La llamada de la sangre

Alfredo Amestoy
II Escuela de Verano de Plataforma 2003


 
Con diferencia de días, y a poco más de cien metros de distancia, casi en -la misma calle, nacen en 1903 José Antonio Primo de Rivera y César González Ruano que son bautizados, ¿casi al tiempo, en la misma pila bautismal, la de la iglesia de las Salesas o Santa Bárbara, de Madrid... y con agua del mismo caño.

César (por cierto, «César», «César Joven», gustábale a Rafael García Serrano llamar a José Antonio)... Pues César González Ruano podría haber sido el mejor amigo de José Antonio. La prueba es que las dos entrevistas periodísticas que mantuvieron son un prodigio de entendimiento y de complicidad, además de auténticas radiografías del fundador de Falange, fruto no sólo de la maestría del escritor sino de las afinidades y de las claves que ambos compartían.

Lo curioso es que Primo de Rivera trató a González Ruano muy poco; menos aún que a Eugenio Montes, Sánchez Mazas, Giménez Caballero, Ridruejo, Alfaro, Miquelarena o Foxá, por citar a los pares de José Antonio, pléyade que con Pemán, Duyós, Villalón, Adriano del Valle y otros, compondrían «la otra Generación del 27».

La verdad es que José Antonio no pudo dedicar ni a los de «la otra», ni a los de «la una», la atención que hubiera querido y que hubiera sido muy necesaria. Primero, y sobre todo, El Foro; después, la política, y , por qué no decirlo, la vida social, se lo impidieron.

De haber dispuesto de tiempo, qué duda cabe, sus aficiones literarias, su espléndida prosa y su facilidad para versificar (recuérdese el soneto improvisado que escribió de corrido en el Libro de Firmas de la casa, después de cenar en el Mesón del Segoviano), José Antonio hubiera alternado, por lo menos hasta 1933, no sólo con Dámaso, Vicente, Salinas, Guillén, Cernuda, sino con los jóvenes de la Residencia. García Lorca, Bello, Alberti, además de Dalí o Buñuel, más o menos de su quinta, sobre todo Rafael Alberti, pocos meses mayor que él y perteneciente, como José Antonio, a la gente bien de El Puerto y Jerez de la Frontera.

Entre los dos gaditanos hubo, a pesar de la proximidad geográfica, la misma distancia que también, siendo paisanos, separa al Fino de la Manzanilla.

Y con García Lorca ocurrió otro tanto, si bien en más de una ocasión ha habido empeño en imaginar una relación, revestida incluso de cierto misterio.

Nos referimos, por ejemplo, a la historia que revelada por Gabriel Celaya, publicó Ian Gibson y que produjo la natural sorpresa. Primavera de 1936. San Sebastián. García Lorca ha ido a la capital guipuzcoana para pronunciar su famosa conferencia sobre «El Romance de la Guardia Civil española» que había de provocar sorpresa y estupor en Dalí.

Pero sigamos con la historia donostiarra. Según el poeta Celaya, Federico mantuvo animada conversación con el joven pero ya famoso arquitecto local, Aizpurúa, autor, con Labayen, de una de las joyas mundiales del «funcionalismo», como es el Club Náutico que San Sebastián conserva en La Concha.

Aizpurúa era muy joven, tenía menos de treinta años; inteligente, sensible, divertido y, al parecer, físicamente atractivo. Justificado, pues, que Federico estuviera encantado en su compañía. Pero García Lorca ignoraba lo que Celaya le advirtió en un aparte.

«¿Sabes quién es ése con el que te está viendo todo el mundo? ¡Es uno de los jefes de la Falange de San Sebastián!». La noticia parece que no preocupó en absoluto a Federico que además, le confesó a Celaya que José Antonio y él se solían ver en Madrid. «Bien es verdad que discretamente, en el interior de automóviles con las cortinas echadas».

Hace poco he hablado de este tema con Gibson y él es el primero en dudar de la autenticidad de esta declaración. Se basa en que, en ese momento, José Antonio ya estaba en la cárcel, desde su detención en marzo. Por tanto el comentario de García Lorca no era oportuno ni procedente, se mirara por donde se mirase.

De cualquier modo, lo cierto es que, seis meses después, de los protagonistas de la anécdota el único superviviente era «el que la pudo contar». Habían sido asesinados José Antonio Primo de Rivera, García Lorca, Aizpurúa, y hasta el socio y compañero de Aizpurúa, Labayen. Aizpurúa, lógicamente, fue asesinado por los rojos. Labayen, por los nacionales. Otra paradoja más de nuestra guerra civil. Labayen era un «rojo separatista» pero que llevaba siete años trabajando y conviviendo con un falangista declarado como Aizpurúa en un importante estudio de arquitectura.

Y esta anécdota nos introduce mejor que cualquier otro argumento en la sinrazón de aquella «guerra de los mil días», una guerra anunciada, que los intelectuales y artistas de la generación del 27, o de la generación de entreguerrrras, o de la generación de la Dictadura, o «la tercera generación del siglo», la de «los nietos del 98», intelectuales y artistas que, ya fueran de izquierdas o de derechas, «presagiaron» y, más aún, «preconcibieron».

Coincidían todos en la aversión a lo plebeyo y en la exaltación de lo noble, fuese tradicional o moderno. Eran antiburgueses y despreciaban la vulgaridad y la mediocridad. Eran europeos, como Ortega, y mediterráneos como D’Ors. Eran surrealistas o superrealistas, pero valoraban la norma, unos más que otros el orden, pero todos la armonía. Y quizás hubieran coincidido en que amaban, más que la España de El Cid, o la de Calderón, o la de Goya, la del Doncel de Sigüenza.

