Palabras de Manuel Parra en la presentación del libro
"Historia de la Academia nacional de Mandos e Instructores José Antonio"

 

Amigos, camaradas:

Cuando Santiago Fernández Olivares, veterano Oficial Instructor, me propuso escribir una historia de la Academia de Mandos e Instructores José Antonio, cuya trayectoria vital fue casi tan dilatada como la del conjunto del Frente de Juventudes, supo transmitirme al instante -como siempre que he hablado con él- no solo la ilusión por un trabajo de investigación y de estudio, sino sobre todo la alegría de un servicio más. Así es Santiago…

Puesto al instante manos a la obra, a la primera persona a la que acudí fue, por supuesto, José Ignacio, quien casi me desilusionó al decirme que la historia de la Academia ya estaba hecha, y su autor era otro Oficial Instructor llamado Juan José Garrido Parrilla, a quien me había presentado precisamente él en unos días en que pensábamos y hablábamos -como no podía ser menos- sobre José Antonio Primo de Rivera, en la celebración del Centenario de su nacimiento, en el Palacio de Congresos de Madrid.

Cuando José Ignacio me proporcionó el texto de Garrido, comprobé, efectivamente, que la historia de la Academia estaba escrita en su mayor parte; quise hablar personalmente con el autor, pero, tras varios intentos fallidos, me enteré que hacía poco que había fallecido, que nuestro camarada Faruk (así lo llamaban en la Academia) ya estaba en los Luceros…

Me puse a pensar entonces qué podía escribir sobre la Academia. Yo no había pasado por ella, pero formaba parte de ese colectivo de muchachos españoles, de esos camaradas de juventud, concretamente en la Organización Juvenil Española -cuya Casa nos acoge hoy (porque la Administración del Estado considera que este acto podría ser provocativo)- de esa juventud que por los caminos marchaba ya, soñando metas de ideal y abierto el corazón a la semilla fértil del amor, como dice el himno compuesto por Daniel Pato Movilla; es decir, que yo era un producto de la labor del Frente de Juventudes y de su Academia José Antonio.

En esa duda, pensé en relacionar en mi escrito Educación -objetivo de la Academia y del Frente de Juventudes- y transformación de España -objetivo joseantoniano. Lo primero, por vocación y profesión (hasta hace poco); lo segundo, porque un permanente dolor de España ha sido y es mi preocupación esencial y el motivo de mi adhesión a la figura de José Antonio y de su obra.

Con respecto a esto último, algunos hemos caído en la cuenta de que, así como se sobrevaloran las influencias del Fascismo -no por innegables menos coyunturales en el Fundador de la Falange y lógicas del contexto y la circunstancia histórica en que le tocó vivir- poco se había hecho para bucear en los antecedentes y motivos de la ideología joseantoniana en la propia historia contemporánea de España.

También me sirvió de reflexión y de inspiración la lectura de un texto de Luis Buceta Facorro, del que me vais a permitir leeros un fragmento: “El rechazo y la condena, simple y radical, es lo que ha prevalecido para todos aquellos pensamientos y pensadores que se producen fuera de lo que los ortodoxos radicales consideran que es contrario y ataca sus cerrados conceptos. La negación y la exclusión han prevalecido sobre el análisis sereno y la búsqueda de algún elemento que nos ayude a pensar y, posiblemente, a purificar nuestros principios, planteamientos y actitudes. Entiendo que en todo pensamiento, por muy heterodoxo que pueda ser, hay elementos positivos, aunque sea en una mínima parte…”

Caí entonces en la cuenta de que esta había sido la verdadera actitud falangista, caracterizada por el afán de integrar todo lo español, sin distinguir entre rojos y blancos, en vocación permanente de generosidad. Eso nos llegó en el Frente de Juventudes, donde, por ejemplo, conocí los versos maravillosos de Miguel Hernández antes que en las aulas del Instituto. Se trataba, en suma, de asumir toda la herencia de España y descubrir lo positivo de cada aportación y, aun, sus coincidencias.

Y, así, mi propósito fue, por una parte, descubrir que la génesis de la Falange no obedecía tanto a la situación concreta de los años 30 sino a una permanente inquietud intelectual, política y social, por hermanar lo tradicional y lo moderno; en suma, poner en línea de salida a España con su mundo actual sin desprecio de su historia; y ese camino nuevo, moderno, tenía que estar presidido por un afán de justicia para todos y de libertad de todos.

A eso unos le llamaron, antaño, regeneración; otros, reforma profunda; nuestros mayores, revolución, y nosotros, mi generación, en aquel primer Plan de Formación de la OJE, transformación radical. Y eso solo se podía llevar a cabo, junto a una decisión política en la adopción de medidas sociales y económicas, mediante la educación de los españolitos, que, junto a esas cualidades entrañables, siempre hemos sido propensos a la picaresca y a la incapacidad para el trabajo en común y el abrazo fraterno. Es decir, hacía falta una firme educación moral, similar a la que figuraba en ese maravilloso librito de Moral del Instructor que tenéis reproducido en el libro que hoy se presenta.

Por ese camino, me puse al trabajo, partiendo de un enfoque sorprendente de relacionar la Institución Libre de Enseñanza, nacido de las inquietudes filosóficas y pedagógicas del krausismo español, con la Academia de Mandos e Instructores José Antonio, nacida del entusiasmo falangista; por ello me permití llamar a los Instructores los Institucionistas de la Falange.

La inquietud y el amor a España eran comunes, así como la convicción de que era preciso formar elites de maestros, de instructores de jóvenes, de educadores, capaces de formar, a su vez, otras elites, que, como las ondas concéntricas de las aguas de un estanque, fueran difundiendo la buena nueva de un estilo de vida, de una ilusión y de un quehacer. Tenía, además, ante mí, ejemplos vivientes, como Santiago, como José Ignacio, como Manuel… y tantos otros Oficiales Instructores a los que conocí o conozco para mi suerte.

Esta es la parte que asumí de este libro del que soy humilde coautor, para colaborar con la obra póstuma de Juan José Garrido y por ser consecuente con el entusiasmo d Santiago y de José Ignacio.

Vosotros juzgaréis ahora, con la lectura, si he logrado mi propósito de relacionar dos épocas tan lejanas de la historia de España y dos movimientos tan dispares como el pensamiento krausista y la impronta joseantoniana.

Pero no quisiera que este libro quedara como una simple investigación centrada en el pasado, como un mero arrebato de nostalgia; ni quisiera que se limitara a ser un ejercicio académico. Mi intención es que nos sirva a todos para observar, pensar, entender y trabajar sin desmayo por la España de nuestros días, carente de justicia, de libertad profunda, de unidad e, incluso, de fe en su propia existencia, hasta el punto de que pienso a veces que lo más urgente es detener su mano para evitar que se suicide…

Para esto, sigue siendo necesaria la tarea de la educación de elites de jóvenes, que transmitan a otros jóvenes mensajes de optimismo, de esfuerzo, de tesón; siguen siendo necesarios nuevos dardos de rebeldía y de limpias trayectorias azules. Es necesario, sí, conocer la historia de aquella Academia, pero no como simple tarea de imitación, sino -como decía José Antonio- de adivinación de lo que nuestros mayores harían si se encontraran en nuestro lugar; adivinación que también se compone, en buena parte, de tareas de imaginación y de creación.

Quisiera, por último, dirigirme a todos los Oficiales y Maestros instructores de España; como joven de entonces, receptor de sus enseñanzas, y, como adulto de hoy, que sigo aprendiendo de ellos, decirles, simple y lacónicamente, gracias.