XI Escuela de Verano

Fundamentos para la convivencia entre los españoles
 

Por "Escuadra de Barcelona"


0.     Justificación.

 A nadie se le escapa que vivimos un difícil momento histórico en España. Una de sus vertientes más preocupantes puede ser designada con un término orteguiano: particularismo. Junto al tradicional tópico del individualismo hispánico podemos hallar otra forma de egoísmo, que viene promocionada por las ideologías imperantes del Sistema.

 En la presente coyuntura, cada hombre, cada grupo social, cada colectivo, cada región, cada pueblo, pretende que prevalezcan sus criterios frente a los del resto; se considera autosuficiente y, en algunos casos, superior. Cuando este particularismo adquiere un sentido político, llega a amenazar al propio cuerpo nacional, su unidad y su propia existencia.

 Esto es lo que está ocurriendo tras la fórmula –teóricamente integradora- del Estado de las Autonomías. Y, en nuestros días, está adquiriendo una extrema virulencia el llamado “problema catalán”.

Quienes hemos elaborado esta ponencia somos, precisamente, catalanes. Y, por ello, doblemente españoles, en tanto que la propia enseña de España procede de aquellas barras rojas que, en palabras del almirante aragonés, estaban obligados a portar sobre su lomo los peces del Mediterráneo. Nuestro sentimiento de dolor es, por lo tanto, doble: contemplar los intentos de segregación de la patria común y constatar a diario la tergiversación más absoluta de lo que es realmente Cataluña.

 Nuestra aportación a esta XI sesión de la Escuela de Verano, en cuanto a reflexión sobre la convivencia española, va a versar sobre este tema.

 Creemos que no existe, específicamente, un “problema catalán” separado del ¿eterno? problema de España. Cuando José Antonio alude a ella como “perpetuo borrador” está dando a entender que el proyecto histórico consistente en adecuar a la modernidad la esencia española no ha llegado a llevarse a cabo por la “triple división” entre las clases, los partidos y las tierras; nos ha fallado una tarea de integración o de vertebración de España. En consecuencia, cada clase, partido o tierra es propenso a la insolidaridad, al particularismo.

 En nuestro caso, Cataluña (como el País Vasco, Galicia, o las estrellas solitarias que “adornan” banderas autonómicas de Castilla, Andalucía, el Bierzo, Aragón…) está inmersa en este tira y afloja de integración en el proyecto común español o la dispersión particularista. La solución definitiva del problema catalán pasa por la solución definitiva del problema de España, que era y es la propuesta joseantoniana; de lo contrario, estamos perpetuamente obligados a transigir  -en el mejor de los casos- con simples salidas que se basan en la conllevancia.

  I. El origen de cualquier ideología nacionalista

 La palabra nación encierra una polisemia, es decir, que, partiendo de un significado básico, adopta diversos matices o sentidos, aunque estén relacionados entre sí por el inicial. Viene, etimológicamente, de nacer, y, así, hasta el siglo XVIII, su sentido es claramente lugar de nacimiento, sin más connotaciones; nuestros autores clásicos del Siglo d Oro podían decir tranquilamente “es vizcaíno de nación”, “es gaditano de nación” o “es catalán de nación”, sin que a nadie se le ocurriera pensar que estaban distanciándose del concepto de España.

 El Romanticismo del XIX, al basarse en el puro sentimiento, también representa una vuelta a lo natural, con un marcado énfasis en aquello que se representa como algo inmediato, espontáneo para el individuo, sin intervención de la norma racional que había presidido el siglo anterior.

 Este Romanticismo, no lo olvidemos, es el padre de tres criaturas hermanadas por su ADN: el  individualismo en lo antropológico y filosófico; el liberalismo, en lo político; el nacionalismo, en lo histórico. Por algo califica José Antonio a Rousseau de “hombre nefasto” y Eugenio d´Ors lo tiene como principal adversario de su proyecto: noucentista.