Como «gongorinos» eran tiernos e inflexibles, aristocráticos y populares, refinados y, a veces, desabridos. Y, quizás, como Cadalso, Larra o Ganivet coincidieron los dos grupos del 27 en un cierto desdén hacia la vida y, a lo peor, cierta atracción por la muerte.

Fue bastante general, como vamos a ver, una extraña «llamada de la sangre». No es lírica, ni épica, sino escatología que, por ejemplo, Federico «asumiera» la carnicería nacional de 1936, incluso su propio sacrificio, con invocaciones a la sangre desde muchos años antes.

Verdugos y víctimas

Una de las tantas veces que me solía tropezar con Buñuel en la Torre de Madrid, donde residía cuando volvió a España en los años sesenta, el cineasta, sabedor de mi amistad con Manuel Viola, me preguntó si el famoso pintor era gitano. Le contesté que creía que no. Y le pedí que me dijera el motivo de su curiosidad. «Viola tiene que ser gitano porque los rojos que aparecen en sus cuadros recuerdan las manchas de sangre estampadas en la sábana nupcial que los gitanos muestran a los invitados de sus bodas, como prueba de la virginidad de la novia recién desflorada».

Esta anécdota, a la que entonces no concedí especial valor, cobra ahora relieve, cuando parece resolverse el rompecabezas que fue la relación de los tres «santos» más venerados en el retablo del arte y la cultura de masas en el siglo XX (con permiso del «pantocrátor», Pablo Picasso).

Los «devotos» de alguno de los tres, o de los tres juntos, que los hay, conocen ya mejor la una y trina personalidad de esa amalgama de cuerpos y almas irrepetibles que se encontraron en la Residencia de Estudiantes, en los primeros años 20, durante la Dictadura de don Miguel Primo de Rivera. Las innumerables publicaciones y conferencias con motivo de los centenarios de García Lorca y de Buñuel, donde no ha faltado película de Carlos Saura, la insoportable, no por onírica ni por surrealista, sino por soporífera, «Buñuel y la Mesa del Rey Salomón», y los eventos que se preparan para celebrar los cien años de Dalí, aportan nuevos datos sobre el triángulo (cuadrilátero si incluimos a Alberti, que ahora celebra también su efeméride centenaria), pero ha sido la obra teatral de Alfonso Plou, sobre textos de Sánchez Vidal, el autor del «Enigma sin fin»... sobre Buñuel, García Lorca y Dalí, el que, como ha resumido Javier Villán, enfrenta a «Buñuel, un bruto depredador; a Lorca, un homosexual cursi y a Dalí, un paranoico estrafalario».

Verdugos y víctimas al tiempo, la inmolación es triple. Aunque, de acuerdo con Villán, Federico fue el cordero sacrificial. «Su obsesión por la muerte presagia su signo funeral [...] La fractura que la Guerra Civil española produjo entre Dalí y Buñuel fue símbolo de la tragedia general».

«Presagio (o premonición) de guerra civil" se llamó también al famoso cuadro «Composición de judías verdes». La contienda estaba cerca y el «presagio» daliniano no es tan sorprendente como el que acompañó a los tres, pero sobre todo a García Lorca, desde muchos años antes.

El poco discreto y sí muy escandaloso encanto de la violencia y la extraña atracción que ejercía sobre los tres la sangre, llama poderosamente la atención. Que ese flujo/influjo permaneciera en Buñuel, ya sesentón (cuando le interesa el rojo/sangre de la desfloración gitana), es muy revelador.

«Demasiada sangre»

El corte en el ojo de «Un perro andaluz» (1929) que filman Buñuel y Dalí, uno de los planos más «cruentos» de la historia del cine, aún sigue estremeciendo a los públicos... ¡casi setenta y cinco años después!

Tampoco había faltado violencia en decorados y escenografía de «Mariana Pineda» de Lorca y Dalí que dos años antes estrenó la Xirgu en Barcelona.

Dalí escoge entonces temas y, sobre todo, títulos tan «bucólicos» como «Calavera de muerto atmosférico sodomizando a un piano de cola». Los asuntos que lleva Lorca al teatro subrayan la proclividad hacia la violencia: «Bodas de Sangre» proclama sin tapujos de qué va el argumento. Hay en el tierno y delicado autor granadino un cierto sadismo que se patentiza en visiones poéticas de crudo lirismo carnicero. Esta «escena» que nos describe Federico es un impresionante cuadro pintado con sólo diecinueve palabras que podía haberlo llevado al lienzo Salvador Dalí.

«Rosa la de los Camborios

gime sentada en su puerta

con sus dos pechos cortados

puestos en una bandeja».

No faltará quien justifique esta atracción de los «chicos de la Residencia» por la escatología, inscribiéndola en la tanatofilia de Valle Inclán, Unamuno o el suicida Ganivet, pero me temo que apenas hay relación. ¿Hay algo de «sacramental», ya que descartamos inclinaciones vampirísticas, en este gusto que muestran por la sangre? Porque no sólo de visión se trata sino de «gusto».

Del quinto de los sentidos habla Federico García Lorca cuando se refiere al sabor de la sangre. Su afirmación, además de hermosa, es «científicamente correcta»: «La sangre es más dulce que la miel». Y explicó: «Buñuel es la sangre, yo (Federico) la miel, y Dalí se debate en la elección entre ambos»).

Parece que a Dalí tampoco le amargó el dulce. La figura, la metáfora lorquiana, para describir el triángulo afectivo, es elocuente y bella. En otras oportunidades el poeta no estuvo tan lírico. Es conocida la pasión que tenía Federico por la «Niña de los Peines». Su admiración llegaba al extremo de que Ignacio Sánchez Mejías llamaba al poeta a Madrid a altas horas de la madrugada desde cualquier «colmao» o «tablao» de Andalucía para que Federico, a través del teléfono, la oyera cantar o zapatear. Homenaje a tal artista pareció la conferencia que Federico pronunció en la Universidad y donde explicó que «el duende no es ni el ángel ni la musa. Porque los dos últimos bajan del cielo, mientras el duende nos entra por las plantas de los pies, abrasándonos» (Vicente Aleixandre «versionaría» esta tesis para decir que «en Andalucía la cultura entra por los pies»).

