Complementarios  a la biografía de José Antonio

Juan Velarde Fuertes

A lo largo de los años una serie de personas que han desaparecido ya, o de documentos difíciles de encontrar, se refieren a grandes figuras históricas. No se deben abandonar jamás, porque sirven a la perfección para concluir el trazo de sus biografías. Pasa el tiempo y esos datos se disuelven para siempre, y de esa manera, más adelante nunca se contemplará adecuadamente la realidad de ese personaje.

 Para evitar, en parte minúscula, eso, transcribo siete informaciones orales que h recibido a lo largo de mi vida sobre José Antonio y que ahora creo que deben darse a la luz, precisamente cuando se cumple el LXXV aniversario de su fusilamiento en Alicante.

 La primera procede de José Antonio Piera Labra, un Técnico Comercial del Estado, profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad de Madrid, discípulo de Flores de Lemus y miembro inicial de la Sección de Economía del Instituto de Estudios Políticos. Piera Labra había estudiado Derecho en la que entonces se llamaba la Universidad Central. Recordaba muy bien a un José Antonio, licenciado ya, pero que daba la impresión de iniciar una carrera docente, como ayudante, en la Facultad de Derecho. Pasaba a tener prestigio y fama entre los alumnos porque era muy accesible a ellos. Cuando tenían alguna duda sabían que si acudían al joven profesor Primo de Rivera, éste se sentaría con el preocupado y le explicaría, con calma y de modo perfecto, la cuestión. Por eso, todos estaban de acuerdo con que se prepararía para unas oposiciones a cátedra, que tendría un prestigioso bufete, y que, sin problemas, podrían volver a pedirle consejo si tornaban a precisarlo.

 La segunda es derivada de la anterior. Yo fui ayudante del profesor Olariaga, y cuando acababa su clase de Economía Política en el Caserón de San Bernardo, se iba dando un paseo hasta el Consejo Superior Bancario, del que era director, sito en la calle Marqués de Cubas. Como yo trabajaba en la Sección de Estadística de ese Consejo desde que había concluido la carrera, lo acompañaba. Olariaga había tenido una existencia muy interesante, desde sus conversaciones con Keynes en la Conferencia Monetaria de Génova, hasta el ambiente, vinculado a la Institución Libre de Enseñanza, de la Residencia de Estudiantes, donde había vivido las noticias sobre los últimos días de Francisco Giner de los Ríos. Y también sabía muchas cosas de un ayudante suyo, en la cátedra que había ganado en el Doctorado, de Política Social y Legislación comparada de Trabajo, como sucesor de Gumersindo de Azcárate, que Olariaga había puesto entonces en mucha boga. Ese ayudante suyo era José Antonio. Y me decía Olariaga: ‑“Me acompañaba al salir de clase como sucede con usted. En la etapa de la Dictadura, y como consecuencia de la concesión de validez en los grados universitarios a las Universidades Católicas, había estallado, con dureza, otra “cuestión universitaria”. Los estudiantes llegaban a volcar tranvías y, por supuesto, a manifestarse con gran dureza contra el Dictador, que era padre de José Antonio. Desde la pérdida de carrera de Sbert, un estudiante muy destacado de la Escuela de Ingenieros Agrónomos, hasta palos y multas, era la reacción de don Miguel Primo de Rivera. Y un día, José Antonio me dijo: ‑«Mi padre no acaba de entender el mundo universitario, y que con él pasa lo mismo que con las mujeres. Haya hecho lo que haya hecho una dama, si en la calle el acompañante le suelta un bofetón, todo el mundo se vuelve contra él; y exactamente eso sucede con los estudiantes»”.

 La tercera es una derivación de la anterior. La cátedra de Política Social y Legislación comparada que estaba a cargo de Olariaga, donde este explicaba desde el revisionismo marxista de Bernstein hasta lo que significaba el libro “El Estado y la Revolución” de Lenin, o bien las luchas entre sindicalistas y socialistas, había atraído a buena parte del mundo intelectual madrileño –sobre todo al relacionado con Ortega y Gasset‑ que asistía a las clases con asiduidad. Allí estaba, en el pupitre, por ejemplo, la condesa de Campo Alange. Y sentado al lado de Olariaga, se encontraba José Antonio. Tomaba notas, porque, dirigida por Olariaga, había iniciado una tesis doctoral sobre las tensiones entre los intelectuales ingleses –entre los que se encontraban, por ejemplo, Ramiro de Maeztu o Chesterton‑ partidarios de una superación gremialista del capitalismo, y los que con Bernard Shaw o Cole a la cabeza, creían, con todos los miembros de la Fabian Society, que la solución tenía que venir del socialismo que se albergaba en el Labour Party. Olariaga me dijo que sobre eso –“hasta que para defender la memoria de su padre se metió en política”‑ elaboraba la tesis José Antonio. De momento, había recopilado y redactado todas las explicaciones de Olariaga. Un día, paseando con Serrano Súñer en Puertae de Hierro, me dijo: ‑“Éramos muy amigos. Yo estaban encerrado en casa, días y días, preparando las oposiciones de Abogado del Estado. Se presentó José Antonio en casa y me dijo: ‑«Con este encierro prolongado te vas a embrutecer y harás mal la oposición. Aquí traigo dos entradas para ir a ver a Raquel Meller, que me han dicho que merece la pena». Y me llevó a escucharla y los dos aplaudimos mucho. Y me despidió así: «‑No te vendrán mal mis apuntes de las clases de Olariaga, con los que te obsequio». Estaban manuscritos, con una letra muy legible y eran muy interesantes. Los conservo todavía”. Quizá pueda todavía hacerse alguna gestión para, con simple fotocopia, recuperarlos.

