"Sobre las Obras Completas de José Antonio"

Jaime Suárez

Doctor en Derecho y periodista.
Secretario General de Plataforma 2003

 

(Texto correspondiente a la presentación de las Obras Completas de José Antonio  en su ed. del Centenario. Madrid 2007).

 

Ante todo he de hacer tres precisiones a esta Edición del Centenario de las Obras Completas de José Antonio:

 
1ª precisión: Por fin ya disponemos del verdadero auto-retrato intelectual de José Antonio. Y ello, en su versión más exhaustiva. En efecto, nuestra Edición del Centenario recoge todos -he dicho todos- sus escritos y discursos, los más conocidos y los menos conocidos, incluso algunos textos hasta ahora inéditos.

2ª precisión: Ello quiere decir que, también y por fin, ya disponemos de la versión más auténtica de lo que su fundador quiso que fuera Falange Española. En efecto, nuestra Edición del Centenario no sólo recoge todos sus textos, sino que, además, todos han sido cotejados con su fuente original, en cuanto ello ha sido posible. Incluso, cuando ha resultado necesario, los textos han sido restituidos a su versión genuina y auténtica.
 

Esto, en cuanto al trabajo de Rafael Ibáñez Hernández, para el cual – repito lo exhaustivo y la autenticidad- no hay reconocimiento ni gratitud suficiente. Gracias, muchas gracias, Rafael.

Ahora, la última precisión: Ésta en cuanto a Plataforma 2003.

3ª precisión: Esta Edición del Centenario ha sido publicada por Plataforma 2003. Es decir, no ha sido hecha desde una institución pública, sino privada. No desde una organización política, sino desde una asociación cultural. No con dinero público, ni mediante subvención alguna, sino financiada exclusivamente con nuestros propios fondos, procedentes de las aportaciones voluntarias (cuotas y donativos) de nuestros asociados. Y todo ello, siempre al margen de todo partidismo, contienda electoral o afán de operación política alguna. Esto es muy importante y, por eso, debo insistir en ello. Y una vez hechas estas tres precisiones, entremos en el fondo de este asunto.

Esta Edición del Centenario se ha hecho y ha sido posible (ahora y aquí, después de más de 70 años, de ellos casi 40 en el poder) porque Plataforma 2003, o sea un puñado de mujeres y de hombres bien escaso, se ha empeñado en recuperar a José Antonio Primo de Rivera, ayer manipulado y hoy proscrito para la memoria histórica de nuestro tiempo. Y esta recuperación de José Antonio -esta liberación suya- de su actual secuestro en el silencio, víctima del más despiadado olvido -cuando no de la mayor falsificación histórica-, siempre la hemos entendido como la más alta tarea moral; que es lo que significa para nosotros su justa restitución al patrimonio común de todos los españoles; patrimonio común al que pertenece, sin discusión por su vida y por su muerte. Insisto en lo del patrimonio común de todos los españoles porque Plataforma 2003 no considera a José Antonio Primo de Rivera patrimonio propio, ni «mío» ni «nuestro», sino de todos los españoles, para los que él trabajó y por los que él murió. Y vuelvo a insistir en que este puñado, bien escaso todavía, de hombres y mujeres, que es Plataforma 2003, han comprometido su nombre, su trabajo y su dinero para que los españoles, todos los españoles, puedan - si, además, quieren- abrir una brecha de serena atención a este egregio español , víctima, hoy como ayer, de la «saña de un lado y la antipatía de otro». Él, que en su testamento se asombró de que aún, después de tres años, la inmensa mayoría de nuestros compatriotas persistiera en juzgarle y en juzgar a Falange Española, «sin haber empezado ni por asomo a entendernos y hasta sin haber procurado ni aceptado la más mínima in formación», ¡que diría hoy! , cuando más de 70 años después es un absoluto desconocido, olvidado en el más oscuro trastero de nuestra historia. Como él mismo dijo de su padre, los que le quieren no le entienden y los que le entienden -o deberían entenderle porque para algo se autocalifican de profesionales de la inteligencia- , no le quieren. Triste destino el suyo, que es el que España, desde Túbal a hoy, reserva a sus mejores hijos, como cruel y despiadada madrastra.

Y cuando, hoy, nos quitan sus estatuas, nos arrancan sus lápidas, nos borran su memoria de edificios, calles y parques; cuando, incluso, se discute el destino final de sus restos mortales, todavía en el Valle de los Caídos; cuando todo eso sucede, Plataforma 2003, -insisto en que muy pocos y con nuestro propio dinero-, levantamos con esta Edición del Centenario un monumento imperecedero a su memoria.