Huelga decir que José Antonio preferiría siempre el ángel al duende; como compartiría de buen grado con Alberti la predilección por la palabra «donaire», aunque su vocablo más querido sería, con toda seguridad, «decoro».

En la conferencia «Juego y Teoría del Duende», García Lorca, refiriéndose a la «Niña de los Peines», dijo: «¡Y cómo cantó!, su voz ya no jugaba, su voz era un chorro de sangre». La frase fue titular de Prensa, se comentó en todas partes y, durante mucho tiempo, la cantante vivió del piropo del poeta. Pero una cosa era el flamenco y otra la revolución. La sangre de Dantón empezaba a ahogarle a García Lorca, como le ocurrió a Robespierre.

Para Federico la Convención fue la Universidad de Madrid donde estuvo tanto o más jacobino que Rafael Alberti.

Lo reseña en su autobiografía Rafael García Serrano. En la Ciudad Universitaria, y cita como otros testigos presentes a Dionisio Pones y a Eduardo Ródenas, García Lorca dijo textualmente meses antes de que estallara la guerra civil: «Tenemos que estar más cerca de la sangre que de la tinta; más cerca de la muerte que de la filosofía».

Era en el fondo un primer «Viva la muerte», curiosa anticipación al otro, al histórico y célebre pronunciado por Millán Astray en otra Universidad, la de Salamanca, y ante su rector, don Miguel de Unamuno, cuando ya había sido asesinado el poeta.

No hay dos sin tres, y el tercer «viva» a la muerte lo daría precisamente Salvador Dalí al conocer el asesinato de Federico, en agosto del 36.

Dalí cambió el «viva» por un «bravo» y, posiblemente no era para celebrar el final de su amigo, sino como insólita elegía propia de arúspices surrealistas, que, sacerdotes de muertes rituales, promovieron una guerra entre españoles que a veces se nos antoja un suicidio colectivo.

¿Se hubieran evitado los lodos bélicos sin aquellas perturbadoras lluvias de sangre en verso y de ventoleras tan apasionadas?

García Lorca pagó tanto exceso con su propia vida. Y Dalí quedaría tan marcado por la orgía sangrienta que es muy significativa esta confesión del pintor a propósito de su «Cristo»: «Hasta el momento preciso en que comencé con la composición, tenía la intención de incluir todos los atributos de la crucifixión (clavos, corona de espinas, etc...) y de transformar la sangre en claveles rojos sujetos a las manos y a los pies, con tres flores de jazmín sobresaliendo de la herida del costado. Las flores hubieran sido a la manera ascética de Zurbarán. Pero, justo antes de finalizar mi cuadro, un segundo sueño modificó todo esto, tal vez a causa de un proverbio español que dice: "A mal Cristo, demasiada sangre"».

Cuando Dalí se plantea este dilema sobre la supresión o no de la sangre en el Cristo, luego tan célebre, han pasado muchos años desde los primeros viajes que en compañía de Lorca y de Buñuel hizo a Toledo para huir de Madrid y cambiar la Residencia por un lugar muy peculiar que, para más «inri», se llamaba «La Posada de la Sangre».

Una peregrinación incesante

Esta «Posada de la Sangre» ha desempeñado un papel bastante protagonista en nuestra literatura y bien merece que en su honor hagamos ahora un punto y aparte, una «parada y... posada». Junto a la Cuesta de la Herradura es bien conocido en Toledo el Arco de la Sangre. El nombre se lo debe a una capilla que hay encima del Arco, hoy apenas visible, y en la que se venera el Cristo de la Sangre. El rey Sancho el Deseado fundó allí la Cofradía de la Preciosa Sangre de Cristo para que asistiera a los condenados a la última pena, que eran ejecutados en la misma esquina de la plaza, junto a la Cuesta del Alcázar. Así los reos podían encomendarse a la imagen antes de ser pasto de las llamas. Nada más pasar el Arco, a la derecha y donde hoy se levanta un moderno edificio creo que con un Banco en los bajos, es donde estuvo la famosa Posada del Sevillano, luego llamada «de la Sangre». Cervantes, en «La ilustre fregona», dice que los dos amigos, Carriazo y Avendaño «bajando por la Sangre de Cristo dieron con la Posada del Sevillano», de la que, en otro lugar, explica que «era una de las mejores y más frecuentadas que hay en Toledo». Se ha aceptado que allí escribió Cervantes su novela mientras se alojó en el Mesón. Y para mejor conmemorarlo, se llegó a montar un aposento con alcoba, fiel reproducción de la que ocupó Cervantes durante su estancia en Toledo.

Cuando en 1872 se puso una placa conmemorativa en la puerta con un busto del autor de «Don Quijote de la Mancha», aún entonces el aspecto que ofrecía la Posada era el mismo que pudieron conocer los personajes de las novelas de Cervantes, de Quevedo o de Hurtado de Mendoza.

Seguro que así la conocieron también Cadalso, Rivas, Larra, Zorrilla, Bécquer, Espronceda o Pérez Galdós... La Posada de la Sangre estuvo ligada a todos los movimientos literarios que hubo en España hasta el siglo XX. Objeto de peregrinaje lo fue desde finales del XIX y el testimonio de Blasco Ibáñez no oculta el valor reverencial, no desprovisto de magia y misterio, de esas excursiones.