 La cuarta me la relató Alfonso García Valdecasas. Éste, con Ortega, había percibido el rumbo lamentable que llevaba la II República, y la necesidad de una rectificación. Me decía Valdecasas: “Surgió así la idea de un movimiento político al que pusimos el nombre de Frente Español. Ortega concluyó abandonando la idea, y yo me quedé con ese nombre, registrado en la Dirección General de Seguridad, él, y sus iniciales, F.E. Poco después del acto fundacional del 29 de octubre de 1933, aconsejé a José Antonio que el nombre del nuevo movimiento debía tener esas iniciales, porque si se pretendía perseguirle, no podrían hacerlo ni con F.E. ni con Frente Español. Todo esto sucedía porque yo, además, me marchaba a Alemania, a ampliar mi formación jurídica. Pero al salir del Teatro de la Comedia, le dije a José Antonio: ‑¿Por qué has hablado de lo de los puños y las pistolas? Es lo único que no me ha gustado de tu intervención. La respuesta fue: ‑«Pues se me escapó, y lo lamento, porque me lo van a echar en cara mil veces, como se le echa en cara la tontería de Azaña de que “España ha dejado de ser católica”. De veras que lo siento, pero no tiene arreglo»”.

 Quinta información. Tuve amistad con Pilar Primo de Rivera. La fotografía de José Antonio que tengo en el cuarto de estar de mi casa está dedicada por ella. Me dijo: ‑“Mi hermano se dedicó a la política, primero por defender el honor de mi padre‑ ahí está su incidente con el general Queipo de Llano, por ejemplo‑, pero después por patriotismo, al ver que aquello que hacía la República podía liquidar a España. Él lo que amaba era la judicatura y la enseñanza”.

 De esa etapa surge la sexta información. Tengo un autógrafo de José Antonio en una vitrina de mi biblioteca. Lo adquirí, sin que el vendedor supiese de verdad lo que contenía, en la Cuesta de Moyano. El tomo VII de los “Propyläen-Weltgeschichte”, o sea de la “Historia Universal” dirigida por Walter-Wilhelm Goetz, que en España editaba Espasa Calpe, se titulaba “La Revolución Francesa, Napoleón y la Restauración. 1789-1848”, y estaba redactada por Alfredo Stern, Francisco Schnabel, Oscar Walzol, Enrique Herkner y Federico Luckwaldt, en versión española de Manuel García Morente. Como publicidad, habían encuadernado en Espasa-Calpe para que se suscribiesen a toda la obra, de este tomo, las págs. 33-128 más una colección de los 25 cuadros y mapas de toda la obra, desde una miniatura india de Timur de caza, hasta un dibujo en colores del paseo del mundo elegante delante de las tiendas del Palais-Royal, en París, aparte de mapas de Europa en 1789, en 1803 y en 1815, tras el Congreso de Viena; incluyendo, lo que me sedujo del todo, un original de 10.000 francos, “creado el 18 de Nivoso, año tercero de la República, hipotecado sobre los dominios nacionales”, o sea un asignado auténtico.

 Se ve que era un volumen de pura propaganda, pero en esto, una vez adquirido, veo que las páginas últimas, como atractivo para otros compradores estaban las firmas autógrafas de doce suscriptores. Doy la lista por el orden en que aparecen de arriba debajo de la página: Pedro Rico, entonces alcalde de Madrid; José Antonio Primo de Rivera; Manuel Maiz; Fernando del Castillo; Luis Rodríguez; Luis Huerta; Ricardo Lancho y Torre: Enrique Rivas; Guillermo Fernández Shaw, dos firmas ilegibles y Luis Felipe García Sanchíz, el hijo del entonces famoso charlista, y que fallecería en el hundimiento del “Baleares”. Una prueba, esta suscripción, una vez más, del interés intelectual de José Antonio.

 La séptima y final procede de mis múltiples conversaciones con el sindicalista, y ministro del Gobierno de Largo Caballero, del 4 de noviembre de 1936 al 17 de mayo de 1937, Juan López Sánchez. Me contó exactamente esto: ‑“Por contactos con gente de Barcelona, habíamos, en la CNT y en el Partido Sindicalista, tenido enlaces con falangistas y con el propio José Antonio. Cuando llegó a la mesa del Consejo de Ministros la sentencia a condena de muerte de José Antonio, varios ministros adujimos que eso iba a provocar duras represalias en el otro bando. Yo mismo aduje que podía acarrear algo parecido a un hijo del propio presidente, Largo Caballero. Este replicó: ‑«No me conocen ustedes; hagan lo que hagan los facciosos, esta sentencia se cumple». Y por mayoría, eso sí, sin demasiadas réplicas, se «dio el enterado» al fusilamiento de José Antonio”.

 Al poco tiempo de contarme esas y otras cosas, y de escribir un libro de memorias, enfermó Juan López gravemente. Fui a visitarle a la Clínica Puerta de Hierro. Casi estaba agonizando. Le dije: ‑“Aguanta Juan; piensa que estás yendo a las barricadas, a las barricadas”, jugando con el himno cenetista. Hizo un esfuerzo y me contestó, y quedé escalofriado: ‑«Pero en noviembre de 1936 alguien me enseñó lo que era morir “cara al sol”».

 Son siete detalles quizá minúsculos, pero que, a mi juicio, encajan y amplían perfectamente la personalidad de José Antonio.