 El nacionalismo es la afección a la nación, pero entendida esta como el colectivo cuyos miembros están vinculados entre sí por elementos homogéneos, tales como una misma raza, una misma lengua, unas mismas costumbres, una misma geografía con límites naturales…

 A partir de finales del XVIII, la Revolución Francesa y el resto de revoluciones liberales asumen este concepto de nación, que asimilan a la estructura jurídico-política del Estado. Esta es la razón para que José Antonio admire el patriotismo inglés por ser de naturaleza clásica y no romántica, y recuerde que expresiones como “servicio al rey” servían para indicar la aportación personal a una tarea histórica y que el concepto España tiene siempre más valor que el de “nación española”.

 2. Intentemos algunas definiciones…

 Prescindiendo ahora del diccionario de la RAE, intentemos definir algunas palabras que nos pueden servir para saber a qué nos atenemos cuando las pronunciamos.

 - Catalanismo: devoción de naturaleza sentimental hacia Cataluña.

-  Españolismo: idéntica devoción, igualmente de naturaleza sentimental, hacia España.

-  Catalanidad: expresión de identificación racional hacia Cataluña.

Españolidad: expresión de identificación racional hacia España.

 Así como los dos –ismos primeros encierran una cierta competencia entre sentimientos, los dos segundos conceptos son perfectamente compatibles y complementarios, porque uno engloba al otro racionalmente.

 - Nacionalismo: exacerbación de los –ismos (catalanismo o españolismo) adquiriendo sentido político; igualmente, suelen ser incompatibles entre sí.

 -  Separatismo o secesionismo: nacionalismo llevado a sus consecuencias extremas de aislarse del conjunto al que se pertenece. Obsérvese que los separatistas se llaman a sí mismos independentistas o soberanistas, por las connotaciones positivas que tienen estos vocablos; si admitimos el juego lingüístico, estamos cayendo en una trampa de ingeniería política.

 Hemos dejado para el final la expresión patriotismo, que encierra la idea de adhesión al proyecto común  de una Patria (empresa de los padres); hoy en día han empezado a apropiarse del término los nacionalismos, pero, conceptualmente, se opone a ellos, ya que las patrias europeas devienen de las naciones-Estado constituidas históricamente.

 2. La paradoja del nacionalismo en el siglo XIX

 El nacionalismo, extendido por los soldados de Napoleón por toda Europa, será, paradójicamente, el gran enemigo de la idea imperial. En España, son las Cortes de Cádiz las que mencionan el concepto de nación española, en plena guerra contra el invasor; en Rusia, es el nacionalismo ruso el revulsivo para hacer frente a la invasión napoleónica (como un siglo y medio después sería ese nacionalismo, invocado por Stalin, el que enardecería frente a Alemania).

 Esa paradoja no es más que una gran de otra superior y de más calado. Por la vuelta a lo natural de su origen romántico, el nacionalismo puede ejercer históricamente una doble función, aglutinadora/ disgregadora: puede unir lo disperso (Italia, Alemania) y desunir lo compactado (Imperio Austrohúngaro, España). En ambos casos, no olvidemos que su idea de nación tiene como fundamento un hecho homogeneizador físico, frente a la idea clásica, que se fundamenta en la capacidad de integrar lo heterogéneo.

 Los nacionalismos internos hispánicos se fechan en este siglo XIX, en consecuencia, nunca antes; son los silbos de la dispersión; la historia anterior a este siglo se convierte, en manos de los nacionalistas, en pura mitología.

 Por otra parte, la construcción histórica de España no se sustentó jamás en una interpretación de homogeneidad al modo nacionalista; su carácter católico  (esto es, universal) promovió el Imperio (la Monarquía Cristiana), y en él se iban integrando los reinos de procedencia medieval y las civilizaciones de las tierras descubiertas. Un nacionalismo español solo tiene como fecha de nacimiento la España liberal del siglo XIX, que, no lo olvidemos, tiene como adversario el tradicionalismo carlista, aferrado a sus fueros y viejas leyes. Nueva paradoja: este aferramiento a lo tradicional también servirá en el siglo XX como campo de cultivo para otros nacionalismos; así, el nacionalismo vasco, nacido en buena medida de la frustración carlista.