Escribe Blasco Ibáñez de su viaje a Toledo, con Mariano de Cavia y otro amigo:

«Fuimos un día a la toledana "Posada de la Sangre" en donde estuvo alojado Miguel de Cervantes entregado a escribir "La ilustre fregona". Servían allí una sopa de tropezones y unas perdices con salpicaduras de nueces por añadidura. Todo sabía a gloria si iba acompañado de un buen vino de la tierra.

»¿En qué habitación está Don Miguel de Cervantes? -preguntamos al posadero. Nos miró éste con cierto aire que no supimos si era de sorna o de malas pulgas.

»Cavia cortó por lo sano: "Subiré yo mismo"."Me parece recordar que vive en el cuarto número siete". Subió, en efecto, Mariano al corredor que circundaba el patio y, una vez ante la puerta de la habitación, llamó suavemente:

»Miguel; estamos aquí. Te esperamos. No tardes.

»Hicimos preparar una mesa para cuatro comensales: Cervantes, Cavia, el otro amigo que nos acompañaba, y yo. Para entretener la espera ordenamos un frasco de vino.

»Como transcurriera media hora sin que Cervantes diera señales de su presencia, Cavia comenzó a vocear: "Miguel, Miguel, date prisa, que el hambre según recordarás que escribió Cicerón, es el mejor condimento de la comida, y la sed lo es de la bebida”.

»Al cabo de un rato y pues que Miguel seguía dormido, trepó de nuevo Cavia hasta el corredor. Aporreó la puerta del "siete" y clamó "Miguel, Miguel".

»La respuesta fue un total silencio. Bajó el aragonés al patio, se sentó y me dijo: "Vamos a comer, Vicente, porque Miguel ha debido de trabajar toda la noche. Me ha dicho como en un susurro que está muerto de sueño y quiere que le dejemos en paz"».

Este viaje, donde no debió brillar por su ausencia Baco, se realizó en la primavera de 1897. Veintitantos años después y en el mismo lugar, otro aragonés tan divertido como Mariano de Cavia, Luis Buñuel, haría aquí de las suyas, como veremos a continuación. Antes, hay que reseñar que al igual que Blasco Ibáñez, en el mes de noviembre de 1900, es Pío Baroja quien viaja a Toledo en compañía de Azorín y también se alojan en «La Posada de la Sangre».

Parece que es en esta excursión cuando el vasco y el levantino congenian y establecen una relación que se consolida dos años más tarde y promueven la fundación de un importante grupo generacional. Así lo reconoció Azorín: «La visita a Toledo fue capital... esencial para el 98. Fuimos a Toledo no como frívolos curiosos, sino cual apasionados. Nos atraían los monumentos religiosos. En ellos se encarna la nacionalidad española».

Otra afirmación, ésta de «la nacionalidad española» que al finalizar el siglo XX ya empezó a estar carente de sentido.

¿Fue también a Toledo en los años 30 José Antonio Primo de Rivera, en compañía de Sánchez Mazas, Isabel Argüelles, Marichu de la Mora y otros camaradas, en busca de esa corriente telúrica que se ha atribuido a Toledo?

¿En busca de esa extraña comunión entre gea y etnia que allí se produce?

Puede ser. Porque se cuenta que «en aquella excursiones José Antonio se exaltaba tocando con la mano la tierra de España».

El interés por Toledo hay que reconocer que también se alimentaba con las perdices escabechadas de la Venta de Aires, donde en más de una ocasión pudieron coincidir los falangistas con los jóvenes inquietos de la Residencia de Estudiantes que también buscaban en el Jerusalem de Sefarat viejas respuestas para nuevas inquietudes. Es justo reconocer que cuando José Antonio comienza a visitar Zocodover hace tiempo que existe ya «La orden de Toledo».

Las «noches toledanas» y «el trío calaveras»

«La Posada de la Sangre», qué otro lugar mejor, fue la sede de «La Orden de Toledo», fundada en 1921 (duraría hasta 1936), por García Lorca y Buñuel.

Lorca tiene entonces 23 años y 21 Buñuel.

Junto a otros jóvenes, Dalí, recién llegado a Madrid, «ingresa» en la Orden con diecisiete o dieciocho años y, en seguida, forma con Federico y con Luis, más que el trío de la bencina, «el trío calaveras». Eso eran en realidad: tres chicos de provincias, de buenas familias, sin problemas de dinero y siempre dispuestos a divertirse.

El ambiente «toledano» lo describe Buñuel en «Mi último suspiro»:

«Vivíamos en "La posada de la Sangre" donde Cervantes situó "La ilustre fregona". La posada apenas había cambiado desde aquellos tiempos: burros en el corral, carreteros, sábanas sucias y estudiantes. Por supuesto, nada de agua corriente, lo cual no tenía mas que una importancia relativa porque todos los miembros de la Orden tenían prohibido lavarse durante su estancia en la ciudad santa».

Solían comer, como luego los falangistas, en la Venta de Aires, donde tuvieron que coincidir con otro asiduo del local, el Dr. Marañón que, andando el tiempo, en plena República impediría a Buñuel el estreno de «Las Hurdes».

Cuenta Luis que pedían «tortilla a caballo» (una tortilla con montado de carne) y una perdiz. Y vino blanco de Yepes.

«Al regreso de la Venta hacíamos un alto obligado en la tumba del Cardenal Tavera, esculpido por Berruguete. (El rostro del Cardenal es el que sobrecoge a Catherine Deneuve en "Tristana"). Durante el rodaje, no de "Tristana" sino de "Viridiana", en 1960, pude hablar de aquel Toledo con un Buñuel exultante y feliz por estar de nuevo en un lugar que le traía tantos recuerdos. Reconoció que Dalí, Lorca y él fueron bastante gamberros y que de jóvenes bebían demasiado. A su hijo Juan Luis le señaló un mirador sobre el Tajo, confesándole: "Ahí es donde veníamos Federico, Salvador y yo a vomitar cuando estábamos borrachos"».

