Sangre fecunda

Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,

espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!...

(Rubén Darío, Salutación del optimista)

A mis queridos camaradas. A aquellos con cuya presencia me sentí arropado. A los que también estaban conmigo en la distancia.

 

Recién llegado de la Escuela de Verano de Plataforma 2003, se agolpan y se atropellan en mi corazón y en mi mente multitud de sensaciones como latigazos eléctricos, y multitud de pensamientos como atisbos de insondables posibilidades. ¡Quisiera uno decir tantas cosas!... Pero hay que dar tiempo al tiempo, macerar el alma, meditar, robustecer la idea… Cada día tiene su afán, y cada acción del hombre tiene su momento. El nuestro, a pesar de las apariencias, está aún por llegar. Sin embargo, yo os aseguro que la derrota no forma parte de nuestro equipaje. Por eso os brindo, como saludo, los versos que dan entrada a la ‘Salutación del optimista’, con los que el maestro Rubén Darío todavía nos estremece. ¡Poesía que construye! ¡Poesía que promete! ¡Poesía necesaria como el pan de cada día! ¡Poesía que surge de la entraña de la vida y de la Historia, la única válida en el devenir de los tiempos! No, amigos míos, aún no hemos dicho nuestra última palabra, ni está escrito nuestro mañana. Sí: tiempo habrá para la matización, para el expurgue, para el pulimento, para calibrar y concretar la propuesta exacta de nuestra Hora. Hoy, dejadme tan sólo que continúe sumergido en el agua nutricia recibida, como en un renovado bautismo de fe.

Allí, en el Valle de Cuelgamuros, a la sombra inmensa de una Cruz gigante, varios hombres maduros, la mayoría ya ancianos, nos demostraron aquello tan repetido de que la juventud no tiene nada que ver con la edad. Eran jóvenes ardientes los que teníamos delante, jóvenes visionarios, jóvenes con palabra cargada de futuro los que desgranaban ante nosotros el abecé de la verdad, de la esperanza y de la vida. ¿Sabéis por qué? Porque la verdad, la esperanza y la vida no saben de contingencias: son eternas. No se detienen, sino que sobrevuelan el instante áspero de las amarguras y de las cosas pequeñas de cada día, señalando que la realidad del hombre no está anclada en el aquí, sino en el allá.

No quisiera que estas palabras –que son sólo de agradecimiento- fueran tomadas como tantas otras trufadas de banalidad como a veces escuchamos, palabras de ‘tenores huecos que cantan a la luna’. Os juro que mi emoción es sincera, y que siento en mí el repique de campanas nuevas. Mejor dicho, el repique de la vieja campana de mi iglesia aldeana de siempre, que un día me ilusionó porque la puse en la altura de una torre catedralicia creyendo que su voz no estaba destinada a ser confinada en la estrechez de mi valle, pero que después quedó muda, inerte, silenciada, rota. Hoy sé que no fue así. Que la mudez de esa campana era sólo mi propia mudez, porque la campana seguía ahí, multiplicada por cien, por mil, en humildes ermitas o en solemnes basílicas metropolitanas, esperando acaso mi mano, que creí yerta, seca, cerrada, pero en la cual veo rebrotar ahora potentes latidos.

Y es que aún queda sangre. Certifico que aún queda sangre. Sangre fecunda de hombres y mujeres que todavía tienen su hora por sonar. Sangre humanísima de fe, de esperanza, y de fraternidad. Sangre presta para regar y hacer brotar cosechas ubérrimas. ¡Sangre del espíritu!

A todos, GRACIAS. Las estrellas siguen allí, en lo alto, y el cielo sigue cobijando nuestro ayer, nuestro hoy, nuestro mañana, y nuestro siempre.

Un abrazo más fraterno que nunca.

Pompeyo