Intervención de Manuel Parra en la presentación en Barcelona de El último José Antonio

Me viene a la memoria una conferencia que, en 1966, pronunció en Barcelona Adriano Gómez Molina, por aquel entonces Director de la Academia Nacional de Mandos del F. de J. El que os habla era por entonces un Jefe de Centuria casi recién titulado y me había leído las Obras de José Antonio, lógicamente, sin haber profundizado en ellas más allá de lo anecdótico y con el bagaje de mi formación de adolescente. Aquella conferencia –y el libro de Adriano “José Antonio testimonio”- me abrieron nuevas perspectivas; casi me descubrieron a un José Antonio oculto; por ejemplo, en su faceta anglófila (patriotismo clásico, educación…) y, sobre todo, en las claves de su sentido social y revolucionario, intuido hasta entonces.

Algo similar me ha ocurrido con “El último José Antonio”, del historiador murciano Francisco Torres García: me ha permitido un redescubrimiento de facetas que o, sencillamente, ignoraba, o estaban olvidadas, o me habían pasado desapercibidas, o estaban equivocadas por haber recibido informaciones erróneas. También hay que decir que ya no soy aquel adolescente de entonces…

Este libro –que merece obtener un fuerte impacto entre los joseantonianos y, ojalá, entre quienes aún no son- me ha obligado también a reflexionar sobre el concepto de resiliencia frente al consenso, es decir, sobre una actitud razonada de disenso ante el mundo que nos rodea. Este concepto, que procede del mundo de la Tecnología (“Aptitud de un material para resistir esfuerzos de choque”), podemos aplicarlo al campo de la sociología y de la política.

Mi deseo sería que muchos españoles -y muchos europeos de más allá de los Pirineos- adoptaran una actitud resiliente, en la clave positiva y constructora de José Antonio, a riesgo de permanecer inertes bajo el pensamiento único o caer en la actitud negativa y estructura de la acracia o del neomarxismo.

Pero, de momento y a Dios gracias, podemos aplicar el concepto de resiliencia al falangismo, a la altura de este 2013. Y ello por dos motivos: el primero es que, en cada acto, tertulia, conferencia… a la que asisto, junto a los rostros habituales, aparecen caras completamente desconocidas para mí, muchas de ellas jóvenes. ¿Cómo es posible que el tema azul siga atrayendo, con todos los silencios o con todo lo que nos echan encima? El segundo motivo es que se siguen publicando libros sobre la Falange, los falangistas y, especialmente, sobre José Antonio, lo que me lleva a pensar que los editores saben lo que se hacen y no apuestan sobre pérdidas. Así, después del boom del Centenario, han seguido muchos otros: “El hombre al que Kipling dijo sí”, “La pasión de José Antonio”, “Los enamorados de la revolución”, El legado de José Antonio”… y ahora el libro que nos ocupa: “El último José Antonio”. Cada uno desde diferentes enfoques y con distintas posturas y propuestas, lo que evidencia que José Antonio Primo de Rivera, proyectado a la actualidad, es un personaje poliédrico, pero que merece ser estudiado íntegramente, como un todo en sí mismo.

Eso pretende este libro, cuyo autor define al último José Antonio como “Un hombre que se esfuerza por sistematizar sus pensamientos”.

Voy a intentar resaltar lo que, a mi juicio, constituyen las principales características de la obra:

1ª) El rigor, lo que muestra que estamos ante un historiador honesto. La mayoría de las afirmaciones están fundamentadas documentalmente; a veces, el autor se permite plantear dudas o formular preguntas, que es la mejor manera de abrir caminos a la reflexión y a la investigación, igualmente rigurosas.

2ª) El libro pretende centrarse, evidentemente, en el último José Antonio, el de 1936, con sus dudas, ante la difícil situación de España, ante los tribunales… y ante la muerte, cuando intenta esa labor de sistematización que las circunstancias le habían impedido hasta ese momento. Pero la elección de este momento trágico, para el personaje y para España, no quiere decir que Francisco Torres no lleve a cabo frecuentes inmersiones en la evolución del personaje, tomando como referencia los mejores estudios: Moisés Simancas para la génesis del pensamiento, Pecharromán para la biografía, Arnaud Imatz para el intento de comprender la totalidad…

3ª) El libro que presentamos hace frente a los mitos (propios y ajenos) y a los anti-mitos (también propios y ajenos), a los que luego aludiré. En gran parte, ese ha sido el motivo de que para mí el libro haya significado ese redescubrimiento al que me he referido.

4ª) A la vez que riguroso, estamos ante un libro entusiasta, pero sin panegíricos. Las opiniones del autor pueden ser o no compartidas como tales opiniones, pero no cabe la menor duda de que está escrito por un joseantoniano del siglo XXI. Por ello, intenta y consigue ser ecuánime, objetivo.

5ª) Ese entusiasmo no le conduce a la ucronía (que hubiera pasado si…) ni a la utopía (lo que no es posible). Es, también, un libro realista.