A propósito de borracheras, viene a cuento algo que ocurría en París en ese momento, a principios de los años veinte.

Tiene que ver con otra generación, la de los escritores y artistas que tras la primera guerra mundial, se habían instalado en la capital francesa y se agrupaban en tomo a la famosa mecenas Gertrude Stein. Hemingway es quien cuenta por qué fueron llamados la «generación perdida». Gertrude se lo oyó al propietario de un garaje que amonestaba a un joven mecánico. Luego, ella lo utilizó para reprenden a los jóvenes intelectuales, incluido el propio Ernest: «Todos vosotros sois también una generación perdida. Todos los jóvenes que sirvieron en la guerra son una “generación perdida”».

«¿De veras?»- dije.

«Lo son -insistió-. No le tienen respeto a nada. Se emborrachan hasta matarse"».

Por coincidir en el tiempo es curiosa esta relación etílica. Pero dejemos a la «generación perdida» y volvamos a nuestra «generación del 27».

Las borracheras , y las resacas, debieron ser «históricas» durante aquellas estancias en Toledo. Y en medio de un frecuente clima de tensión entre ellos. Dalí contaba que una mañana en la Posada de la Sangre le dijo a Federico «con la boca pastosa» que le iba a decir la verdad, «la verdad sobre él». Esta misma situación ya la había vivido Buñuel con Federico cuando el aragonés, ante el rumor de que el granadino tenía relaciones con un muchacho vasco, le preguntó «si era verdad que era maricón». Esta provocación no afectó ni entonces ni después (cuando García Lorca quiso sodomizar al catalán y Luis no lo podía creer) a la amistad entre ambos. Fue en 1933 cuando se produce el principio de la ruptura de Lorca y Buñuel con Dalí. No le perdonaron a Salvador que descubriera que había «un camino a la derecha».

A tres años vista del 18 de Julio de 1936, y como si ya se anunciara la Sublevación, quien más quien menos parecía tomar ya posiciones de forma libre y espontánea o un poco obligados por los que creían protagonizar la acción. A otros sólo les quedaba... la reacción.

Cierto que en marzo de 1936, Dalí escribe a Lorca a propósito de la conferencia recital sobre «El romance de la Guardia Civil Española», ya aludida y que pronunció -la fecha es muy importante- en el mes de marzo de 1936, en San Sebastián-. «...Poéticamente, un guardia civil en realidad no existe [...] Tal irrealidad es "antipoesía"».

Esta objeción evidencia la perplejidad de Dalí ante el tema escogido por el poeta. Pero no hay ni condena ni reproche capaz de desvelar el «posicionamiento» político del pintor en esa fecha. Hay quien se atreve a señalar los hitos en el proceso de alejamiento de Dalí por parte de Buñuel y Lorca. Primero sería Buñuel el que «degradó» a Dalí en la Orden de Toledo y así figura en la lista del aragonés (por su tendencia conservadora y manifiesta cuando sus compañeros se hacen comunistas en 1933). ¡Muy exagerado llamar «conservador» a Dalí entonces!

Ya no es, por supuesto, el muchacho al que detienen en 1923 por sus ideas anarquistas; o el que, después de masturbarse, le envía a su padre el semen metido en un frasco diciéndole que «le devuelve lo que le dio y que ya no le debe nada». Anécdota ésta que, honradamente, no me atreví a pedir al propio Dalí que me la confirmara, ni siquiera cuando estuvimos con Antonio D. Olano, en Port Lligat, preparando un programa de televisión.

En 1933, Dalí ya «no es aquél», pero tampoco, creo, el que pinta Jesús Ruiz Mantilla con tanta seguridad:

«Dalí había admitido compromisos firmes con el fascismo que disfrazaba con cierta actitud de aniquilación intelectual de lo establecido. Su "Enigma de Hitler" fue la prueba [...] Breton se dio cuenta del poder hipnótico del lienzo. Ambos se sabían a Freud de memoria y no esperó a expulsarle (del surrealismo). Pero ya era tarde. Para entonces Dalí había chupado ya la sangre de todo el movimiento».

Si es así, al fin se descubre quién era el vampiro, feliz entre la «cirugía» de Buñuel, la sangre de las bodas lorquianas o la Posada de la Sangre toledana. Como recordaba Lorca, «la sangre es mas dulce que la miel» y como moscas sedientes, en un baño de sangre se iban a meter pronto los españoles.

Se ha escrito hasta la saciedad sobre el acento cainita de nuestra contienda civil; también ha habido quien ha visto razones kafquianas en nuestro «proceso» inexplicable que terminó con una ejecución masiva o en un suicidio colectivo; no obstante, pocos se han internado en el laberinto freudiano que pudo conducirnos a la guerra. Mucho substrato judeo-cristiano gravita sobre la metáfora paterna de Kafka o sobre la materna (¡Ay! la castradora madre judía) de Freud. «Bodas de Sangre»,«Bernarda Alba» o «Yerma», son muestras lorquianas de esas obsesiones que, por cierto, no eran nuevas y ya se habían manifestado en el teatro benaventino. Freud era el tema de conversación preferido de los intelectuales desde finales de los años 20. Inspirador de «Un perro andaluz» de Buñuel-Dalí, el público asistente, en 1929, al estreno de la película en el Palacio de la Prensa (Alberti, Neruda, García Lorca, Bergamín, Rivas Cherif, María Zambrano, Margarita Xirgu, quizás también Giménez Caballero y José Antonio Primo de Rivera) no hablaron en el descanso y al final de la proyección de otra cosa que de Freud.

