El reto ideológico

Manuel Parra Celaya


I. Somos bastantes los españoles que, a pesar de los silencios y de las coerciones de lo políticamente correcto, tenemos a José Antonio Primo de Rivera como uno de los puntales del pensamiento español moderno. Además, comprobamos a diario como continúa esa especie de fascinación por el personaje y su obra en muchos más jóvenes que los que ya peinamos canas dignamente. No entramos aquí, por supuesto, en la dimensión de la estricta acción política, que implica una militancia, bajo unas u otras siglas, sino exclusivamente en el terreno ideológico que anuncia el título.

¿Qué tiene José Antonio para los joseantonianos del siglo XXI que, como dice el profesor Enrique de Aguinaga, haya conseguido “fracasar con éxito”, es decir, sobrevivir en la conciencia de muchos -no solo en la memoria- a pesar de que sus objetivos políticos, la llamada revolución nacionalsindicalista, no fuera nunca alcanzada y que sobre él pese el interdicto del actual Régimen? Si tenemos en cuenta, asimismo, que su elaboración doctrinal apenas duró tres años y han pasado setenta y siete de su muerte, no sería nada disparatado afirmar la distancia abismal que media entre su época y la nuestra, y, en consecuencia, el anacronismo que representaría exhumar sus propuestas concretas de aquella a esta.

No obstante, esta posición se defiende por parte de algunos, que pueden ser calificados de fundamentalistas por ello; en otros, por el contrario, se le considera casi exclusivamente un arquetipo ético; en palabras de Juan Echevarría, “para ser fiel a José Antonio en lo humano, hay que serle infiel en lo político”. Otros se esfuerzan en una adaptación y puesta al día de sus planteamientos de entonces, buscando una actualización o adaptación de los mismos.

Ante esa variedad de posturas cobra fuerza mi teoría de que hay que volver al protagonista para estimar, lo primero, la persistencia de lo joseantoniano -en sus diferentes enfoques- en la España del siglo XXI.

II. Es sobradamente conocida la afirmación de Miguel Argaya de que hay que diferenciar entre lo esencial, lo permanente, lo contingente y lo superficial. Quizás el problema estriba en qué elementos doctrinales sitúa cada joseantoniano en esta catalogación.

La teoría que vengo sustentando, y que se reafirma conforme ahondo en el pensamiento de José Antonio, es que lo nuclear de su aportación ideológica viene marcado por sus características fundamentales, sin las cuales acaso no sea posible ponerse de acuerdo en las categorías de Argaya Roca:

1ª) Constituir una cosmovisión más que una doctrina política al uso. Cosmovisión -me apresuro a decir- inacabada (por el escaso tiempo de elaboración ya mencionado), con puntos fuertes y puntos débiles, mediatizada, como es lógico, por la circunstancia histórica. Esta visión del cosmos comprende, como parte esencial, una ética de conducta, enmarcada dentro de las coordenadas del humanismo cristiano personalista, para, sobre ella, abarcar una valoración (incompleta, como se ha dicho) sobre la historia, la sociedad, la economía, el Estado y cualquier tipo de relación entre lo personal y lo colectivo.

2ª) Representar una actualización de la interpretación española del mundo para su época y su circunstancia. Esta actualización española –o hispánica- siempre permanece en forma potencial en cada vicisitud histórica y es tarea de las mentes egregias transformarla en acto, que es precisamente lo que hizo José Antonio en su momento, sin anclarse en lo que otros habían elaborado ya: la tradición –vino a decir- no es imitación o repetición, sino creación a partir de las constantes de lo potencial.

Estas dos características ya empiezan a darnos la clave de cuál podría ser la hoja de ruta de los joseantonianos de nuestros días, y que me permito concretar en tres sugerencias: a) profundizar en la cosmovisión, mediante una tarea de clarificación y desarrollo; b) crear la forma de actualización del pensamiento hispánico acorde con nuestra circunstancia concreta, tomando como referencia la esencialidad del pensamiento de José Antonio, y c) interiorizar la ética, a modo de ejemplarización.

