¿Prohibido prohibir?

Manuel Parra Celaya

Como uno ya peina canas, se puede permitir, de vez en cuando, el lujo del recuerdo y de la añoranza, siempre y cuando no se conviertan en obstáculos que nos impidan reconocer el presente y seguir caminando hacia un futuro más gratificante ni deformar el pasado, como hace la llamada memoria histórica (cuya ley, por cierto y que no sepa, no ha sido objeto de la atención de la mayoría absoluta del partido gobernante).
La añoranza nos permite hilvanar rememoraciones, sea por el resorte inconsciente de la asociación de ideas, sea por un poderoso esfuerzo de voluntad, que se empeña en escudriñar retrospectivamente palabras, hechos o actitudes de las que otros no parecen tener constancia; un auxiliar excelente para ello es la hemeroteca particular, pero a condición de tenerla en estado de revista y orden permanentes, cosa de la que yo no puedo envanecerme.

Uno pertenece a la llamada generación del 68, que ha pasado a la historia como idealista, liberalizadora y cultivadora de utopías; claro que las de un servidor eran de distinta naturaleza y orientación del común de aquellos jóvenes admiradores de los estudiantes franceses, tan irreverentes e iconoclastas ellos. Dejando de lado estas minucias, añoro a menudo dos de los eslóganes que popularizó aquella generación, tan aparentemente revolucionaria: la imaginación al poder y prohibido prohibir. Ambos ha quedado en el trastero oscuro de la memoria, donde se deposita todo aquello que puede avergonzarnos; así, del mismo modo que, en la Transición, algunas fotos de otras épocas llenas de uniformes, correajes y adhesiones inquebrantables, constituían una pesadilla de muchos demócratas-de-toda-la-vida, estos eslóganes y otros similares resultan ahora sumamente molestos a mis compañeros de generación.

Del primero de ellos ya sabemos qué se hizo: fue, como dice Manrique, como el rocío de los prados; en cuanto los revolucionarios de La Sorbona y sus admiradores hispanos se hicieron con el machito, poca imaginación le echaron al asunto; pusieron, por el contrario, su máximo empeño en perpetuar sistemas, estructuras y principios ad maiorem gloriam… de sí mismos y de sus amos. Hasta tal punto han aburrido con su falta de imaginación a una gran mayoría de la población europea que esta desconfía de sus políticos y de su democracia, maldice a sus economistas y amenaza con profesar el ateísmo más absoluto hacia el dios-mercado y todo lo que él representa.
En cuanto al segundo de los eslóganes, la situación es todavía más patética: desde que aquellos pollos se hicieron adultos y medraron en política, les ha encantado reglamentarlo todo y prohibirlo casi todo. Posiblemente, sus frustraciones de la vida universitaria les han pasado factura, pues prefieren con mucho la prohibición y la correspondiente sanción a la educación, que es el método preventivo eficaz y haría adelgazar considerablemente códigos, decretos, leyes, imposiciones y castigos que no cesan de imponer al ciudadano de a pie.

Me refiero, por ejemplo, a la persecución al fumador o al puritanismo digno del Ejército de Salvación acerca del consumo del vino (mientras no cesa de crecer el consumo de cocaína y el botellón). Recientemente, para estrenar el año, la progresía europea nos ha prohibido el uso de las tradicionales vinajeras o convoy en bares y restaurantes, que han de ser sustituidos por la asepsia del precinto. Si medito acerca de estos temas con enfoque de más calado, no dejo de enlazarlas con lo que el profesor Dalmacio negro Pavón llama bioideologías de la salud, obsesión de los laicistas por lograr una salvación del cuerpo ya que no creen en la del alma.
Claro que ellos no acuden a tales profundidades -por lo menos de un modo consciente- y prefieren echar mano del manido recurso a la seguridad: a lo que obligan, lo que prohíben, es por seguridad, y aquí paz y después gloria.

Lo último -escribo estas líneas la víspera de Reyes- es la prohibición de lanzar caramelos a mano en las cabalgatas de esta tarde, así como las impresionantes medidas de seguridad que han impuesto: laterales rígidos en las carrozas, proliferación de vallas, aumento de vigilantes y escoltas de SSMM de Oriente… La espoleta ha sido el desgraciado accidente de hace un año en Málaga, pero la desproporción actual es evidente. Hace algún tiempo aludí en estas páginas a la cultura de la denuncia que se ha impuesto entre la picaresca de la sociedad española; me temo que gran parte de reglamentaciones y prohibiciones, además de satisfacer el tic represivo y autoritario de los supervivientes del 68 y sus descendientes, de su nula capacidad para educar y de su culto al cuerpo, tengan como objeto ahorrar a las Administraciones una serie de reclamaciones y querellas.

Ya no solo se trata de evitar desgracias ocasionales, no por minoritarias igualmente terribles, sino de controlar anécdotas y, con perdón, chorradas, tales como si un caramelazo ha producido un chichón o si mi vecino ha cogido más golosinas que mi niña; estoy pensando en denunciar al Ayuntamiento de Barcelona por las caries que produjeron sus chuches del día de Reyes en mis hijos en su día…

Controlar, sanciones, reglamentar, prohibir, son los verbos más queridos por quienes, a fuer de ácratas, tenían como lema prohibido prohibir. También demuestran con ello su escasa imaginación, por otra parte.