José Antonio, ese desconocido



Arnaud Imatz
Artículo publicado en "Le Monde", 31 de octubre de 1983

 

El 29 de octubre de 1933, un joven aristócrata, promesa del Colegio de Abogados de Madrid, José Antonio Primo de Rivera, organizó un mitin anticipando la creación de la Falange Española. Nacido del deseo de realizar una «síntesis de la tradición y de la revolución», rechazado y combatido por la derecha y la izquierda, este movimiento iba a conocer una vida tan corta como agitada. Su historia se confunde en gran parte con la de su fundador, cuyo trágico destino parece marcado por una profunda soledad. Candidato infeliz a las elecciones de febrero 1936 – después de haber sido elegido en las Cortes de 1933 – José Antonio Primo de Rivera es encarcelado inmediatamente después de la llegada al poder del Frente Popular, tres meses antes del alzamiento del 18 de julio de 1936. Deferido ante un tribunal popular en plena Guerra Civil, el jefe de la Falange Española, es condenado a muerte y fusilado (habiendo presionado los comunistas para que se ejecute la sentencia), con treinta y tres años de edad, el 20 de noviembre de 1936.

Paradójicamente, tantos años después de su ejecución, «José Antonio» sigue levantando odio o fervor, repulsión o admiración... «un agente asalariado de la embajada italiana» afirma el francés Max Gallo ; «una personalidad de chulo bajo un elegante barniz», asegura el americano H. R. Southworth. En el otro extremo, el filósofo Unamuno reconoce en el «un cerebro privilegiado, quizá el más prometedor de Europa» y el embajador de Estados Unidos, C. Bowers, lo ve como «un héroe de novela de capa y espada». Pero ¿qué hombre se esconde detrás de la máscara de piedra pegada sobre su cara por los detractores y hagiógrafos?

En la inmensa bibliografía sobre la guerra civil española, sus orígenes y sus consecuencias, José Antonio ocupa un lugar importante. Sin embargo, se debe observar que la imagen convencional del jefe de la Falange se reduce generalmente a unos tópicos incansablemente repetidos. La «recuperación» del personaje por la historiografía franquista constituye probablemente una de las principales causas de esta singular situación.

La desaparición prematura de José Antonio, en plena Guerra Civil, dejó ideológicamente el campo libre al general Franco. En 1937, el Caudillo impone la unificación de la Falange con todos los partidos de la derecha (monárquicos, tradicionalistas y conservadores-republicanos) y crea un nuevo movimiento, la Falange Tradicionalista. Manuel Hedilla, segundo jefe de la Falange original, es condenado a muerte por no haberse sometido. Pronto, las autoridades franquistas entienden el provecho que pueden sacar de un culto a la figura de José Antonio. Exaltan su ejemplo y su sacrificio, pero eliminan sistemáticamente los temas «revolucionarios» o «socialmente peligrosos» de su doctrina.

En los años inmediatamente posteriores al desmantelamiento del franquismo y a la sucesiva vuelta a la democracia, la herida es demasiada dolorosa como para que los investigadores y autores deseasen estudiar en un plano histórico las embrolladas relaciones entre el franquismo y el falangismo original. Prefieren extender sobre toda la época el velo del olvido o se limitan a una condena global. Pero las interpretaciones-esquematizaciones siempre acaban cansando a la mayoría.

Mucho se ha escrito sobre la filosofía cristiana o tradicional de la Falange original y sobre los elementos conservadores de su doctrina política. Pero un aspecto esencial es su programa social. José Antonio quería implantar una profunda justicia social, para que sobre esta base los pueblos puedan volver a la supremacía de lo espiritual. Este proyecto idealista, pretendía llevarlo a bien procediendo a la nacionalización de la banca y de los servicios públicos, a la atribución de la plusvalía del trabajo a los sindicatos, a una profunda reforma agraria aplicando el principio «la tierra pertenece al que la trabaja», y por fin, a la creación de una propiedad familiar, comunal y sindical.