III. Agrupando las tres propuestas anteriores, no estaría de más completar estas líneas enmarcando la tarea en las coordenadas ideológicas del mundo de hoy.

La mayoría de los textos exegéticos, centrados en el pasado, han resaltado la posición de José Antonio como equidistante entre liberalismo y socialismo; es decir, la han asimilado con fortuna a una tercera vía. Los más rigurosos han procurado, incluso, matizar este tercerismo, para evitar una identificación sin más con fórmulas fascistas, tomando como ejes para ello, la valoración de la dignidad y libertad del hombre, de inequívoca base cristiana, y la radicalidad final de sus propuestas socio-económicas.

Siguiendo esta teoría, he manifestado otras veces que lo joseantoniano debe inscribirse en lo post-liberal, lo post- socialista y lo post-fascista, como nueva alternativa. En este sentido, me reafirmo en el valor de síntesis hegeliana de su posición, que asume elementos que considera válidos de las tesis y antítesis precedentes. Pero todo ello no es suficiente para dilucidar cuál debe ser, en nuestros días, la posición dentro del espectro ideológico.

Se trata de una empresa laboriosa, de la que ahora me limito a trazar unas pinceladas. Por ejemplo, ha quedado desfasado aludir al liberalismo a secas; desde el punto de vista histórico, habría que precisar qué tendencia o corriente de esta ideología va a ser objeto de crítica o d aceptación y en qué aspectos; por ejemplo, ¿se ha reconocido la herencia liberal del organicismo social?; en términos de actualidad, el gran coloso adquiere hoy la denominación de Neoliberalismo, con notables diferencias con respecto a sus precedentes. ¿Cuál es nuestra aportación a los intentos neoliberales de desmontar las conquistas del Estado del Bienestar? Y no vale repetir el tópico de que nosotros aspiramos a un Estado del Bien-ser…

Igualmente, el término socialismo es tan poco preciso como el anterior. ¿Nos estamos refiriendo a un socialismo democrático, devenido primero en socialdemocracia y ahora denominado progresismo, con una impronta neo-marxista a cuya crítica pocos se han asomado? ¿Podemos seguir hablando de un marxismo-leninismo clásico, sin atender a la importantísima impronta gramsciana? ¿Qué podemos decir el modelo socialista cubano o del populismo socialista bolivariano?

En nuestro mundo europeo, estamos sometidos a la dictadura ideológica de lo políticamente correcto; ¿hemos comprendido que la tradicional lucha de clases ha sido reemplazada por la lucha de sexos, con su correspondiente ideología de género o por la lucha ecológica? ¿Sabemos ver en ello un marxismo cultural al que no se combate con escuadras? ¿Nos hemos dedicado a estudiar similitudes y discrepancias –creo que más profundas estas que aquellas- con respecto al nacional-populismo de la derecha europea?

Se trata, en suma, de resituar nuestra cosmovisión y nuestra ética humanística en este marco del siglo XXI y no basta repetir lo que tantos exégetas, carentes de imaginación, han venido repitiendo.

IV. Resumiendo, la identificación con lo joseantoniano no puede quedarse en una especie de fides ibérica más allá del tiempo y de las pruebas inexorables de que todo ha cambiado. Mucho menos en la repetición de tópicos cuyo solo enunciado es síntoma de pereza mental y factor inequívoco de pérdida de presente. Por muy legítimas que sean esas actitudes, son escasamente acordes con el propio ejemplo del personaje que nos ocupa, cuya búsqueda intelectual fue constante en un momento histórico que no era precisamente propicio para ello. Recordemos lo de que aceptar una tradición no es repetir lo que otros hicieron en esa circunstancia, sino adivinar lo que harían en las nuestras.

La identificación con José Antonio es, pues, activa, no pasiva; creativa, no imitativa. Queden los dogmas para la Religión, no para el pensamiento filosófico ni para el político. Manténgase la ortodoxia en cuanto a lo esencial, pero no se tema ser calificado de heterodoxo cuando se trata de seguir las huellas de un pensador egregio, José Antonio, ya que una de las formas de traicionarle es, precisamente, dejarlo convertido en estatua de mármol… y nosotros en estatuas de sal.