Pero ¿por qué?, ¿para qué? Pues, muy sencillo, porque con ello queremos decir a esos compatriotas nuestros, que vuelven a resucitamos, hoy, la confrontación fratricida de las dos Españas, otra vez la sombra de Caín errante por nuestra España: podéis, arrastrados por vuestra ignorancia y por vuestro odio, intentar borrar la memoria de José Antonio, pero ya no lo podréis conseguir. En efecto, ya no podréis evitar que algún día, en cualquier lugar de España, algún muchacho español pueda volver a tener la oportunidad de encontrarse con José Antonio en algún anaquel de una biblioteca o en la estantería de una librería. Y, como nos pasó a nosotros mismos, ese muchacho español, al tener la oportunidad de leer, ahora o mañana, sus Obras Completas- ¡deslumbrante!, dijo Rosa Chacel de idéntica experiencia-, ese muchacho español , cuyo nombre no conocemos, en un lugar de España del que tampoco nada sabemos, ese muchacho español, ganará a José Antonio para su proyecto vital y, sin duda, le restituirá a su lugar verdadero en la historia.

Nadie podrá ya evitar, en efecto, la posibilidad de que los jóvenes españoles vuelvan a tener la oportunidad -algún día, próximo o lejano, no sabemos dónde, cuándo, ni cómo- de encontrarse con José Antonio. Y de conocerle tal como fue, y de saber lo que dijo y escribió y de poder entender por qué y para qué lo dijo y lo escribió. Nadie podrá ya evitar que los jóvenes españoles, una vez que le conozcan, le quieran y le entiendan. Como nosotros mismos le quisimos y le entendimos cuando le conocimos. Y al encontrarse con José Antonio, hallarán en su figura, como nosotros lo hallamos, el arquetipo de su vida y, en su afán de mérito y en su ambición de excelencia podrán poner sus ojos y su corazón en él. Como nosotros, un día ya lejano, los pusimos. En él, en José Antonio, como autor de un proyecto histórico, vigente y en su realización temporal todavía inédito, de reconciliación y resurgimiento nacional, superador de nuestra secular cainita división en dos Españas, siempre incompatibles e irreconciliables, mutua y recíprocamente excluyentes y, en ocasiones, hasta dispuestas a su mutuo y recíproco exterminio, incluso físico. Ya lo dijo el poeta:

 

Españolito que vienes
al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

 

Lo mismo da una que otra, nuestras izquierdas, siempre -ayer y hoy insolidarias con nuestro pasado y carentes de toda emoción nacional y nuestras derechas, siempre -ayer y hoy- insolidarias con nuestro presente y carentes de todo sentido social. Porque «el ser «derechista» como el ser «izquierdista» supone siempre el expulsar del alma la mitad de lo que hay que sentir. En algunos casos es expulsarlo todo y sustituirlo por una caricatura de la mitad» (9 enero 1936, O.C. Edición del Centenario, pág. 1302).

Sí, y esto hay que decirlo muy alto, si hemos editado estas verdaderas Obras Completas de José Antonio ha sido para que a los españolitos que vengan al mundo ninguna de las dos Españas ya les pueda helar el corazón.

Sí, si hemos editado las Obras Completas de José Antonio en su Edición del Centenario para que los jóvenes, de hoy y de mañana, algún día, en algún sitio, puedan llegar a saber que hubo una vez un español, al que mataron sus propios compatriotas a sus treinta y tres años, en plena juventud, porque quiso que España pudiera llegar a ser, oíd esto bien, por favor, «un país tranquilo, libre y atareado», porque quiso que todos los españoles -he dicho todos los españoles, no sólo los míos o los nuestros- pudieran gozar de «una vida en común, no sujeta a tiranía, pacífica, feliz y virtuosa», en el marco de una vida democrática -sí, he dicho democrática, tal como el mismo lo dijo-, «en el marco de una vida democrática -repito- libre y apacible», y en «un país donde no prevalezcan los intentos de negar los derechos individuales ganados con siglos de sacrificio». Tales son, aunque muchos todavía no se hayan enterado, las últimas y primeras palabras del proyecto político de José Antonio en el que militamos (agosto de 1936 y 16 enero 1931, O.C. Edición del Centenario, pp. 1540 y 179).