 3. Orígenes del nacionalismo catalán.

 Siguiendo la impronta romántica, el catalanismo sitúa su origen en el movimiento de la Renaixença, concretamente en la Oda a la Pàtria de Buenaventura Carlos Aribau (1833, fecha por otra parte en que eclosiona el movimiento romántico en España, a la muerte de Fernando VII y el retorno de los exiliados liberales imbuidos de las nuevas corrientes europeas). Aparte de que este hito poético fue sugerido a principios del XX por Rovira i Virgili para justificar un nacimiento izquierdista al catalanismo y que el propio Aribau defendió el predominio del castellano, lo cierto es que la Renaixença nació de la mano de dos publicaciones en castellano (“El vapor” y “El Europeo”, difusores del ideal romántico en Cataluña.

 Además, estos orígenes catalanistas se limitan a aspectos literarios y escasamente políticos; lo prueban los textos de Milà y Fontanals y de Víctor Balaguer, por ejemplo; este último rechazó públicamente el catalanismo en los Juegos Florales de 1900; el carácter político, estrictamente nacionalista y tendente al separatismo, era muy minoritario.

 Juan Ramón Lodares (“Lengua y patria”, 2007) sostiene que, más que heredero de la tradición romántica, el nacionalismo tiene sus orígenes en los planteamientos de signo religioso, en el seno de la Iglesia en Cataluña. Como en el caso del nacionalismo vasco, habría que buscar  -según este autor- las raíces de este catalanismo católico en el desenlace de los intentos carlistas para oponerse a la modernidad del liberalismo (centralista al modo francés) y a la industrialización.

 Con todo, el catalanismo orientado hacia el nacionalismo va prendiendo, a lo largo del XIX y principios del XX, en la burguesía más conservadora, muchos de cuyos elementos tenían importantes intereses en Cuba y Filipinas; para esta burguesía, la pérdida de las provincias de Ultramar representaba una auténtica crisis; son varios los autores que fechan el verdadero nacionalismo catalán de signo político en torno a la fecha de 1898, como chantaje al Estado español en solicitud de proteccionismo para asegurarse los mercados interiores peninsulares; ya en 1871, a instancias del Fomento del Trabajo (patronal catalana), una carta al gobierno preguntaba: “¿Quién consumirá lo que Cataluña produce si las Antillas dejan de ser españolas?”. Destaquemos, además, que muchos de los prohombres del catalanismo eran fervientes anti-abolicionistas de la esclavitud en Cuba.

 Otro sector del catalanismo se orienta hacia el federalismo, no como oposición frontal a lo español sino como intento (utópico) de modernizar España; recordemos que de los cuatro presidentes de la I República tres fueron catalanes.

 Tampoco perdamos de vista que, a finales del XIX y principios del XX, una gran parte del catalanismo se asimila al regeneracionismo español; basta, por ejemplo, con seguir la interesante correspondencia entre Miguel de Unamuno y Juan Maragall, donde pueden encontrarse bases de un sincero patriotismo español crítico frente a la política parlamentaria estéril de la I Restauración.

 También hay un sector influyente que apuesta por el separatismo más radical, con interpretaciones de signo racista que tendrán amplio eco en el separatismo posterior; así, Valentí Almirall  -aunque más tarde se desdijo- hablaba en 1886 de la oposición de dos razas: una centro meridional semítica y otra anglosajona catalana; o Pompeyo Gener, que, en 1902, distinguía entre semitas y arios (los catalanes), o Mosén Griera, que matizaba que los castellanos provenían de un sustrato íbero romano y los catalanes anclaban sus raíces en  otro ario-galo…

 4. Evolución del nacionalismo catalán

 Pese a su origen burgués y conservador, en la actualidad el nacionalismo, ya abiertamente derivado en secesionismo, es reivindicado por amplios sectores de la izquierda, moderada o radical. ¿Qué ha tenido que ocurrir para ello?

