Mi día de la Canción

Manuel Parra Celaya

 

No pensaba escribir sobre la fecha. Hace tiempo que las efemérides han dejado de tener  para  mí  el  efecto  gratificante  de  otros  momentos, quizás porque me preocupa demasiado el presente como para andar rememorando el pasado en inútil ejercicio de nostalgia. Me ha impulsado a ello la televisión, concretamente dos cadenas, cuya rememoración sectaria y demagógica  del  1º  de  abril  me  ha  producido  una  sensación de auténtica pena: pena por el pueblo español, pena por esta España en trance de poner a debate su propia existencia.

Porque el 1º de abril fue la fecha en que terminó nuestra última guerra civil; el Régimen resultante de la victoria la denominó Día de la Victoria, lo cual no tiene hoy la menor importancia, tanto por la dedicación monótona y cursi de cada día del año a festejar una intención o un acontecimiento como por las mangas y capirotes que el actual Régimen -hijo natural del anterior por su sucesor y por sus intenciones- ha hecho de los posibles significados y derivaciones de aquella, para que fuera una victoria de todos los españoles.

Reconozco que, en vida del General, nunca fui franquista; tras su muerte, me pareció anacrónico definirme como tal, pero, en este caso, las comparaciones no eran tan odiosas cuando empezó la gran fiesta de la corrupción de la llamada democracia. Con todo, observé la suficiente ecuanimidad histórica para opinar -creo que objetivamente- del Régimen fenecido y del  actual. Lo  que  nunca  arrié  fueron  unos  ideales, coincidentes, en  parte, con los que figuraban en el frontispicio de aquel y discrepantes, a veces abismalmente, con los de este. Y, precisamente, esos ideales los aprendí y asumí (una cosa sin la otra no tendría mérito) de una institución del franquismo, denominada Frente de Juventudes. No me causa empacho añadir que mi escasa querencia por el franquismo proviene, precisamente, de observar la distancia entre la teoría y la realidad: teoría explicada en los Campamentos y actividades y práctica contemplada día a día desde la mirada del joven inquieto e idealista de camisa azul.

Pues bien, en el Frente de Juventudes -por lo menos en la etapa que me correspondió vivir  como afiliado  de  la  Organización Juvenil  Española, bajo el  mandato de  Jesús López- Cancio- se daba prioridad a una denominación de la fecha del 1º de abril que tenía que ver menos con el pasado guerracivilista y de exaltación de la victoria que con el presente juvenil, anhelante de futuro, que estábamos viviendo: Día de la Canción.

Las lecciones conmemorativas nos contaban que se trataba de un día de unidad entre los españoles, sin apellidos de vencedores o vencidos, gozosos en la paz y en el trabajo en común; se insistía en el valor de la juventud, la que no conoció ni la guerra ni los odios, que era la esperanza de un mañana mejor; esa juventud cantaba -siempre cantando- a la primavera de la Patria, a la unión, al amor, a la revolución transformadora que daría pan y justicia a todos los hombres, a la figura de José Antonio, aquel que, en las líneas finales de su testamento abogaba para que fuera su sangre la última vertida en discordias civiles… La mística de las canciones del Frente de Juventudes no reservaba el menor lugar para el odio o, siquiera, la descalificación del adversario de antaño; tan solo en las canciones festivas, fuera de control, los afiliados nos dedicábamos humorísticamente a meternos con las personalidades del propio Régimen…

Se celebraban certámenes de canciones, por Unidades, y era de ver la cantidad de coros que concurrían; iba a decir improvisados, pero no es del todo cierto, porque una de las características de los muchachos afiliados era, precisamente, cantar a todas horas: caminando por la montaña o por la carretera, en el tren o autocar, en el Hogar, en el Campamento… Para ello disponíamos de un impresionante repertorio, que, por cierto, estaba a punto de perderse en la desmemoria nacional si no fuera por ese grupo de excelentes camaradas madrileños -coros Doncel y San Fernando- y sus labores editoras, unidas a la de Plataforma 2003), que han puesto a nuestro alcance numerosos CD modernos de antiguas canciones.

Cantábamos nosotros y cantaron nuestros mayores de la O.J. y de las Falanges Juveniles, y por ello teníamos nuestro día en el 1º de abril. Claro que siempre nos asaltaba la observación -realista- de que, mientras nosotros invocábamos los ideales a pleno pulmón, otros llevaban los suyos a la práctica; lo peor era que, junto a sus ideales, iban sus intereses, bastante menos sancti.

Han pasado los años, muchos, y -salvo la privilegiada minoría que sigue perteneciendo a la Organización Juvenil Española del siglo XXI- los jóvenes ya no cantan en España; muchos de ellos no tienen ganas ni tiempo, en busca de un trabajo que no encuentran; otros, entre los que encontraríamos bastantes contestatarios, no tienen necesidad de esa búsqueda, y han elegido el camino del nihilismo y/o de la frivolidad. Claro que siempre hay excepciones, pero, generalizando, me temo que nadie tiene muchas ganas de cantar en esta España del paro, de la falta de valores y de unidad, de sectarismos y demagogias, de escasez de figuras ejemplarizantes, de informes PISA negativos…

A pesar de todo, hoy sigue siendo 1º de abril, mi Día de la Canción. De forma que, con el permiso de todos vosotros, dejo de escribir estas líneas, entre catárticas e ilusionadas, y me levanto de mi mesa de trabajo tarareando aquello de montañas nevadas, por ejemplo…

(Sin destinatario fijo, a modo de carta abierta)