Y ésta es la distinción fundamental entre un joseantoniano y un camarada nostálgico de la revolución pendiente, todavía hoy, 70 años después. El nostálgico sigue pendiente de algo que entonces no se hizo (y que tampoco puede saber si alguna vez se hará). El joseantoniano, que ama a España porque no le gusta, y por eso cada día la ama más porque cada vez le gusta menos, está triste hoy, no porque en su día -porque no se supo no se pudo o no se quiso- no se hiciera la revolución, ni siquiera está triste hoy porque en nuestro propio solar hemos quedado fuera y del orbe de nuestros sueños han hecho criba; no, el joseantoniano está triste «porque otra vez, como tantas en los últimos tiempos, vuelven a ponerse en azar los destinos de España. Se dijera que pesa sobre nuestra Patria la maldición de no llegar a ser una realidad, siempre en período de borrador inseguro. Cada vez que ha parecido entreverse el resurgimiento de una común aspiración nacional , pronto lo ha frustrado la pugna de unos partidos contra otros» (26 abril 1934, O.C. Edición del Centenario , pág. 558).

Como ya quedó dicho, no se entenderá el proyecto político de José Antonio, es decir lo que los fundadores de Falange Española intentaron que ésta fuese, si no se le sitúa en esta concepción de haber pretendido la superación, mediante su síntesis de las dos Españas. Como él mismo lo dejó escrito en su prólogo al libro ¡Arriba España! del malogrado J. Pérez de Cabo (agosto 1935, O.C. Edición del Centenario pág. 1099): « ... se nos ocurrió a algunos pensar si no sería posible lograr una síntesis de dos cosas: de la Revolución -no como pretexto de echarlo todo a rodar, sino como ocasión quirúrgica para volver a trazar todo con un pulso firme al servicio de una norma- y de la tradición -no como remedio, sino como sustancia; no con ánimo de copia de lo que hicieron los grandes antiguos, sino con ánimo de adivinación de lo que harían en nuestras circunstancias-. Fruto de esta inquietud de unos cuantos nació la Falange. Dudo que ningún movimiento político haya venido al mundo con un proceso de más austeridad, con una elaboración más severa y con más auténtico sacrificio por parte de sus fundadores, para los cuales -¿quién va a saberlo como yo?- pocas cosas resultan más amargas que tener que gritar en público y sufrir el rubor de las exhibiciones».

Esta, y no otra, fue la tarea histórica que ofreció José Antonio a su generación: socializar a la derecha, carente de cualquier anhelo de justicia social; y nacionalizar a la izquierda, falta de todo aliento histórico. Y esta tarea sí que es la revolución todavía pendiente.

Y esto enlaza con su tesis de España, siempre en período de borrador inseguro. Os llamo la atención, ahora, a todos, sobre un texto prácticamente desconocido de José Antonio, publicado en La Nación, el 12 de junio de 1931 (Obras Completas Edición del Centenario, pág. 197 y ss.), donde se hace el primer elogio que yo conozca del reciente y ya famoso manifiesto de Ortega y Gasset, Pérez de Ayala y Marañón. Sabemos por los historiadores que José Antonio -que fracasó con José Bergamín, fundador de Cruz y Raya, en su deseo de incorporarlo a su proyecto- sí tuvo éxito con Alfonso García Valdecasas, líder del Frente Español, en la estela de la Agrupación al servicio de la República, que fundara Ortega y Gasset con Pérez de Ayala y Marañón. Pues bien, en la revista Boletín Sindical, y en su número 15 (número extraordinario con ocasión del V aniversario de su muerte, Madrid, enero 1942), editado bajo el título José Antonio, Fundador y primer jefe de la Falange, capitán de luceros, ¡Presente!, sin paginar, se publica un artículo, titulado «Cómo conocí a José Antonio» en el que Elíseo García del Moral detalla el nacimiento de Falange Española como fusión de Fascio Español (FE) y Frente Español (FE). Y, como bastaría para demostrarlo la presencia de Alfonso García Valdecasas en la tribuna del acto del Teatro de la Comedia el 29 de octubre de 1933, el proyecto de José Antonio empalma directamente con el proyecto político de Ortega y Gasset, desde su Liga de Educación Política Española y su discurso en el mismo Teatro de la Comedia («Vieja y nueva política», el 25 de marzo de 1914). En definitiva, José Antonio retoma el proyecto de Ortega consistente en la creación de un gran partido nacional, capaz de socializar a la derecha y de nacionalizar a la izquierda. No se trata, pues, sólo de la influencia en José Antonio de algunas Obras de Ortega como España invertebrada ( 1921) o La Rebelión de las masas (1930), que también, sino de que José Antonio asumió el relevo del proyecto de Ortega cuando éste lo abandonó con su famoso «No es esto, no es esto» (9 de septiembre 1931 ).

