la ligadura contra la hemorragia, venda sucia -de sangre en la cabeza- cara verdosa del que se retuerce con el vientre atravesado. Expira un aliento inmortal que rompe afuera en estallar de besos sobre el crucifijo o en el estertóreo y quebrado: ¡Viva España! Ese espíritu vence necesariamente. F. Huidobro , S. J.

 

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Sobre el P. Fernando Huidobro

 

El 23 de julio de 1936 el P. Fernando Huidobro escribía a sus Superiores pidiéndoles permiso para marchar al frente como capellán. La incorporación al aspecto guerrero del Movimiento no podía hacerse en una actitud de empuñar las armas. Lo prohibía el Derecho Canónico con toda la tradición eclesiástica de la Iglesia y el mismo espíritu católico de la cruzada, que hubiera repugnado la ingrata estampa del sacerdote religioso con el fusil en las manos consagradas por el óleo divino.

Me es muy difícil hacer una semblanza del P. Fernando porque el P. Fernando, como todo hombre genial, es en su sencillez complejo, y porque por haber entrado ya en la historia de nuestra cruzada, como uno de sus protagonistas más heroicos y juveniles, retratarle es perfilar el bronce de un ídolo popular, y por último, y aquí radica la mayor dificultad, hay demasiada admiración y cariño por parte del biógrafo para que su descripción no se convierta en himno, y su interpretación en apoteosis.

Sinceramente, y ahora creo ser objetivo, todo el conjunto de valores positivos de la juventud que hizo la guerra, depurados de todo el orín y la escoria del mundo y de la carne, todo eso, la cantidad de espíritu que luchó y venció y se impuso cuando el amanecer nacional, todo en cifra y compendio, iba encerrado en aquella alma y vida clara y maravillosa del P. Fernando. Como hombre admirable y como religioso y sacerdote, y como apóstol para la juventud y para el obrero, y como filósofo y como soldado. Poesía exacta de muchas estrofas de su vida que escribió Dios sobre un pedazo de barro, para nuestra contemplación y nuestra gratitud y nuestro ánimo y esfuerzo ansiosos de modelos imitables y de hermanos triunfadores.

¡El hombre! La obra de naturaleza que Dios se complajo en hacer sobre él fue riquísima. Le han llamado simpático, decidor, alegre, juvenil, fácil a toda especulación y a todo entusiasmo, le han retratado como armonía asombrosa de toda la gama de dotes naturales. El mismo se ha dibujado en este apunte: “Toda espontaneidad, carácter abierto y franco me ayuda. No obsta a la cruz. No hacer la mortificación trágica y de cara larga. Llorar cuando hay que llorar. Por dentro, la alegría del amor. Por fuera, la gentileza del caballero, que sufre como si gozara. Hacer chistes sobre la parrilla, como San Lorenzo. Y cuando no hay más remedio, apretar los puños, como San Ignacio. Nunca llorar como Boabdil”. Así era en una magia rara de su carácter varonil cien por cien, conquistando fatalmente y aún a su pesar a todo ambiente que le rodeó, sus hermanos de religión, cuya encuesta de alabanzas llena páginas de su biografía, las juventudes madrileñas, y las alemanas, y los obreros de Aranjuez y los montañeses, y los legionarios. Aquella su mirada clarísima y penetrante, aquella su palabra precisa y luminosa, su ademán decidido y su risa eran irresistibles.

