La sorpresa de los ingenuos

 

Manuel Parra Celaya

 

Me consta que hay numerosos ciudadanos a quienes han pillado de sorpresa los números y la unanimidad de consignas de la manifestación del 11 de septiembre en Barcelona. A muy pocos catalanes nos ha ocurrido, pues venimos viviendo hace años el ambiente y los influjos que han desembocado en los hechos de la «Diada» de este año. Algunos hemos intentado explicarnos desde estas páginas o similares (otros medios nos están vetados), pero he llegado a la conclusión de que la percepción del problema desde fuera suele oscilar entre creer que Cataluña es una especie de «territorio comanche» o que es cierto lo de la laguna de aguas plácidas y los cronistas somos unos exagerados.

Ahora, ante la exaltación separatista multitudinaria, algunos se han echado las manos a la cabeza; a otros les es, sencillamente, indiferente, y el Gobierno de España y la Corona han adoptado, una vez más, la postura de Don Tancredo; tras largos años de omisiones, de ausencia y de entreguismo, esta actitud no deja de ser consecuente.

Poco importa el número real de manifestantes el 11 de septiembre; la evidencia es que, a la manera de las sociedades inoculadas por algún tipo de totalitarismo, el espectáculo de odio a España está presente a los ojos de cualquiera que recorra las ciudades y pueblos de Cataluña. Ya no se trata de declaraciones extemporáneas de los partidos que se han definido a sí mismos con los eufemismos de «independentistas» o «soberanistas», sino que la penetración social es un hecho; estos y los «tapados» se han manifestado públicamente, han mostrado sus cartas y el resultado de una larga siembra, en ausencia, repito, de la autoridad de la Nación. Ahora tenemos la evidencia que ha causado sorpresa a los ingenuos.

A la espera de crónicas y análisis menos urgentes, me gustaría poder sintetizar el hecho con los siguientes rasgos:

1º.- El origen hay que buscarlo en el desatino de la inclusión del término «nacionalidades» en el texto constitucional y en el no menor error de bulto de la creación de un Estado «de las Autonomías» que, junto al «café para todos», iba entregando atribuciones en manos de quienes solo se sentían españoles «por imperativo legal», por muchos disfraces y expresiones de lealtad que profiriesen: «de aquellos polvos vinieron estos lodos».

2º.- El separatismo -que éste es su verdadero nombre- y la consiguiente manifestación del 11-S tienen impronta institucional: se han promovido, alentado y sufragado desde las instancias que, no lo olvidemos, representan al Estado según el modelo autonómico. Es el propio «president» de la Generalidad quien, tras deshojar la margarita de si acudiría o no a la manifestación callejera ha abanderado el ideal de la separación de Cataluña del resto de España tanto en Barcelona como en Madrid.

3º.- Convergencia siempre ha sido un partido separatista en sus aspiraciones, lo manifestara o no públicamente, con un doble juego evidente de su mentor Jordi Pujol, que ha figurado para los ingenuos como un «fiel colaborador» de las más altas instancias del Estado. Desde Convergencia se ha alimentado y difundido el separatismo, claramente manifiesto en sus «juventudes»; lo que ocurre es que en el juego de «la puta y de la ramoneta» (Pujol dixit), los nacionalistas siempre les dan sopas con honda a los melifluos o interesados gobernantes de España. Por su parte, «Unió» ha vuelto a hacer gala de su tradición clerical y jesuítica, con su doble juego de «no pero sí», y ahí tenemos a Durán i Lleida envolviéndose también en la «estelada» con las bendiciones apostólicas correspondientes. ERC y otros grupúsculos aún no se lo creen, pero, por lo menos, ellos siempre han sido sinceros…

4º.- El separatismo está presente y creciendo desde hace años en el tejido social catalán, generosamente dotado con las subvenciones públicas. Los Ayuntamientos, y no sólo los constituidos mayoritariamente por ERC, sino los de CIU y los del PSC, se han venido negando sistemáticamente a izar la bandera española o la han arriado sin obtener la menor respuesta de quienes estaban obligados a hacer cumplir la ley; asimismo, los entidades «privadas» que hacían gala de sus sentimientos han sido los mayores beneficiarios de los presupuestos públicos; la supuesta defensa de «tradiciones» ( «correfocs», «geganters», «castellers», etc) ha servido para la difusión, entre sus beneficiarios, del germen de la segregación.

5º.- La jerarquía eclesiástica y una numerosa parte del clero han constituido algo así como una «iglesia patriótica catalana», donde se ha hecho difícil situar a Dios por encima de Cataluña; algunas órdenes religiosas se han distinguido especialmente en la tarea. No es extraño que las «esteladas», distribuidas generosamente para balcones y fachadas por la llamada «Asamblea Nacional de Cataluña» (¿y quién paga tantas banderas?, según la anécdota de Ridruejo) también se hallen presenten en los campanarios.

6º.- La siembra del separatismo ha sido inclemente en toda la educación: en la llamada Educación Formal, entregada desde el principio en manos del «nacionalismo identitario» y con muchos profesores de catalán ejerciendo de «comisarios políticos» en sus centros; la Educación Informal, con los medios escritos y audiovisuales mantenidos con los fondos públicos, y la Educación No Formal, con un asociacionismo juvenil, ya vinculado a la Iglesia Católica ya «laico», de obediencia masónica, inculcando separatismo en acampadas y excursiones; no es extraño que portar «esteladas» en la camiseta o en la carpeta del cole esté de moda entre niños y jóvenes.

Con todo ello, ¿puede extrañarse alguien de la manifestación institucional del 11 de septiembre de 2012?

No es aquí el lugar de detallar el origen y la historia del mal llamado «problema catalán» (ya dije en una colaboración anterior en estas páginas que formaba parte del «problema español»). Baste decir ahora que puede establecerse cierto paralelismo con el chantaje del incipiente nacionalismo catalán tras la pérdida de los mercados exteriores en 1898 y la crisis actual y el solicitado pacto fiscal. La evolución pasó por el grito de «Mori Cambó, visca Macià!», que oyeron mis abuelos, la asonada del 6 de octubre de 1934 y la guerra civil de 1936.

¿Remedios? A estas alturas, me temo que pasan por la terapéutica de hacer cumplir la vigente Constitución, que también tiene su artículo 155; eso en el supuesto de que otras instancias supranacionales nos permitan seguir impunemente con la estafa autonómica. Para ello se requiere inteligencia y valor; lo primero se lo presupongo al Sr. Rajoy; de lo segundo, no estoy tan seguro…

Pero, sobre todo, es urgente la existencia de un fuerte grupo de españoles que proponga una tarea de regeneración nacional, cuyas cabezas procedan indistintamente de los cuarteles de la izquierda o la derecha pero estén ajenos al sectarismo imperante. Seguro que este grupo no estaría constituido por ingenuos…