Pasan los años, estalla la guerra y Dalí no escapa a las influencias, casi dependencias «freudianas».

Es ahora cuando se acaba de hacer pública la entrevista que mantuvo Salvador con Sigmund Freud en Londres, en 1938. El objeto del encuentro: las preocupaciones del pintor por un tema freudiano emparentado con sus complejos filiales; esta vez no relacionados con el padre sino con la madre: la teoría de la menstruación femenina; fenómeno biológico que obsesionaba a Freud y que, según él, explicaba también la licuefacción de la sangre de San Jenaro todos los años en una Iglesia de Nápoles.

¿Era ese «accidente», ese fenómeno curioso, el que le llevó a Londres o había aún más morbo en el encuentro de Dalí con Freud en 1938?.

En ese momento la guerra española aún no se había resuelto a pesar de haber costado ríos y ríos de sangre.

La tibieza de Dalí

No es muy seguro que Dalí se hubiera definido políticamente antes de 1936. De haber sido así, se hubiera quedado en España, como Alberti, o como otros muchos del bando nacional, y no hubiera puesto los pies en polvorosa. Tampoco Buñuel, el «valeroso pugilista» y bravucón duelista, admirador del Tenorio, hizo, en este momento crucial, gala de su gallardía.

El despliegue documental que acompañó al centenario del cineasta ha servido para descubrir detalles reveladores. Por ejemplo, no es cierto que fue en Madrid donde el cineasta conoció la noticia de la muerte de García Lorca, tal y como relata el aragonés en su biografía, adjudicándose una serie de peripecias no sólo como «resistente» sino como un «pimpinela escarlata».

Mal pudo protagonizar tan hermosos lances si, como ha contado su amigo y compañero, superviviente de la Residencia, Pepín Bello. «cuando estalló la guerra (Buñuel) me dijo horrorizado: "No le digas nada a nadie. Me voy mañana a París". Entregó su coche en la cédula del Partido Comunista más cercana a su casa. Y se fue».

Gracias también al Centenario Buñuel y la exhumación de cierta correspondencia, se ha conocido esta carta de Dalí a Buñuel que aclararía algunas cosas. En primer lugar, el origen de la definición de Dalí a favor de los nacionales, después de una muy prolongada, cómoda y quizás expectante «tibieza».

También la amistad, inmarchitada, entre Dalí y Buñuel, a lo mejor reavivada por la pérdida de Federico, el amigo común. Porque estamos en 1939, con la guerra en su peor momento, cuando Dalí escribe a Buñuel desde el Hotel St. Moritz on the Park, de Nueva York (la peculiar sintaxis y la personal ortografía de la carta no hacen sino confirmar su autenticidad):

«...Metieron a mi hermana en prisión en Barcelona (los rojos) (veinte días) (y la martirizaron) se ha vuelto loca. Está en Cadaqués, la tienen que dar la comida por la fuerza, se caga en la cama, imagínate la tragedia de mi padre al que an robado "todo", tiene que vivir en una casa de huéspedes de Figueras, naturalmente le mando dólares, se ha convertido en un fanático admirador de Franco que considera un semidiós, el glorioso caudillo como dice en cada línea de sus delirantes cartas (me han robado todo lo de la casa de Cadaqués). El esfuerzo revolucionario ha sido tan desastroso que todo el mundo prefiere a Franco y recibo de este sugeto noticias de capitalistas de toda la vida, de republicanos liberales, de anticlericales acérrimos que me escriben entusiastas por el nuevo régimen. Al menos se puede comer, dormir y no temer ser robado o asesinado. Hay que reconocer que las izquierdas lo an hecho muy mal».

Insisto en que las faltas de ortografía son de Dalí. Como es muy daliniana la forma de «restregarle» a Buñuel lo que «los rojos», los de Buñuel, están haciendo con su familia. Le habla de que el esfuerzo revolucionario (parece incluirse en él) ha sido desastroso. Y obsérvese que exime de culpa a Buñuel no haciéndole reproche alguno. Salvador no le dice que «lo habéis hecho muy mal», sino que las izquierdas «lo "an" hecho muy mal».

Tampoco quiere manifestarse (todavía) «franquista» y llama a Franco «este sugeto».

Al margen de otras intenciones, lo que está claro es que el trato que recibió su familia, junto con la victoria bélica, decidió la inquebrantable adhesión del pintor a Franco. O sea que ahora ya debía a su padre algo más que aquello que, un día, le había devuelto metido en un frasco...

Similar admiración y cariño reservó, también, Salvador para José Antonio Primo de Rivera. Hasta tal punto que José Utrera Molina, el ex-ministro y dirigente franquista, suegro de Alberto Ruiz Gallardón, reproduce en sus memorias lo que Dalí le confesó sobre el fundador de la Falange.

«Estoy seguro que José Antonio y Lorca, de encontrarse, serían grandes amigos. José Antonio era un genio. Aparte de su actuación política, José Antonio Primo de Rivera ha sido una de las personas más importantes que ha dado España. Fue el primero en utilizar, después de haberlo inventado, aquello de "¡Arriba España!". Y el momento en que llega el liberalismo y quieren poner en vigor el programa diseñado por los liberales, que consistía en decir abajo esto, abajo lo otro, abajo lo de más allá, ¡abajo todo!... ¡Arriba España! José Antonio inventó ese grito que puso en pie a España y, además, es quien hizo la mejor apología de un ser al que se despreciaba en aquellos momentos: el señorito. Dijo que él mismo representaba a los señoritos y que aspiraba a que un día todos fuéramos señores de España. Fue el primero que, con visión profética, se opuso a esos movimientos liberaloides que hoy fracasan en el mundo. Elogió a las personalidades, aceptándolas como buenas, independientemente de su postura política y ateniéndose a su real valor humano. Yo hago iguales elogios. Elogio a José Antonio, independientemente de su credo...».