Me llamó siempre la atención su solución vivida al problema de la mortificación y del goce de la naturaleza. Vivía aquella rigurosamente y sabía del goce verdadero de la poesía y el paisaje y la amistad. Tuvo un estilo personalísimo y claro, y recio como su alma, sin sombra de artificio ni violencia. Por eso sus páginas cortadas y nerviosas, son reflejo de una poesía de entraña: “En medio de esta lluvia de oro encendido del sol de Castilla, escribe desde El Escorial, con el azul fuerte de este cielo y las nubes blancas tendidas sobre Madrid, y el perfil bien recortado de estos montes salvajes me acuerdo de ti, y de los celajes walones y de esa humedad, y bendigo a España que es la tierra mejor del mundo. Estoy gozando lo indecible en esta naturaleza fuerte que tanto acerca a Dios. Ahora todo es alegría de Resurrección. ¡Qué hermoso es Jesucristo, que es la flor y pimpollo de todo esto!” Capaz de gozar el paisaje en una visión trascendente, gozaba del mismo modo en idéntico ambiente sobrenatural de la amistad: “Toda la vida buscando al amigo, escribe, y lo he tenido cerca a veces, pero siempre la limitación humana le quitaba ser perfecto amigo. Perfecto amigo al que en absoluta pureza de afecto le pueda decir todo. Amigo que me ame hasta dar por mí la vida… La limitación de los otros en acabarse, en no dar más de sí intelectualmente o afectivamente, y en separarse siempre. Vivo, aún de los buenos amigos de aquí abajo, siempre en separación. Mi vida en este aspecto son horas fugaces de volver a ver y separarse luego… Unus dilectus meus, unus amicus meus”.

Todo lo bueno y lo grande y lo vivo hallaba eco y vibración en aquel espíritu íntimamente humano: “Cada vez me interesan menos las cosas, decía, lo que me interesan son los hombres”. Porque era flor y espuma de humanidad, cuando gozaba penetrando a Aristóteles o abrazando al alférez Moncho que se le moría en sus brazos, cuando reía con todo el alma los “golpes” picarescos de sus gitanillos granadinos o luchaba entre el barro de nuestro bosque con aquella bici que llegó a dominar en breves horas, después de cuarenta caídas. Así le ví en vísperas de marchar a España, jadeante sobre su máquina, embarrada la sotana, despellejada la piel, y con su sonrisa triunfadora.

No hay para qué hacer una síntesis caracteriológica del Padre. En él iba la vida de la más atractiva juventud corriendo su carera bellamente, alegremente, primero la Montaña, siempre se sintió cántabro de sangre y de genio, luego Madrid que puso en aquella espléndida naturaleza distinción y señorío y despertó su ingenio y le dio cultural y le llevó a Dios. Y con Dios, Granada, su iglesia primitiva, donde puso los espléndidos cimientos de una virtud específicamente ignaciana. Y aquel límpido vaso de elección divina se llenó del vino fuerte de Jesucristo. Sobre su silueta de hombre habría ahora que trazar las recias líneas del religioso. Porque si Fernando Huidobro atrajo y admiró a sus compañeros del colegio, y hasta al mismo don Julián Besteiro en ocasión de aquél célebre examen, el H. Fernando realizó una figura mucho más atractiva y perfecta. En ella una alta armonía entre la abnegación más radical, y el amor más vehemente por su Señor Jesús, problema de la vida y de la muerte, el suyo cuya huella nos dejó en sus apuntes sacerdotales de Ejercicios. “Lucha con el problema de la muerte y la vida, escribe; tengo que morir con Cristo, si soy apóstol “tamquam morti destinatos”, en mí la necrosis, los stigmata y por otra parte… siento en mí el impulso vital, el impulso a la acción, el ansia vital de crear, de hacer, de amar, de dar consistencia a las ideas perennes –no por vanidad sino por la necesidad interna de una fuerza creativa- “epefique polein”, “cuius natura est facere”…

“Día 28. San Agustín Día cumbre de mi vida. Empieza una carrera que es un sacrificio continuado hasta morir y entrar en la Liturgia eterna y ver. Cuando consagré como si un sol me hubiera salido entre las manos. Se me iluminó el alma y me rió la vida. Mi vida que ha tenido tantas horas de interior negrura, tuvo un instante radioso que vale sólo él por todo…”

P. Fernando Huidobro, el buen sacerdote. Ningún otro título, ninguna otra gloria le fue más clara, ninguna otra alegría más íntima: “Durante la Misa, siento clarísimamente a Dios, decía a un Padre; sólo me falta verle, menos verle, todo. Lo digo con los mismo sentimientos del primer día, aumentados con la mayor penetración que Dios me ha dado de la grandeza del Santo Sacrificio” Y por eso, porque aquel joven de encanto y de conquista era por encima de toda otra cualidad y afición un religioso entregado y un sacerdote henchido de Cristo, por eso el P. Huidobro fue el prototipo del apóstol moderno.

