"un muchacho enamorado de las Bellas Artes"

Declaraciones de Rico de Estasen: “Yo vi llorar al inolvidable escultor Mariano Bellliure junto a la Cruz emplazada en el patio de la prisión provincial de Alicante, donde murió José Antonio".

Fue el 21 de noviembre de 1943. El famoso escultor se trasladó a la ciudad de Benacantil en compañía del director general de Prisiones, para asistir a la solemne entrega de una obra suya a los reclusos del reformatorio de adultos. Antes de emprender el viaje de retorno a Madrid, la mencionada autoridad penitenciaria consideró inexcusable acto de servicio visitar la antigua cárcel provincial para hacer ofrenda de las cinco simbólicas rosas a la memoria de José Antonio; y allá se encaminó también el insigne artista valenciano.

El mes de noviembre de 1943, en contra de lo que sucedió el resto del año en Alicante, fue un periodo de tiempo lluvioso; una época melancólica y triste que se acentuó en la histórica fecha del aniversario de la muerte del fundador.

El recuerdo de José Antonio, constituía un sentimiento colectivo que se ponía de manifiesto con el incesante caminar de gentes piadosas y sencillas que se encaminaban hasta la casa prisión para, ante la Cruz levantada en el lugar donde fue fusilado, elevar sus oraciones al cielo, por el eterno descanso de su alma.

El escultor Benlliure traspasó los rastrillos de la histórica mansión carcelaria al atardecer. La casa-prisión de José Antonio estaba solitaria y en calma, sumida en el silencio y la oscuridad. El viento nos hacía percibir, a cuantos fuimos con él, el eco de la sirena de un trasatlántico que en aquella hora abandonaba el puerto emprendiendo la ruta de océanos ignotos. Y, la cárcel vacía, por la tristeza en ella imperante, semejaba un recinto funeral.

La celda

El director general de Prisiones, el escultor y sus acompañantes, tras atravesar el centro de vigilancia, penetraron en la galería principal de la prisión y se detuvieron frente a la celda, con la puerta defendida por un cordón rojinegro, donde estuvo recluido José Antonio antes de llevar a cabo su definitivo servicio: preparada el alma, como escribió a su tía Carmen, religiosa en un convento de Córdoba, “para comparecer ante el divino Juez que le habría de mirar con ojos sonrientes”: donde concibió y redactó su “Testamento”… y gimió tal vez como lord Byron en el instante de desfallecimiento que todo ser humano, por el hecho de serlo, ha de mostrar ante la muerte. “¡Ahora es preciso que duerma!”

Los ojillos del escultor captaron la visión en sombra de los contados elementos que constituían el mensaje del preso: el inodoro, adosado a la pared, en ángulo; la pequeña mesa de madera de pino sobre la que destacaban un plato, una cuchara de rabo corto y un vaso de latón. Y, en el fondo de la reducida estancia, debajo de un ventanillo con barrotes de hierro en cruz, sobre el suelo, un jergón y una manta.

Aunque no lo parezca, la celda que ocupó José Antonio frente a la de su hermano Miguel, en la prisión provincial de Alicante, cuando la visitó el escultor Benlliure, irradiaba un alto poder de sugestión, a la que el famoso artista no pudo sustraerse. No me fue dado a conocer al fundador de Falange Española en el periodo de sus actuaciones políticas, cuando ser partidario suyo resultaba difícil y arriesgado; pero he sido testigo de las reacciones que se operaban en el alma de cuantos visitaron su celda, que para Benlliure fue, según confesaría luego, como una ventana abierta sobre los horizontes de la historia.

El patio

Y, desde la celda, al patio. Escasa la distancia existente entre uno y otro lugar. Allí, muy en armonía con el breve espacio que media entre la vida y la muerte.

José Antonio, según me relató uno de los funcionarios que prestaba sus servicios en la prisión alicantina, cuando fue conducido al lugar de su ejecución llevaba esposadas las manos. Aquel mes de noviembre como ya hemos dicho, fue el más desapacible de todos los del año. Y un alma piadosa, que indudablemente las hubo entre los personajes del drama, con el deseo de resguardarle de la humedad de la madrugada, colgó sobre los hombros del sentenciado su propio abrigo.

Cuando José Antonio descendió al patio, aguardaban cuatro jóvenes noveldenses que momentos antes habían sido transferidos del reformatorio a la prisión provincial para ser ejecutados también.

No se inmutó José Antonio cuando pisó los guijarros del suelo del patio de la enfermería. Advirtiendo que, en contra de los que suponía, no lo fusilaban a él sólo. Fue así, mostrándose, cuando traspasó los linderos de la eternidad, con la entereza y el valor que constituyeron las normas de su vida.

Palabras y lágrimas

Don Mariano Benlliure llegó seguido de sus acompañantes, hasta el espacio regado con la sangre de José Antonio y de los cuatro noveldenses. Tras presenciar el desarrollo de la ofrenda floral efectuada por el director general de Prisiones y de escuchar, de sus labios, unas emotivas palabras en memoria de José Antonio, con pasos lentos se aproximó a la Cruz, e influenciado por la emoción del momento, prometió perpetuar en una obra escultórica la trascendencia de aquel lugar y de aquella escena.

¡Yo conocía mucho al muchacho –dijo volviéndose a los circunstantes-. Yo lo vi predicando siempre predicando el amor entre los hombres. Por otra aparte, enamorado de las Bellas Artes, amante de la escultura, solía visitar mi estudio…

Pero los sollozos no le dejaron continuar. A través de sus lentes oscuros, los ojos del maestro, creadores de bellezas originales, innúmeras, se les veía arrasados de lágrimas.

Uno de los presentes, que se las sabía de memoria, puro remate a la emotiva visita del escultor Benlliure recitando las palabras que escribió José Antonio en su celda poco antes de morir.

“Perdono con toda el alma a cuantos me hayan podido dañar u ofender, sin ninguna excepción, y ruego que me perdonen todos aquellos a quienes deba la reparación de algún agravio grande o chico”.

Una lluvia menuda, persistente, que se desencadenó en aquel momento, constituyó el inesperado epílogo del simbólico acto. Hurtándonos a ella, abandonamos la casa prisión en una despedida sin palabras que nos traía a la memoria el recuerdo de la amanecida del 20 de noviembre de 1936 en que el alma del muchacho enamorado de las Bellas Artes que visitaba el estudio de Benlliure, traspasó los linderos de la eternidad.