Carmen Miedes Lajusticia,

Mártir de la Persecución Religiosa en España

"Y" de Plata  de la Sección Femenina de Falange

 

Hija de don Mariano Miedes Clemente , y doña Petra Lajusticia Sanjuan, Carmen, nació el 28 de junio de 1902 y fue bautizada el 10 de julio. Sus padres, cristianos ejemplares, tuvieron siete hijos a los que alentaron y educaron siempre en la fe católica con su ejemplo y su amor a España. Eran propietarios de una céntrica droguería, en la calle Comercio, que muchas veces, con anterioridad al 18 de julio, había sido frecuentada para utilizar el establecimiento como refugio seguro y cobijo, gracias a la bondad y generosidad de sus propietarios.

Carmen, doctora en Medicina, era muy querida y conocida entre los humildes y los pobres de Toledo, a quien atendía con cariño y gratuitamente, con todo entusiasmo. En 1934 se atrevió a declarar como testigo ocular de un crimen cometido durante una huelga en el mes de agosto y desde ese momento, fue amenazada de muerte. Los hechos ocurrieron así:

Agosto de 1934


1934 era una época de predominio socialista a la que se iban sometiendo acobardados, los patronos. Los sindicatos habían cobraron gran poder y tenías que estar dentro de alguno si querías mantenerte vivo.

Los hermanos Félix y Julián Moraleda Miján, eran dos empresarios toledanos dueños del bar “Toledo”, situado en la plaza de Zocodover. Fue el 23 de agosto de 1934 cuando los socialistas cometieron un asesinato que conmocionó a toda la provincia. Los hermanos Moraleda contrataron como camarero a un hombre que no se hallaba afiliado a la Casa del Pueblo. La Sociedad de Camareros, dirigida y controlada por los socialistas, no toleró la «osadía» de que unos patronos pudieran decidir libremente la contratación de su personal, por lo que, examinado por los responsables de dicho sindicato el asunto, se decidió condenar a muerte al empresario. Para elegir a los que llevarían a cabo tan inapelable y macabra sentencia, se echó a suerte entre los conjurados quiénes serían los asesinos materiales, siendo comisionados para ello tres camareros. El día 23, cuando de madrugada se echó el cierre de los establecimientos y sus dueños se dirigían a su domicilios particulares, fueron tiroteados los hermanos Moraleda en la calle Armas, muriendo uno de ellos, Félix, quien cayó en el umbral de su propia casa.

El sepelio de Félix Moraleda fue una imponente manifestación de duelo de la sana ciudadanía toledana, en señal de repulsa contra el execrable crimen, siendo presidido por el Ministro de la Gobernación, Rafael Salazar Alonso, amigo personal de la víctima y que había sido miembro, además, del Partido Radical.

Carmen Miedes pudo ver en directo la escena del crimen, porque se encontraba aquella noche velando a un hermano suyo gravemente enfermo, fue testigo del asesinato desde el balcón de su casa. A pesar de las presiones y amenazas que sobre ella, se ejercieron, no vaciló en presentarse ante el Tribunal y reconstruir milimétricamente los hechos que presenció.

Las once secciones que duró el juicio fueron de gran tensión para Toledo. Se temía que las personas que tenían que testificar en el, acobardados por las amenazas de los socialistas eludiesen en declarar y el crimen permaneciera impune. El temor era fundado, pues hubo retractaciones increíbles y hasta testificaciones tan incompletas que parecían perjurios.

A la salida del juicio, las gentes de bien, consideraron e incluso calificaron a Carmen Miedes como de «Agustina de Aragón», por haber demostrado ese coraje y valor y por su valentía y civismo frente a una sociedad cobarde y timorata. Otros en cambio, le miraban con rencor e inquina, ya que su declaración fue clave para la resolución del crimen. Gracias a su colaboración, se dictó una justa sentencia, de fecha 4 de octubre de 1934, contra los camareros condenándoles a treinta años de cárcel a cada uno de los tres asesinos actuantes. Los procesados fueron defendidos por el Jefe Provincial del Partido Comunista, Virgilio Carretero.

Y fue ese mismo día 4 de octubre, cuando Carmen empezó su calvario. Le insultaban por la calle, le amenazaban en los mítines y marchas y en las manifestaciones públicas socialistas, y por todo Toledo se oía cantar unas ignominiosas coplas que decían:

“A los presos de Chinchilla

les vamos a regalar

la cabeza de la Miedes

para jugar al billar.

La cabeza de la Miedes

pronto la vamos a ver

colgadita de un farol

en medio Zocodover”.

 


Tras las elecciones de febrero de 1936 que dieron triunfo al Frente Popular, fueron muchos los criminales a los que se les permitió salir de las cárceles. Al llegar a Toledo los asesinos de Moraleda, les ofrecieron agasajos y festejos; uno de ellos era entregarles la cabeza de Carmen Miedes, según rezaba el estribillo de la canción.

Cuando la familia Miedes se enteró de las intenciones que tramaba la chusma, lo denunció al Gobernador Civil, quien, cínicamente, les respondió, “que lo menos que  tenía que conceder a los vencedores del Frente Popular era la cabeza de una mujer si se la pedían”.

 

 

El gobernador civil republicano de Toledo, Vega López,
es entrevistado en el Palacio Arzobispal.