Y esto está explícitamente reconocido por José Antonio en su famoso discurso pronunciado en el Cine Madrid el 19 de mayo de 1935 (O.C. Edición del Centenario, pág. 993) en el que, después de haberse exigido «ya de cara a la Historia, un rigor de precisión y emplazamiento, que es el deber mío», dijo: «Nuestro movimiento -y cuando hablo de nuestro movimiento me refiero lo mismo al inicial de Falange Española que al inicial de las JONS, puesto que ambos están ya irremisiblemente fundidos- empalma, como ha dicho muy bien Onésimo Redondo, con la revolución del 14 de abril. La ocasión de nuestra aparición sobre España fue el 14 de abril de 1931 [...]. La alegría del 14 de abril , una vez más, era el reencuentro del pueblo español con la vieja nostalgia de su revolución pendiente. El pueblo español necesita su revolución y creyó que la había conseguido el 14 de abril de 1931 ; creyó que la había conseguido porque le pareció que esa fecha le prometía sus dos grandes cosas largamente anheladas: Primero, la devolución de un espíritu nacional colectivo; después, la implantación de una base material, humana, de convivencia entre los españoles». No voy a abusar de vuestra paciencia citando más textos, que los hay y los conocéis, pero no puedo evitar referirme a su «Homenaje y reproche a D. José Ortega y Gasset» (Haz, no 12 , 5 diciembre 1935, O.C. Edición del Centenario pp. 1225 y ss.): «No tuvo que expresar a gritos el dolor de España "acostumbro a gritar pocas veces", ha dicho- pero nosotros, los hombres nacidos del 98 acá, entendemos muy bien el escozor entrañable que esconde la sobriedad castellana de sus gestos. Acaso porque hallamos aprendido a identificarla en libros suyos [...] D. José no quiso hacer de la política un "flirt", pero se dio por vencido. Cuando descubrió que "aquello", lo que era, no era "aquello" que el quiso que fuere , volvió la espalda con desencanto. Y los conductores no tienen derecho al desencanto. No pueden entregar en capitulaciones la ilusión maltrecha de tantos como le fueron a la zaga. D. José fue severo con sí mismo y se impuso una larga pena de silencio; pero no era su silencio, sino su voz lo que necesitaba la generación que dejó a la intemperie. Su voz profética y su voz de mando».

Y, ahora, ya podemos entender en toda su significación este otro párrafo del discurso en el Cine Madrid el 19 de mayo de 1935: «Nosotros, frente a la defraudación del 14 de abril, frente al escamoteo del 14 de abril, no podemos estar con ningún grupo que tenga, más o menos oculto, un propósito reaccionario, un propósito contrarrevolucionario, porque nosotros, precisamente, alegamos contra el 14 de abril , no el que fuese violento, no el que fuese incómodo, sino el que fuese estéril , el que frustrase una vez más la revolución pendiente española. Y por eso nosotros, contra todas las injurias, contra todas las deformaciones, lo que hacemos es recoger de en medio de la calle, de entre aquellos que lo tuvieron y abandonaron, y aquellos que no lo quieren recoger, el espíritu revolucionario español que, más tarde o más pronto, por las buenas o por las malas, nos devolverá la comunidad de nuestro destino histórico y la justicia social profunda que nos está haciendo falta».

Y ¿por qué esta larga digresión sobre el 14 de abril de 1931 , como una ocasión más también frustrada, y sobre la filiación orteguiana de la Falange de José Antonio?

Pues porque no se entiende nada si no se inscribe Falange Española, primero, y Falange Española de las JONS, después, en el proceso histórico concreto abierto por la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931.

Y porque no se entiende nada si no se considera el proyecto político concreto de José Antonio como un esfuerzo por intentar la rectificación, y desde dentro, de la II República, de cuyo intento había desistido Ortega y Gasset, cuyo relevo tomó José Antonio -acompañado de Alfonso García Valdecasas y Julio Ruiz de Alela el 29 de octubre de 1933, en el mismo Teatro de la Comedia donde Ortega y Gasset inició su proyecto el 25 de marzo de 1914-, con el propósito de evitar la frustración del 14 de abril de 1931 como otra ocasión más perdida y procurar su desenlace en un proyecto generacional de una España total, de todos, con todos, y para todos los españoles.

Y ¿por qué se cuenta todo esto, hoy, en la presentación de nuestra Edición del Centenario de las Obras Completas de José Antonio?