 Durante el siglo XIX y gran parte del XX, la izquierda se había mantenido al margen, si no en contra, de los movimientos catalanistas, que consideraban patrimonio de la burguesía, su enemigo. Como muestra, hay que recordar que la primera logia masónica en Barcelona se denominó Gran Logia Española.

 Durante la época republicana, solo Companys, abogado defensor de anarquistas, inicia la deriva nacionalista, apoyándose en  Estat Català y en Esquerra Republicana de Catalunya  (a menudo enfrentados entre sí), pero el 6 de octubre del 34, sintomáticamente, ni sindicalistas ni socialistas ni anarquistas apoyan la intentona golpista.

 La asunción del nacionalismo como valor de la izquierda debe buscarse en pleno franquismo, cuando son los hijos de esta burguesía catalanista  -la cual había mantenido una postura diletante ante Franco- se adhieren a las tendencias progresistas. Varias causas influyen en ello:

 - Constitución de los movimientos de liberación nacional como estrategia de la Internacional Comunista para hacerse fuerte en los países colonizados; la ampliación de estas tesis a las naciones constituidas da lugar a un  nacionalismo de raigambre marxista.

 - La deriva progresista de un sector del clero catalán, muy influyente en los movimientos juveniles bajo el paraguas de la Iglesia; la tendencia de Cristianos por el Socialismo y una tergiversación de las innovaciones conciliares abonan esta postura.

 - Sociológicamente, la rebelión generacional en la burguesía catalanista adopta entinte izquierdista y radical (gauche divine, en realidad), mientras los mayores de las familias catalanistas dominantes  siguen ejerciendo el control económico, social y, en ocasiones, político.

 Estos hijos rebeldes de la burguesía son los que van a ocupar las cúspides de los partidos, los puestos en la Administración autonómica y, en consecuencia, el poder, ya mande Pujol o el Tripartito.

 Sobre la existencia de familias que vienen ejerciendo este dominio existen numerosos testimonios y datos. Por ejemplo, Félix Millet Tussell deja dicho: “Somos unos cuatrocientos y siempre somos los mismos”. Ya Jaime Vicens Vives había definido a esta burguesía como “Un fenómeno de concentración social resultado de la práctica de la endogamia”.

 5. El nacionalismo catalán hoy en día

 Como resultado de la presión ejercida ininterrumpidamente por la Administración Pujol y el posterior Tripartito, y la reciente vorágine desatada por el presidente Mas y sus aliados de ERC, casi se han borrado las fronteras entre catalanistas, nacionalistas, separatistas. A ello han contribuido eficazmente los  separadores (“catalanufos”, “polacos”, “que se vayan de una vez…”), como ha venido ocurriendo a lo largo de la evolución del problema de España.

 La voz dirigente la sigue llevando la burguesía  (los Pujol, los Mas…), impulsores ahora de la propuesta secesionista: ¿nuevo chantaje al poder central o decisión de separación?

 ERC (más IC y CUP) han aprovechado el “tirón” y están desplazando en la calle a los mentores de CiU, pero que siguen teniendo las riendas económicas y políticas de la aventura. (No es nada nuevo en la historia: recordemos lo que le ocurrió a la Lliga)

 El PSC sigue con su baile entre federalismo asimétrico-nacionalismo. Un sector se ha posicionado abiertamente a favor del referéndum de secesión, mientras oro lo rechaza, con el apoyo del PSOE.

Existe, además, un lumpemseparatismo, callejero, violento, mezcla de anarquismo, perros-flauta y  terrorismo de baja intensidad. Podemos sospechar su dependencia de los centros de poder…

 Entretanto, la derecha y la izquierda constitucionalistas primero son tales derecha e izquierda, luego, constitucionalistas o españolas: priva el interés de partido. Por el contrario, la derecha e izquierda separatistas, ante todo son separatistas y, después, derecha e izquierda. El resultado se ve a simple vista…

 6. Nuestras propuestas en la actualidad.

 6.1. Ideológicamente:

 La crítica que formuló José Antonio en su época del problema de España y acerca de los separatismos regionales parece volver a adquirir plena vigencia conceptualmente. Destacamos los siguientes puntos:

 - Exactitud en los sentidos de nación (en su sentido clásico), patria ( si bien debemos ampliarla a las realidades supranacionales como es el caso de Europa), nacionalismo (como individualismo e los pueblos). Conviene releerse en profundidad el magistral artículo “La gaita y la lira”.