Analizadas las características esenciales, entremos en aspectos concretos, como los mitos y anti-mitos que refuta documentalmente el auto:

- El mito de las relaciones estrechas o, por el contrario, de franca antipatía, entre Franco y José Antonio.
- El de que el Caudillo no prestó todo su apoyo para los intentos de liberación.
- El de la simpatía de Indalecio Prieto por José Antonio.
- El de la bondad de corazón de los anarquistas o del sindicalista Ángel Pestaña.
- El de la orden comunista estrictamente para el asesinato.
- El propio mito de la elevación al santoral de José Antonio y la realidad de por quiénes fue llevado a cabo.
- El mito de que Hedilla no era partidario de la Unificación.
- El mito de la comprensión de la doctrina de José Antonio por parte de un gran número de los falangistas de primera hora (“se movían con escasa formación”, dice el autor) o de los recién llegados en el 36 (se movían “más por instinto”).

En otro orden de cosas, me gustaría añadir unas palabras sobre diferentes aspectos históricos e ideológicos de la obra de Torres. Entre los primeros, un tema poco estudiado, como es el de la intervención de los juanistas o del propio Indalecio prieto en la deformación de datos; o la publicación del contenido de las actas del Consejo Nacional de FE de las JONS en Salamanca, en los días previos a la Unificación; y, en plena guerra, la verdad completa sobre la prohibición de radiar un discurso de José Antonio, que se debió al monárquico Vicente Gay, hombre de Nicolás Franco, que fue destituido por el propio Caudillo y, a la vez, frenó los procesos a los falangistas desobedientes la prohibición.

Sobre Francisco Franco, que no era falangista, no se cae ni en el oportunismo del anti ni en el fervor de la identificación; así, se dice que “tenía un conocimiento limitado de las propuestas de José Antonio a través de las tesis de Víctor Pradera”, pero se reconoce que, gracias a él, varias generaciones de españoles fueron educados en lo joseantoniano, en el Frente de Juventudes y en la Sección Femenina.

En cuanto a los propios seguidores, los falangistas, se deja evidencia de que la división no es cosa de nuestros días… Podemos leer los enfrentamientos entre ellos, las discusiones, las ambiciones y las conductas honestas; la realidad es que, con la creación del mito, la consecuencia inmediata fue la congelación de la ideología; la mayoría se limitaron a repetir un “José Antonio dijo…” y, en cambio, fueron escasos los que se dedicaron a construir a partir de los presupuestos joseantonianos. Como dijo Enrique de Aguinaga, “La Falange es José Antonio y con él murió”; otros proyectos, como el de Arrese, ya no eran de José Antonio, aunque sí pudieran serlo de un sector importante de falangistas.

Con respecto a los aspectos ideológicos, el autor sostiene que, más que una evolución de José Antonio, se da un desarrollo y una agregación a lo largo de sus escritos y discursos. El Fundador pretendió, sobre todo, una serie de redefiniciones de conceptos clave (Patria, justicia, democracia, Estado, sindicatos…), que quedaron inconclusas con su muerte, sin que nadie se atreviera a continuar su labor. Por ello, podemos encontrar “aparentes contradicciones”, “antinomias sin resolver” y cierta “ambigüedad interpretativa”. Como ya hemos dicho, precisamente la mitificación que llevaron a cabo los propios falangistas “contribuyó indirectamente a congelar el pensamiento joseantoniano”. Lo que queda claro es que la propuesta de José Antonio consiste, esencialmente, en “una nueva forma de humanismo”.

Permitidme, para terminar, que mencione las palabras finales del libro, escritas para nuestros días, y que definen nuestra tarea, si es que sabemos acercarnos a ese clásico que fue José Antonio, no con actitud de copia sino con afán de adivinación:

“Lo que subyace en todo el planteamiento de José Antonio es su intención de impulsar un cambio, de invertir el aparente curso inflexible de la imposición de lo que hoy llamamos el pensamiento único o el pensamiento políticamente correcto, de los efectos de la modernidad mal definida como progresista (…) De ahí que la clave de su arquitectura política sea su concepción del hombre. Un hombre que necesita renovarse a sí mismo, hacer su propia revolución interior, rebelarse frente a las tendencias individualistas e introspectivas, salir del nihilismo, del consumismo y la alienación, ser elemento activo y no pasivo de su comunidad política. Solo si se produce esa primera revolución, de la que es expresión el contenido ético y moral que alienta toda la construcción joseantoniana y que ha resultado ser la base d su capacidad de atracción, se podrá realizar la segunda revolución”.

Gracias a Francisco Torres García por su libro.
Gracias a Miguel Ángel Vázquez por su publicación.
Gracias a todos vosotros por la asistencia a este acto.

Porque con esta obra se ha prestado un gran servicio a los joseantonianos, se ha dado la oportunidad de conocer a José Antonio a los jóvenes que lo lean y, sobre todo, se ha prestado un nuevo y gran servicio a España y, por qué no, a la Europa a la que pertenecemos.