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El día de la vergüenza ajena. Por Manuel Parra Celaya

 

 

Paradoja histórica: el 9 de noviembre, el mismo día que se conmemoraba en toda Europa la caída del Muro de Berlín, en una vieja nación del sur del Continente se daba un paso más para levantar otro muro.

 

La consulta que, según el Presidente del Gobierno español, nunca se iba a realizar, tuvo lugar con la aquiescencia -mediante pacto secreto, según la prensa y la vox pópuli- o por la cobardía, aunque los partidarios del Sr. Rajoy se han apresurado a calificar de serenidad o prudencia; pocos le deben quedar ahora en Cataluña, porque un comentario repetido en los mentideros políticos es que el PP ha regalado sus escasos muebles a Ciudadanos…

 

Es inútil repetir lo que ya se sabía: solo un tercio de catalanes se dejó seducir por la constante y prolongada propaganda institucional, que ha llenado calles, plazas, periódicos, televisiones, aulas, iglesias y sacristías, con dinero público. Magro consuelo el número de votantes; el hecho es que, una vez más, la connivencia de altas instancias del Estado con el secesionismo -sea por acción, omisión, pacto o falta de arrestos- ha ofrecido a todos los españoles una muestra más de entreguismo y de ineptitud, y a los catalanes en concreto una causa más de ruptura social, familiar y política.

 

¿Va a repercutir todo esto en las próximas elecciones municipales o en las más lejanas legislativas? Si se celebraran en breve, seguro que sí, pero ya sabemos que las masas tienen si Alzheimer colectivo, inducido por los ingenieros sociales. Posiblemente, la derecha volverá a sus tópicos: nos están sacando de la crisis económica (lo que pone lógicamente de los nervios a cinco millones de parados), si no nos votas, vendrán los otros… y quizás Podemos; siempre queda el voto del miedo o la teoría del mal menor, sin que nadie se dé cuenta de que el mal de la corrupción –en todos los sentidos- está tan extendido que nadie puede lanzar la primera piedra. Por supuesto, se cuidarán muy mucho de invocar ciertos valores, esos que el partido en el gobierno se ha pasado por la entrepierna con su renuncio en el caso de la consulta de Más, pero también en otros renuncios, como los de derogar la ley del aborto o la de la memoria histórica.

 

Vendrán inmediatamente otro tipo de disculpas por la impasividad de Tancredo Rajoy: ha salvado a Más y a CiU para evitar que ERC se alzara con el santo y la limosna. No es cierto. El separatismo forma un bloque compacto, que no se cuarteará de momento por razones políticas; sobre ellas, priva el fuerte atractivo del sentimiento nacionalista y antiespañol; cada cesión es un triunfo para este bloque. La identifiación – de clase, de casta- entre Rajoy y Mas se ha impuesto sobre los intereses de España, acaso dictada por poderes supranacionales.

Desciendo al terreno de lo personal: he sentido vergüenza ajena por los dos millones de conciudadanos que han acudido a votar, de hecho, el no ser españoles. He sentido vergüenza ajena por mi Gobierno –al que no voté pero al que acato- por su ceguera, entreguismo o cobardía. He sentido vergüenza ajena por el resto de poderes de mi Estado – incluida la Corona- que, con su silencio o la omisión de sus deberes han consentido esta consolidación popular del separatismo en mi tierra.

Me he sentido, en cambio, orgulloso de mi familia, que ha hecho gala, como siempre, de españolidad en hechos y palabras (mi hijo mayor fue objeto de una forma de amedrentamiento legal por parte de una pareja de Mossos d' Esquadra, de esos que, según el Fiscal General del Estado, tenían que tomar la filiación de quienes presidían las mesas electorales; al preguntarles si lo habían hecho, se la tomaron a él, con anotación en agenda, de forma parsimoniosa, de todos los datos de su DNI; a su alrededor nos juntamos toda la familia, claro, como posibles testigos).

 

He sentido vergüenza ajena, también, por la escasa respuesta patriótica de toda una sociedad, que apenas acudió a la lectura de un manifiesto de "Libres e Iguales" en todas las provincias españolas el día anterior a la consulta; en Barcelona, apenas doscientas personas asistimos al acto, que terminó con el Himno Nacional ante el Palacio de la Generalidad, y que, además, se vio alterado por la presencia de un grupo de proetarras que se solidarizaban con sus conmilitones separatistas catalanes. Por supuesto que solo un número parecido de barceloneses estábamos presentes en el acto de Somatemps, de distinta ideología pero de igual fervor patriótico. He sentido, en especial, una profunda vergüenza ajena por los ausentes de ambos actos de Barcelona, máxime cuando alguno de ellos después proferirá baladronadas españolistas en sus retiros personales…

 

¡Pobre España, entre el odio y la indiferencia! Sacudida, otra vez, por la triple división que diagnosticara José Antonio: la de las clases (esa casta política, la de la corrupción), la de los partidos (incapaces de ponerse de acuerdo para pensar juntos en España), la de las tierras (con semillas de la dispersión en casi todas las costosas y perjudiciales Autonomías).

 

Si la responsabilidad mayor está en quienes no cumplen con sus obligaciones de defender las leyes y, por encima de estas, la unidad de España, ningún ciudadano puede sentirse ajeno a su parte de responsabilidad histórica, cívica y moral, cuando calla ante el desastre y se limita a la indiferencia, a la rutina, a la pereza, a la comodidad… ¿No siente vergüenza, y no ajena sino propia?

 


 

 

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