 -Destacamos su particular atención a Cataluña, y su profunda comprensión de la misma, que contrasta con las versiones antiguas y actuales de los separadores y de los separatistas. Fue reconocida, quizás en un lapsus, por el propio Jordi Pujol.

 - Recordamos su rechazo rotundo del editorial de ABC “Hermanos o extranjeros”, similar en su postura a algunas opiniones que, desde la misma derecha liberal, se han manifestado en nuestros días.

 - El punto 2 de aquella Norma Programática pedía la supresión de la legislación vigente en la Constitución republicaba porque invitaba a la secesión; con igual perspectiva, podemos pedir la rectificación de la Constitución del 78 en tanto incluye la desafortunada expresión “nacionalidades” y aquellos otros aspectos que dan alas a los nacionalismos irredentos.

 - De acuerdo con la postura josantoniana, incluimos el tema del nacionalismo dentro de un problema global español, como es su falta de suficiente vertebración en torno a un proyecto sugestivo o misión entre las naciones. Como primera medida, proponemos una urgente regeneración de la sociedad español, en clave de patriotismo crítico, frente a la situación a que nos ha llevado el actual Régimen, ya que ninguno de sus gobiernos ha sido capaz de proponer a los españoles una tarea regeneradora; los silencios y omisiones de los máximos poderes del Estado –empezando por la Corona- han dado alas a los planteamientos segregacionistas de las Comunidades Autónomas.

 - En esta línea, no podemos apoyar un Estado de las Autonomías que, en lugar de conseguir la integración, provoca el efecto contrario. Desde todos los puntos de vista (económico, político, social, educativo…) somos, hoy por hoy, partidarios de la sustitución de este modelo por otro en el que los municipios y comarcas recuperen protagonismo frente al neo-centralismo de las Autonomías.

 6.2. Estratégicamente:

 La situación actual exige la toma de decisiones urgentes por parte del Gobierno español, de acuerdo con las leyes vigentes. Sería muy deseable que esa actitud fuera refrendada públicamente por la Jefatura del Estado, por todas las Instituciones y por la oposición. De momento, estamos ante un puro desiderátum; ¿se tiene conciencia clara del riesgo? No somos quienes para responder a esta pregunta…

 ¿Qué podemos hacer los joseantonianos, catalanes y no catalanes, por nuestra parte?

 1. Ofrecernos a las instituciones del Estado para colaborar en toda acción legal que pueda corregir la actual deriva separatista.

 2. Difundir, por nuestros medios propios y en aquellos ajenos a los que tengamos acceso, nuestro mensaje claro de unidad y variedad de España, tanto en castellano como en catalán. Es importante matizar los conceptos de catalanidad-españolidad frente a los de catalanismo-españolismo. En suma, fijar claramente nuestra propuesta ideológica, sin dar pie a confusionismos.

3. Denunciar sistemáticamente, en la misma línea, las actitudes separadoras, máxime si proceden de entornos cercanos sin claridad doctrinal. Como lo anterior, forma parte de una gran tarea de amor.

 4. Colaborar estrechamente en y con todos los grupos, partidos y asociaciones de carácter falangista en aquellas acciones a favor de la unidad de España.

5. Colaborar estrechamente con todos los grupos, partidos y asociaciones de carácter nacional español que coincidan básicamente con nosotros en favor de la unidad de España y no contradigan abiertamente nuestros presupuestos ideológicos.

 6. Perseverar en nuestra línea de profundización, desarrollo, agregación y creación de un falangismo para el siglo XXI, dentro de Plataforma 2003 y prestando igual línea de colaboración con todas las asociaciones afines e iniciativas lógicas y honestas que se hayan propuesto el rescate para el futuro de José Antonio, uno de los pocos que sí entendió a Cataluña.

                                           En Barcelona, a 9 de junio de 2013