A Antonio D. Olano, amigo del pintor, y autor de «Las extrañas amistades del genio», Dalí le comentó muchas veces la importancia que hubiera tenido para España la aproximación de la gente de la Residencia a la Falange.

Puede ser. Aunque los residentes distaban a su vez de ser un grupo cohesionado.

Buñuel y Dalí no parece que volvieron a verse después de la guerra, pero yo al menos, no descarto que, igual que se cruzaron algunas cartas, hablasen también por teléfono. Porque «genio y figura hasta la sepultura».

Y, además, en algunos aspectos, reconozcamos que eran «tal para cual».

No eran unos niños cuando Dalí protagoniza la «gamberrada» de romper escaparates en Nueva York para llamar la atención sobre sus cuadros y cuando Buñuel, en Hollywood, en una cena de Navidad a la que asistió Charles Chaplin, se levantó de la mesa y con dos amigos se puso a destruir el árbol decorado con adornos, luces y regalos.

Buñuel lo comenta divertido en su biografía:

«Así lo hicimos y, ante las miradas de asombro de los invitados, nos pusimos a destruir el árbol. Desgraciadamente es muy difícil partir un árbol de Navidad. Nos desollábamos las manos sin resultado. Entonces cogimos los regalos y los tiramos al suelo para pisarlos. Chaplin nos miraba sin comprender y Leonor, la mujer de Tono, dijo: "Luis, esto es una verdadera grosería". "En absoluto, respondí, es cualquier cosa menos una grosería: Es un acto de vandalismo y subversión"».

Estas salvajadas, impropias de gente de «buena familia» (no sólo Buñuel, Lorca y Dalí, también Alberti pertenecía a una de las mejores familias de Cádiz, aunque «venida a menos»), impropias de gente educada en colegios de jesuitas y universitarios internos en la acreditada Residencia de Estudiantes, sólo pueden explicarse si se tiene en cuenta el clima de chulería y matonismo que reinaba en la España de los años veinte y no digamos en la de los treinta. Una forma de actuar, común entre gentes de izquierdas y de derechas . Y seguro que en la Falange Española no faltaron este tipo de individuos.

Era un talante que, por ejemplo, a Buñuel le acompañó toda la vida. Hombre muy celoso, en Méjico no dudaba en coger la pistola si sospechaba que alguien se acercaba a su mujer.

No era difícil por tanto, presagiar, como hemos dicho que presagió Federico, la guerra sangrienta y fratricida. Personas de su sensibilidad tuvieron que presentir lo que iba a ocurrir y se entregaron «premeditadamente», conscientes de que caminaban hacia un sacrificio. Es un hecho que, aunque nadie está «dispuesto» a morir, sí cabe hablar de una mejor o peor «predisposición».

Según García Posada, y sigue el «inri», Lorca ya exhibió en «Reyerta»...«'una especie de explosión de los más oscuros instintos eróticos y tanáticos, la plasmación de la violencia gratuita (tan cara al surrealismo), de la pura irracionidad descontrolada». Y aporta el siguiente comentario de Federico «...está expresada esa lucha sorda, latente en Andalucía y en toda España, de grupos que se atacan sin saber por qué, por causas misteriosas, por una mirada, por una rosa, porque un hombre de pronto siente un insecto sobre la mejilla, por un amor de hace dos siglos».

Lorca no hablaba sino de la «memoria histórica», del «ni perdono ni olvido», del odio, de la venganza y de la revolución siempre «pendientes».

A esa deuda secular, nunca saldada y como siempre incrementada con una especie de «intereses de demora», se acumulan en el inicio del siglo XX una épica, una lírica, casi una ética, que recuperan el valor del valor; y no es redundancia, porque aquí no valdría hablar del precio del valor. Entonces, no sé si todavía, el valor no tenía precio.

Esta es la razón por la que incluso don Pío Baroja, en zapatillas y en boina, el más pacífico y antibelicista de los mortales, respira en los años veinte los mismos aires de Nietzsche. Y así, en «Divagaciones sobre la cultura», auténtico manifiesto político, escribe como líneas finales y colofón: «Los españoles hemos sido grandes en otra época, amamantados por la guerra, por el peligro, por la acción; hoy no lo somos. Mientras no tengamos más ideal que el de una pobre tranquilidad burguesa, seremos insignificantes y mezquinos. Hay que atraer al rayo, si el rayo purifica; hay que atraer la guerra, el peligro, la acción y llevarlos a la cultura y a la vida moderna».

No era la primera vez que don Pío había preconizado una actitud militar y la necesidad de «vivir peligrosamente». En «César o Nada» (1910) Baroja coincide con D'Annunzio y hasta se olvida de su anticlericalismo para elogiar a San Ignacio: «Somos individualistas, por eso más que una organización democrática, federalista, necesitamos un disciplina férrea de militares. El Loyola del individualismo extrarreligioso es lo que necesita España. Hechos, hechos siempre, y una filosofía fría, realista, basada sobre los hechos, y una moral basada en la acción».

Si esto no es una definición del fascismo, o del franquismo, ¿qué otra cosa es? Muchas «lettres» son «avant les faltes». Y sigue Baroja:

«La democracia, la República, el Socialismo, en el fondo no tienen raíz en nuestra tierra. Familias, pueblos, clases (¡Ojo a «familia, municipio y sindicato» que fueron, veinticinco años después, tercios de representación en las Cortes de Franco), se pueden reunir con un pacto; hombres aislados como somos nosotros, no se reúnen más que por la disciplina. Además, nosotros no reconocemos prestigios ni aceptamos con gusto ni rey ni presidente ni gran sacerdote ni gran mago.