Ya es muy conocido este aspecto apostólico de la figura del P. Huidobro. Su apostolado fue escaso y de supererogación casi siempre, impuesto más por su celo que por los Superiores. Pero escaso y voluntario marcó un estilo, no menos nuevo por lo viejísimo que es, no menos meditable por su profundo carácter evangélico. Una preferencia manifiesta, apasionada, los humildes, los pobres, los parias de la sociedad. Y ellos fueron los aceituneros anónimos de Granada, y los obreros de la Casa del Pueblo en Aranjuez, y las Juventudes comunistas en Santander, y por fin, aquellos hombres, entrañas del pueblo y su tragedia, sus “hijos”, cuando los días de la Legión. Y ante ellos, no la actitud pasiva de la espera cómoda, sino la divina imitación del buen Pastor saliendo a la montaña o por los perdidos. Y se acerca a la partida de bolos de la juventud comunista, y les habla de sus cosas, tan entregado que le llaman “cura socialista”, y va de trinchera en trinchera buscando al legionario: “Óyeme, ¿Y tú cuando vas a arreglar las cosas con Dios? Mira que son ciento cincuenta obuses diarios y no podemos retrasarlo”. Los buscaba, y encontrados, la misma divina táctica del Apóstol, el hacerse todo a todos. Y cogía aceituna, tumbado en el suelo, con sus aceituneros, y se militarizaba y se proletarizaba, como él decía, al llegar a su cuarta bandera, comiendo con los soldados, con ellos y como ellos, no consintiendo en el hospital tomar un vaso de vino sin saber si ellos también lo tomaban. Apostolado que triunfa en la efusión de una caridad explosiva.

Aquí sus mil anécdotas del frente, conocidas de todos, la recuperación de aquella caja de municiones del quinto que lloraba, los racimos cogidos en la solera de aquella mañana para sus hijos fatigados, sus mantas, su dinero, su alegría, su heroísmo en el recoger heridos a cuarenta metros del enemigo, y sobre todo aquella locura de amor hacia los extraviados. Ninguna de sus hazañas del frente me emociona más que aquel breve rasgo ante el joven rojo frente a los fusiles en el paredón. ¿Qué le diría aquél capellán delgadito y sofocado, que le diría allí, abrazado con el reo, para que al momento anterior a la descarga brotara la súplica ansiosa del infeliz: “¡Padre, Padre, dame un beso!” “Hijo de mi alma, que Dios te bendiga y reciba en esta hora!”

Amaba a los desviados; nunca insultó ni odió ni consintió que se insultase y odiara a aquellos mismos que por aquellos días fusilaban a sus dos hermanos. Y supo vibrar en santa cólera y llegar a la violencia –látigo de Jesús sobre los fariseos– cuando aquella tarde oyó un insulto sobre el cadáver de un enemigo. “Hay que tener una piedad inmensa de esa pobre juventud extraviada, que no deja de ser el pueblo español, generoso y bueno y muy capaz de abrir los ojos y ver sus errores”. ..

 

José María de LLanos, S.J.

(año 1940)


 


P. Fernando Huidobro Polanco, S.J.

Documentación Universitaria

"Espíritu que vence"
Escrito de puño y letra del P. Huidobro

"Espíritu que vence"
Escrito de puño y letra del P. Huidobro

Placa, documentos y manuscritos del P. Huidobro
Parroquia San Francisco de Borja, en Madrid

Mausoleo del P. Huidobro
Parroquia San Francisco de Borja

Lugar donde cayó el P. Huidobro
El monolito existe actualmente, situado en la Ctra. de la Coruña.

Placa dedicada al P. Huidobro
 Ctra. de la Coruña.

Bandera nacional  que envuelve el cuerpo del P. Huidobro
Parroquia san Francisco de Borja

El P. Huidobro, tercero por la derecha, en primera fila