En el 80 aniversario del asesinato de Matías Montero

 

Javier Ponce

Frío y lluvia hoy, 9 de febrero en Madrid. En el 80 aniversario del asesinato de Matías Montero, los joseantonianos le hemos recordado en el cementerio.

Llegué pronto. Así que mientras llegaban los demás me dirigí a las oficinas para loca
lizar el sepulcro de Matías. Pregunté a un empleado como podía localizar una tumba, sin decirle cual. De inmediato y dirigiéndose al ordenador, me preguntó por el nombre de la persona que quería encontrar. "Matías Montero", contesté. Solamente me miró. No llegó sentarse frente a la pantalla y me contestó: ven conmigo, no está lejos. Me sorprendió que supiera exactamente donde se encontraba el sepulcro de Matías, sin tener que consultar el ordenador ya que habrá cientos de miles de personas en ese cementerio. Me llevó donde estaba el sepulcro y ya y de lejos, pude ver como se acercaban varios camaradas. Mientras tanto, el viento y el frío continuaban, pero había dejado de llover.

Hicimos un poco de tiempo mientras nos saludábamos. Mientras tanto iban llegando los últimos rezagados. Pronto comenzamos el acto, fue un acto sobrio y sencillo. Hicimos una oración por el alma de Matías, y depositamos cinco rosas sobre su losa. Para finalizar, leímos la oración por los Caídos de Rafael Sánchez Mazas, que transcribo al final. Pienso que fue un acierto por parte de la organización haberla impreso en cuartillas, que fueron distribuidas entre todos los joseantonianos asistentes al acto. La oración según la recitábamos, resonaba por todo el cementerio, y confieso que llegó a ponerme los “pelos de punta”, emocionándome en más de un momento. Finalizamos el acto de este año entonando el “Yo tenía un camarada”, y nuestro himno el “Cara al Sol”. Espero volver el año que viene. Merece la pena.

“Señor, acoge con piedad en tu seno a los que mueren por España y consérvanos siempre el santo orgullo de que solamente en nuestras filas se muera por España y de que solamente a nosotros honre el enemigo con sus mayores armas.

Víctimas del odio, los nuestros no cayeron por odio, sino por amor, y el último secreto de sus corazones era la alegría con que fueron a dar sus vidas por la Patria. Ni ellos ni nosotros hemos conseguido jamás entristecernos de rencor ni odiar al enemigo, y tú sabes, Señor, que todos estos caídos mueren para libertar con su sacrificio generoso a los mismos que les asesinaron, para cimentar con su sangre joven las primeras piedras en la reedificación de una Patria libre, fuerte y entera.
 

Ante los cadáveres de nuestros hermanos, a quienes la muerte ha cerrado sus ojos antes de ver la luz de la victoria, aparta, Señor, de nuestros oídos las voces sempiternas de los fariseos, a quienes el misterio de toda redención ciega y entenebrece, y hoy vienen a pedir con vergonzosa ingencia delitos contra los delitos y asesinatos por la espalda a los que nos pusimos a combatir de frente.
 

Tú no nos elegiste, Señor, para que fuéramos delincuentes contra los delincuentes sino soldados ejemplares, custodios de valores augustos, números ordenados de una guardia puesta a servir con amor y con valentía la suprema defensa de una Patria. Esta ley moral es nuestra fuerza. Con ella venceremos dos veces al enemigo, porque acabaremos por destruir no sólo su potencia sino su odio. A la victoria que no sea clara, caballeresca y generosa preferimos la derrota, porque es necesario que, mientras cada golpe del enemigo sea horrendo y cobarde, cada acción nuestra sea la afirmación de un valor y una moral superiores.
 

Aparta así, Señor, de nosotros, todo lo que otros quisieran que hiciésemos y lo que se ha solido hacer en hombre de vencedor impotente de clase, de partido o de secta, y danos heroísmo para cumplir lo que se ha hecho siempre en nombre de una Patria, en nombre de un Estado futuro, en nombre de una cristiandad civilizada y civilizadora. Tú sólo sabes con palabra de profecía para qué deben estar” aguzadas las flechas y tendidos los arcos” (Is. v. 28). Danos ante los hermanos muertos por la Patria perseverancia en este menosprecio hacia las voces farisaicas y oscuras, peores que voces de mujeres necias. Haz que la sangre de los nuestros, Señor, sea el brote primero de la redención de esta España, en la unidad nacional de sus tierras, en la unidad social de sus clases, en la unidad espiritual en el hombre y entre los hombres, y haz también que la victoria final sea en nosotros una entera estrofa española del canto universal de tu gloria”.