 

 

Acudió entonces la familia, a pedir protección al Gobernador Militar, el Coronel Moscardó. Pusieron en su conocimiento los planes de la manifestación marxista, que finalizaría a las puertas de la casa de Carmen con el asalto a la vivienda y la intención de asesinar a su hija, y al comentarle la negativa disposición del Gobernador Civil, el Coronel Moscardó, después de unos momentos de silencio, les respondió: “Bueno, la intervención normal de la fuerza de la calle es incumbencia del Gobernador Civil, no mía. Ahora bien, yo como Gobernador Militar no puedo consentir un crimen excepcional como éste, a la vista del público, sin que la sociedad vele por la inocencia, como es elemental. Yo no puedo intervenir en tanto que no asalten la casa. Arréglenselas ustedes para avisarme cuando empiece el asalto y para defenderse un cuarto de hora. Al cuarto de hora estoy allí y aquello se acabó”.

Llegó la hora y la manifestación se dirigió al frente de la casa de la familia Miedes; se cantaron versos pidiendo la cabeza de Carmen; las mujeres azuzaban a los hombres a que asaltaran la casa pero después de merodear junto a la puerta, y de grandes momentos de tensión e insultos, nadie atrevió a echar la puerta abajo. Moscardó aunque estaba preparado para proceder de inmediato, no tuvo necesidad de intervenir. Sin duda, su conducta hubo de proporcionar a Carmen y a sus padres un gran consuelo, al verse asistidos por la autoridad.

Estalla la guerra civil


El 22 de julio de 1936, la familia se dispersó. Sus hermanos, Mariano, y Joaquín, entraron en el Alcázar; a su hermano Luis, -abogado-, ya le habían asesinado poco antes y su padre, don Mariano, fue acribillado a balazos ese mismo día en su droguería de la calle del Comercio. Sin mediar palabra, le dispararon a discreción. Las balas le hirieron mortalmente, aunque no lo remataron. Quedó desangrándose y con vida durante las veinticuatro horas siguientes. En el momento de su muerte, lucía en el pecho su insignia de veterano de la Guerra Carlista. En la saca del 23 de agosto, fueron asesinados sus otros dos hermanos, José y Jaime. Su madre, doña Petra Lajusticia, murió de tristeza al cumplirse un año del asesinato de su esposo. Tan sólo sobrevivieron milagrosamente a la tragedia y exterminio familiar su hermana Petra, que era farmacéutica, Mariano, que salió con vida del Alcázar, y Joaquín, que moriría años mas tarde combatiendo en la División Azul.

 

Milicianos disparando al Alcázar



Pero volvamos al mes de Julio. Carmen también tenía pensado el día 22 entrar en el Alcázar, pero antes, decidió ir a visitar a una paciente. Una familia conocida le rogó que en vez de refugiarse en el Alcázar, se quedara a vivir con ellos para atender a una hija enferma que precisaba atención médica constante, y que ella, Carmen, sería un miembro más de la familia. Gracias a los desvelos y a la profesionalidad de la doctora, la niña entró en una fase de franca recuperación. Al verse los padres aliviados por la mejoría de su hija, y teniendo miedo de que los marxistas descubriesen que Carmen estaba con ellos, le dijeron que tenía que abandonar la casa porque les podía comprometer.. y el 3 de agosto le echaron a la calle…

Al día siguiente, 4 de agosto, Carmen Miedes se presentó voluntariamente ante el Comité Rojo, siendo arrestada. Quedó detenida junto con el grupo de monjas de San Juan de la Penitencia que había allí. Por ser el día de la fiesta de Santo Domingo de Guzmán, tres monjas dominicas acudieron a hacer compañía a las monjas jerónimas, llevándoles unas golosinas y ropa para una enferma, encontrándose con la sorpresa que estaba allí Carmen Miedes, a la que conocían mucho pues muchas de ellas habían sido pacientes de ella. Al verla, se fundieron en un abrazo. Las monjas dominicas y jerónimas se pusieron, con Carmen, a rezar el rosario y al poco tiempo llegaron los milicianos para asesinar a Carmen.

Carmen llevaba un crucifijo grande, era su compañero inseparable, y un escapulario con los cordones tan a la vista que se lo advirtieron las monjas. Ella contestó: “Conmigo anduvo siempre y no me lo quitaré, aunque me maten”. El presidente del Comité rojo le había prometido mandarla a cuidar a una enferma, cosa que recelaba creer, pues a las monjas les dijo “Me llevan para matarme”. “Enséñenme un acto de contrición breve. Y si no, empezaré el Credo y hasta donde llegue”, añadió.

En una habitación contigua estaban las togas de los abogados de Toledo, que se entretuvieron en registrar. Conoció ella la de su hermano Luis, ya asesinado y la besaba con delirio.

Al llegar los milicianos armados, se adelantó uno sin armas, y pronunció su nombre y apellidos. Ella se levantó sin decir nada, mientras por su rostro caían grandes lagrimones. Sabía lo que le esperaba. Salió escoltada por seis milicianos armados, tres a cada lado, a pasos presurosos, por la puerta trasera, hacia la granja. Pronto las monjas oyeron la descarga fatal. Su cadáver quedó allí durante todo el día insepulto, compadecido de muchos que lamentaban la muerte de quien a tantos había librado de ella, y profanado por algunas miserables mujerzuelas que registraron sus vestidos y exhibían luego como un trofeo lo que en ellos habían encontrado.

Y es que los marxistas nunca perdonaron a Carmen la valentía de su testimonio en el juicio contra los asesinos de Moraleda. La odiaban también por ser una persona honrada, profundamente religiosa y por preocuparse y cuidar desinteresadamente de los pobres. Carmen llevaba su espiritualidad por todas partes. Frecuentaba la Confesión y la Comunión. Oía misa casi todos los días, y rezaba diariamente el Rosario.  Por su martirio, tiene concedida la Y de plata individual de la Sección Femenina de Falange. Está proclamada Mártir, y está camino de los altares.

 

  Beatriz Avilés