Acusado de “nacional-bolchevismo”

Se puede debatir sobre el carácter reformista o revolucionario de su programa, pero no se puede decir que fuera reaccionario. Tal era la opinión de la derecha conservadora y liberal: su prensa tachaba a José Antonio de «nacional-bolchevique» y simultáneamente le reprochaba de confundir «franciscanismo» y «fascismo». En las Cortes, cuando la mayoría de la derecha decidió quitarle su inmunidad parlamentaria para deshacerse de un embarazoso adversario, José Antonio debió su salvación a la ayuda del conjunto de la izquierda y de un puñado de diputados de la derecha. En febrero de 1936, en víspera de las elecciones, la Falange se desmarcó cuidadosamente del Bloque Nacional, coalición antirrevolucionaria que se oponía a la unión de los partidos de izquierda. En definitiva, globalmente, la derecha sólo tuvo simpatía por José Antonio después de la victoria electoral del Frente Popular.

El estudio de las relaciones de las izquierdas con la Falange prepara otras tantas sorpresas. Numerosos mandos de la Falange provenían de la Confederación anarquista (CNT) o del partido comunista. Manuel Mateo, brazo derecho de José Antonio para los sindicatos, era el antiguo secretario del PCE en Madrid. En sus Memorias, el líder anarquista Diego Abad de Santillán y el ministro del Frente Popular, Julián Zugazagoitia, explican como estos hombres facilitaron contactos con varios responsables de la CNT (especialmente Ángel Pestaña) y de la Federación Anarquista Ibérica. Otras negociaciones tuvieron lugar con Juan Negrín, uno de los principales representantes de la fracción no marxista ortodoxa y minoritaria del partido socialista. José Antonio incluso hizo saber a Indalecio Prieto que de buena gana le confiaría la dirección de una futura Falange socialista.

Después de la guerra, varias personalidades republicanas coincidieron en afirmar como el presidente del gobierno de la República, Félix Gordón Ordás: «creo que fue posible lograr al principio que el propio José Antonio hubiese cooperado con la República de izquierdas». Teodomiro Menéndez, diputado socialista y dirigente del sindicato UGT, relata que José Antonio le decía en el Parlamento: «Teodomiro, si no fuese por sus ideas religiosas, qué cerca estaríamos usted y yo en política» y añade «¡tenía razón!». Prieto, Zugazagoitia y otros ministros moderados del Frente Popular rindieron homenaje al jefe de la Falange por haber intentado persuadir a los beligerantes de negociar al principio de la Guerra Civil. Su ejecución – reclamada por los comunistas – fue absurda. Canjeado o devuelto a los nacionales, hubiera intentado lo imposible para llegar a un compromiso de paz. Una vez fusilado, nadie podía parar la matanza.

Muy lejos de Franco

Entre las tesis batidas en brecha, debemos citar la del pretendido acuerdo político entre Franco y José Antonio. El testigo del único encuentro entre los dos hombres, el ex-ministro de Asuntos Exteriores, cuñado del Caudillo, Ramón Serrano Suñer, nos dijo en una entrevista: «José Antonio y Franco no tenían ni simpatía, ni consideración el uno por el otro. Se encontraban en mundos muy alejados por sus mentalidades, sus sensibilidades y sus ideologías. Nunca hubo ni diálogo político, ni acuerdo entre ellos».

Esto dicho, una cuestión surge inmediatamente: ¿pudiera conducir a una especie de «revisionismo» del fascismo el debate y la toma en consideración de un conjunto de hechos subestimados o ignorados hasta hoy sobre la vida política del fundador de la Falange? No lo creemos. Para el historiador, la Falange de José Antonio Primo de Rivera no puede estar separada del «contexto» o de la realidad española de los años treinta en que nació y falleció. Reducir la Falange al pequeño denominador común del fascismo italiano, del nazismo y de los diversos «socialismos nacionales» de la Europa del principio del siglo XX (utilizando las expresiones de dos de los mejores especialistas del tema, los profesores Renzo de Felice y Zeev Sternhell), es negarse a reflexionar seriamente sobre el significado fundamental de un movimiento que marcó de su sello toda la Historia española contemporánea. La Falange de José Antonio no era ni racista, ni antisemita; no ponía el Estado o la raza en el centro de su concepción del mundo, sino al contrario «el hombre portador de valores eternos», capaz de salvarse o de perderse.

Esta claro que la Historia es mucho más rica y compleja de lo que pretenden los ideólogos. El debate histórico es otra cosa que el debate
judicial.