»Los únicos que podemos dar sentido, hacer una civilización con caracteres propios, con esa vieja raza ibérica, nacida probablemente en las orillas del Mediterráneo, somos los españoles...

¿Por qué los españoles solos? Me parece indudable. Francia se está inclinando cada vez más hacia el norte. En Italia sucede lo mismo: Milán y Turín son las auténticas capitales de Italia, allí donde predominan el sajón y el galo. En cambio en España no sucede esto; nos encontramos separados del resto de Europa por los Pirineos y unidos a África por el mar y por el clima; nuestro plan debía ser constituir un gran imperio euroafricano, imponer nuestras ideas en la Península y luego irradiarlas por todas partes».

¿Era una anticipación barojiana o respondía a una coincidencia plena entre muchos españoles en 1910? La vocación africana del general Primo de Rivera y de los militares africanistas entre los que se encontraba Francisco Franco, era compartida por población civil y fue promovida por gran número de intelectuales.

Arúspices y pájaros de mal agüero

Es imposible comprender la guerra civil española, «la guerra de los mil días», que ese es (contado en días) el tiempo que duró, es imposible comprender la guerra de nuestros padres sin la contribución de profetas, arúspices y agoreros. Españoles bastante irresponsables que no se limitaron a vaticinarla sino que la preludiaron.

En el caso de García Lorca se llegó a la quintaesencia con lo de «el sabor dulce la sangre». Pero, en general, el olor a sangre que inundó el ambiente, quizás por culpa de tanto examinar las entrañas para adivinar el futuro, produjo en España una embriaguez colectiva.

Cuesta creer que tres años antes se «predijera» absolutamente «todo». En noviembre de 1933, Largo Caballero, presidente del PSOE declaraba: «Estamos en plena guerra civil. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar». La promesa venía, de lejos, de Pablo Iglesias. Al Rey: «Prepara los bártulos y disponte a salir de esta tierra, porque lo que es esta vez estamos dispuestos a echarte y echarte pronto». A los militares: «La clase obrera llegará a más, llegará a la violencia que es santa, santísima...». A las monjas: «...el día de la revolución el ejército científico asaltará los conventos de mujeres» (Hernández Cid en «La Traca»).

Margarita Nelken incrementa las proporciones de su pronóstico y supera con creces el tono de la Apocalipsis: «Pedimos una revolución [...] pero la propia revolución rusa no nos servirá de modelo, porque nos harán falta llamas gigantescas que se verán desde cualquier punto del planeta y olas de sangre que teñirán el mar». Y se cumplieron las profecías de la «sacerdotisa» Margarita.

Pero ¡qué esperar de la exaltación de la Nelken o de la pasión de Dolores! Tampoco el moderado Indalecio Prieto se contenía en 1934: «Que el proletariado se haga cargo del Poder y que haga de España lo que ella se merece. A tal fin no hay que dudar. Y si tiene que correr la sangre, que corra».

No escapan de este manicomio en que se convirtió España ni los periódicos ni el Parlamento... ni la Universidad. Hasta Unamuno, rector en Salamanca, parece haber perdido la razón cuando escribe: «Se necesita dar a las multitudes, dar al pueblo, dar a nuestro pueblo español una locura cualquiera, la locura de uno cualquiera de los suyos que esté loco, pero loco de verdad y no de mentirijillas. Loco, no idiota. Que eso puede encender una guerra civil... !Mejor que mejor! Es justamente lo que necesitamos. Nosotros necesitamos una nueva guerra civil» (Obras Selectas. Pléyade. 1961). Quien había vivido la última guerra civil, la tercera carlistada y había escrito «Paz en la guerra» se atrevía a formular tamaño deseo!

Esta «hemorragia» anticipada es la que descalifica a muchos intelectuales y a toda una clase política que deberá ser juzgada con más severidad por los historiadores que transfieren alegremente toda la responsabilidad de la guerra a los sublevados.

Por cierto, Gerald Brenan me confesó en 1973 que rectificaba y reducía la responsabilidad que en «El laberinto español» había adjudicado a Franco y a los africanistas, como él siempre llamó a los militares del 18 de Julio.

La verdad es que antes de que metieran al enfermo en el quirófano ya se habían puesto los guantes los cirujanos. Aunque, como en el caso de «la letra y la sangre», algunos tuvieran la mejor de las intenciones. «No importa que el escalpelo haga sangre, lo que importa es que obedezca a una razón de amor», decía José Antonio Primo de Rivera... Otro «chivo expiatorio» que como García Lorca, previó, claro que previó y conoció de algún modo su destino...

Federico, como José Antonio, hubiera firmado esa invocación, luego tan repetida hasta hoy mismo, y que preside el testamento del fusilado en Alicante: «Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles».

Este deseo, a salvo de la sangre que produce ETA y que, me gustaría creerlo, pertenece a los últimos coletazos de la última discordia civil y no a los prolegómenos de la próxima, se ha cumplido.

Llevamos casi sesenta y cinco años de paz (tres generaciones sin guerra) en este país tan cainita, donde será mejor que los «intelectuales» eviten la tentación de subvertir valores y pervertir a las masas.

Cuidado con las guerras «anunciadas» y atención a «la llamada de la sangre». «Asumir», en gran manera, supone «atraer». Lorca, y no con tanta intensidad pero también José Antonio, «asumieron» el que iba a ser el gran holocausto del 36, incluso su propio sacrificio, con invocaciones a la sangre.

Anticipar suele ser «preconcebir». Se ha dicho que más que «porvenir» hay que... «portraer». Los acontecimientos muchas veces no vienen, se traen.

Espantemos los sinos y los hados maléficos. No especular con el futuro puede ser la manera de conjurar nuevos desastres.