El juramento

A la memoria del capitán Suárez


Cataluña. Imágenes rotundas. Apabullantes los números. Los catalanes, o al menos una parte notabilísima de ellos, los más o casi los más, nos han dicho, alto y claro, que ni son, ni quieren ser españoles. Lo han dicho con una sonrisa en los labios como el que tiene ante sí una amplia llanura histórica por la que cabalgar. Voy quedando mudo. Abatido. Entristecido. Una vez más, España en el pudo haber sido y no fue,… Portugal, Gibraltar, Cuba, Sahara,… Le doy vueltas a la sesera y acabó donde empecé. A estas alturas del drama pienso lo que pensaba. Lo que me aprendí de José Antonio.

Lo de Cataluña está claro. España ha dejado de ser una empresa común. Bien podríamos decir que hemos dejado de ser una unidad de destino en lo universal. Las fuerzas centrífugas son el resultado de años de decadencia. O de siglos. Nadie en su sano juicio se alista en un ejército en desbandada. España está en venta. A saldo. España al mejor postor. ¡Sálvese quien pueda!, gritan los unos. A la calma llaman los otros. Y en cubierta el pasaje se arremolina en desorden.

Estoy de acuerdo con los que se quejan de lo mucho que se ha manipulado la historia, y sé que se ha hecho con la complicidad de los poderes públicos. Aberrante, sí, pero, no nos confundamos, no es ésta hora de escribir la Historia, sino de encarar el futuro. Los pueblos, también el catalán, tienen en su mano la decisión soberana de darse patria. De nada vale lamentarnos del mucho odio sembrado por separatistas y separadores. De nada llorar los errores. La realidad es testaruda y se alza ante nosotros inquietante. ¿Quién podrá más? Sin duda, el pueblo, siempre el pueblo, la marea que todo lo puede. Un pueblo que sonríe es invencible.

Es hora también de preguntarnos por el deber, que es siempre pregunta de hombres honrados. Yo he jurado defender la unidad de las tierras de España. Yo que juré… qué es lo que debo hacer, qué debo escribir, qué que no falte a lo jurado. De los demás no opino. A nadie enredo. Cada uno sabrá lo que en conciencia le toca. Por mí pregunto y en mí busco respuesta. Sé del ejemplo de nuestros mejores. El Capitán de Estado Mayor Gonzalo Suárez Navarro no dudó. La noche triste del 6 de octubre de 1934, llamado por el deber, se presentó en la Generalitat y allí murió heroicamente. Cumpliendo. Pérez Farrás se llamaba el traidor. Hoy el Capitán Suárez padece el olvido de la mayoría, ¡ay la mayoría!, pero nadie, ni el más miserable, puede, ni podrá decir de él que no cumplió cuando se lo demandó el honor. Un solo acto basta para dar sentido a toda una vida. A un juramento.

En fin, mientras esto escribo, mientras me reconforto en el ejemplo del Capitán Suárez, pienso en Elvis. Elvis Presley, claro. Hillbilly cat! Soy el socio número 514 del Club Elvis de Barcelona. El club de fans español con sede en Barcelona. Más de veinte años de socio. De Barcelona salí en el 2007 camino de Memphis con mis hermanos en el culto al king. En catalán oí hablar en Tupelo. Y en los bares de Beale Street. Son mis entrañables amigos catalanes… y pienso si tendré que abandonar el Club. O si se creará uno nuevo en lo que vaya quedando de España. Algo me dice que todo será peor y que nuestra obra será más chica. Pero Elvis no tiene la culpa. ¡Que Elvis nos perdone!