Porque, una vez fracasado el golpe de Estado del 17 de julio de 1936 para la rectificación violenta de la li República, secuestrada por el Frente Popular –rectificación desde dentro: no hay ni un solo bando rebelde declarando el estado de guerra que no termine con un Viva la República-, su conversión en guerra civil, nada menos que de tres años de duración , significó el fracaso total del proyecto de José Antonio de la definitiva síntesis de las dos Españas en una empresa común. Porque, en efecto, nuestra guerra significó la radicalización absoluta e incompatible de cada una de las dos Españas. Ahora enfrentadas a muerte y dispuestas a su mutuo y recíproco exterminio. Y, por ello, el posicionamiento de la Falange, por tantas razones obvias absolutamente inevitable, en uno de los dos bandos, aunque resultara el vencedor, esterilizó a la Falange para llevar a cabo el proyecto de José Antonio de reconciliación de las dos Españas y nuestro resurgimiento en una común aspiración nacional. Y esto debió ser la última y más amarga reflexión de José Antonio al amanecer del 20 de noviembre de 1936, frente al pelotón de su fusilamiento. No es, por lo tanto, que la Falange desapareciera con José Antonio en Alicante el 20 de noviembre de 1936. Una vez fracasado el golpe de Estado e iniciada la Guerra civil , la Falange ya había perdido toda viabilidad histórica de realizar el proyecto de José Antonio: su pretendida síntesis de las dos Españas. Y, desde entonces, y gracias a su significativa participación en la victoria del 10 de abril de 1939, la Falange es considerada, por unos y por otros, como la más genuina expresión de una sola de las dos Españas, la que llamó Julián Marías la «injustamente vencedora» frente a los «justamente vencidos».

Y digo todo esto, hoy y aquí, en la presentación de nuestras Obras Completas, porque estamos, hoy, ante la misma situación, entonces, que José Antonio. Él, ante el 14 de abril de 1931.  Nosotros, ante el 6 de diciembre de 1978. Quien quiera saber qué se puede hacer hoy para intentar la rectificación «desde dentro» del actual régimen constitucional, tendrá que partir de la experiencia histórica de José Antonio y proceder a su relevo, como él lo hizo con Ortega y Gasset. Porque lo cierto es que España sigue en borrador inseguro, que, hoy, todo es posible, incluso la desaparición de España como nación y Patria común de todos los españoles. En efecto, hoy estamos ante el 6 de diciembre de 1978 como ante otra ocasión histórica más a punto de malograrse. Pues ¿dónde está esa «vida en común, no sujeta a tiranía, pacífica, feliz y virtuosa» que «en el marco de una vida democrática, libre y apacible» haga de España «un país tranquilo, libre y atareado», donde «no prevalezcan los intentos de negar los derechos individuales, ganados con siglos de sacrificios».

Por eso los joseantonianos, como dije antes, estamos tristes: porque vemos cómo se nos va España y no contamos con José Antonio entre nosotros. Por eso editamos su Obras Completas para saber lo que necesitamos y no tenemos, lo que no tenemos, al menos, todavía. Y por eso aspiramos a la recuperación histórica de José Antonio: Para traerlo hasta nuestro presente y con su magisterio -su jefatura ya no es posible: no hay jefes muertos- nos ilumine, que falta nos hace, a todos los españoles.

Aspiramos, pues, a que la lectura directa de sus escritos y discursos, ahora ya por fin disponibles, permita a todos, sin excepción, conocer su auténtico retrato intelectual y su, todavía inédito, proyecto total para España. Y, así, una vez salvada su memoria y restituida la verdad histórica sobre su vida, pensamiento y obra, quede recuperada la figura de José Antonio para el patrimonio cívico y patriótico común de todos los españoles. Esta recuperación significaría, por lo pronto, conseguir, hoy, la plena vigencia de su afirmación de la primacía absoluta de lo espiritual. Única base y fundamento real de toda exigencia de libertad, dignidad e integridad de la persona, para cuya plena realización, en un mundo más justo de verdadera igualdad de oportunidades él reclamó una cultura del esfuerzo, del mérito, servicio y ambición de excelencia. Esta recuperación también significaría que más allá de partidistas banderías políticas, resultaba vigente su idea, reiteradamente proclamada, de la suprema realidad irrevocable de España -plural, sí; pero, sobre todo, una- como Patria común e indivisible de todos, contribuyendo así al necesario rearme patriótico, que no patriotero, frente a la creciente subversión separatista. Y conseguir, con todo ello, que nos sea devuelto el noble orgullo y la alegría de ser españoles. La recuperación histórica de José Antonio, tal y como la pretendemos, permitiría, además, su ofrecimiento a todos los jóvenes -cuyo proyecto vital no esté limitado por un horizonte material de egoísta codicia- como ejemplo sugestivo, paradigma y arquetipo. Y, por último, pero no lo último, todo ello serviría para que quedara garantizado el cumplimiento de su última voluntad: que no haya nunca más sangre española vertida en discordias civiles. Dios nos oiga.