Las diez chicas del Auxilio Social de Amposta

 Mónica Uruñuela

Rafaela Martínez Ferris, Carmen Albalat Forcadell, Manolita Rafales Cercós, Mercedes Martínez Ferris, Manolita Huguet Villaplana, Mª Teresa Torrent Magrina, Ángeles Ripollés Aloy, Josefa Lafont Hughet, Josefina Solá Forcadell y Nieves Aguiló Benito. Ingresaron en la Sección Femenina de Falange el 5 de mayo de 1938, fecha en que se organizaba la Sección Femenina de Falange en su pueblo, Amposta. Desde entonces, dedicaron todo su esfuerzo al Auxilio Social.

Hacia el 23 de julio de 1938 se empezó a evacuar Amposta y el día 25 los republicanos atravesaban el Ebro llegando a luchar a dos kms. de la población. Se dio entonces orden de evacuación total, y fue entonces cuando las diez chicas, pidieron quedarse en el pueblo para continuar atendiendo los diversos servicios que les estaban encomendados, entre ellos, el cuidado de catorce ancianos, que a pesar de las insistencias, se negaban a abandonar la localidad.

Rápidamente se organizaron. El dispensario que tenían lo convirtieron en un pequeño hospital, empezando a funcionar como tal el 2 de agosto. Asistieron a unos treinta y cinco hombres. La asistencia facultativa corría a cargo de un Teniente, médico, y un practicante. Del resto de los servicios se ocupaban las chicas y fueron ellas las que organizaron el local, hacían las curas, guisaban, fregaban cosían y lavaban.. Además del hospital, atendían también en la “Cocina de Hermandad” a los catorce ancianos arriba citados. Se ocupaban del hospital, la jornada comenzaba a las seis de la mañana en que se dirigían a una huerta, situada a un kilómetro del hospital, y a escasos metros de las trincheras. Allí recogían verduras, frutas y hortalizas, y junto con lo que le proporcionaba la Intendencia militar, lograban cubrir todas las necesidades.

A las ocho de la mañana comenzaban la limpieza del hospital, el arreglo de camas y otros menesteres. Atendían también a los soldados que llegaban del frente, y que por su estado de gravedad, precisaban ser trasladados a hospitales de la retaguardia. A las doce de la mañana y a las siete de la tarde, siempre acudía alguna de ellas a la “Cocina de la Hermandad” para repartir las raciones entre los ancianos. Por la tarde lavaban, cosían, planchaban y daban a los viejecitos y enfermos el calor y cariño familiar que tanto necesitaban. Y así, día tras día, jornada tras jornada.

Asombraba ver el fervor y entusiasmo con que de ellas hablaban los soldados a los que atendían, con solicitud de verdaderas camaradas. Siempre estaban en primera línea de vanguardia. Los cañonazos y el peligro de estar muy cerca de las trincheras, en lugar de acobardarles, les servían de estímulo para no abandonar nunca su puesto. .. Están condecoradas con la Y colectiva.