José Antonio en la cárcel

13 de marzo de 1936. Aquella tarde en que ardían las iglesias y el diario “La Nación”, nada más llegar a Madrid de un viaje de propaganda, me detuvieron otra vez. Los que iban en el entierro del agente de vigilancia Gisbert saben algo de esto y de mi actitud.

Los patios de la “Dirección” me recibían con alborozo. Van llegando. Y en la mañana histórica del 14 entraba José Antonio. Desde allí dirigió un manifiesto vibrante al pueblo. Se sucedían las escenas pintorescas. Espías torpes. Uno llegó diciendo que era de Falange. -¿De qué centuria?- le preguntó José Antonio. –No recuerdo- fue su lacónica respuesta. –Quién es tu jefe?- No sé. –Y a mí, ¿me conoces? -¿Cómo voy a saber quiénes son todos los afiliados? -La carcajada fue general y el comentario del Maestro contundentes.

Allí jugábamos al “moscardón”, ajenos al ruido de fuera. Deporte favorito de Ruiz de Alda y Tudela. Y a los tres días, al anochecer, la prisión de Madrid abría sus puertas para recibirnos. Dejamos en la Dirección, por quince días más, a Gómez.

Manolo Valdés fue incomunicado conmigo al mismo calabozo de los sótanos. Compartíamos nuestra comida y nuestro buen humor. Al fin todos reunidos en la galería de políticos. Consejos de Falange y del SEU en la cárcel.

Continúan los días de agitación y lucha. Algunos nombre en el recuerdo de hoy a los mejores: Ruiz de Alda; el niño grande de la Falange, Raimundo; o la pureza en el estilo, Barrado; con la violencia de los sueños que fueron realidad pocos días; Garcerán; el discípulo maestro, Cánepa; estudio, amor y acción, Lucena; más camarada que amigo, siendo hermano en la amistad, Valdés; o el deporte aristocrático de la vida, Rubiellas; desengañado de la CNT, comprendió mejor que ninguno a la Falange.

Cuadro de honor. La tinta negra emborrona de luto mis cuartillas. Pocos viven de aquellos que convirtieron la población penal en población de la Falange. José Antonio comentaba un día “Tenemos que poner fuera de la cárcel un cartel que diga: Cuartel General de Falange Española”.

Elecciones ilegales en Cuenca, y el hombre que nos dirigía y que no creía en nada de lo que pasaba fuera, nos aseguraba en aquella tarde calurosa de deporte: “Prefiero ganar el partido de fútbol que salir triunfante en la candidatura”. Y la candidatura no suponía NADA MAS que la conquista de su vida; pero ganar el partido de fútbol suponía una conquista de HONOR.

Todas las noches de intranquilidad un: “¡A tus órdenes, José Antonio!”

Arcadio Carrasco unía sus ansias de lucha con las mías. De doce y media a una y media, esa muchachita alegre del pueblo, traía la única verdad de la calle a nuestra comunicación. Una señora con el manto negro del dolor me besaba. Era mi madre.

Calvo Sotelo, el maestro, dos mazazos con su palabra defendiendo a los ausentes. Trata de mi caso en el Parlamento, entre protestas y rumores, y la libertad una noche me sorprende, con Garcerán, en la calle. Todo lo hemos dejado dentro.

Continúa la persecución. A él lo han llevado a Alicante. En mi rincón recibo aquella última carta, empezaba de esta forma aquel suspiro viril: “Prisión Provincial de Alicante. 18 de junio de 1936. Querido Villapecellín: He agradecido muy de veras tu carta tan lleno de afecto para mi y deseo que dure tu libertad. Conviene que estemos libres cuantos podamos para mejor servicio de España en estos duros días…”

¿Después?...

Olor de pólvora. Sangre en las camisas azules. Un grito: “La policía”. Han sonado los primeros disparos.

Y el amanecer de aquel 18 me coge en la cárcel de Olmedo. Las murallas con sabor de leyenda encierran los gritos de la incultura. Pero los que me iban a asesinar fueron los fusilados. Es cuestión de apuntar antes. Un segundo influye en la vida de un hombre.

Charla espiritual de una anciana con la Virgen de Soterraña. El Alto del León. Camisas Azules que caen en la victoria. Como música, el tableteo de muerte de las montañas, una interrogación: ¿Dónde estás José Antonio?...

Flores del cielo caen sobre la tumba ardiente del Profeta.

José Martín Villapecellín.