Reflexiones sobre la Monarquía

Manuel Parra Celaya

El pasado día 5 de febrero la Hermandad del Frente de Juventudes de Barcelona me encargó que actuara de ponente en una tertulia que se convocaba bajo el título “¿Para qué sirve la Monarquía al pueblo español?”. El texto que sigue a continuación es una ampliación de mis palabras en esa fecha, con la lógica transformación de lo oral a lo escrito, pero manteniendo lo esencial de mis tesis.

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I. Reconozco que carezco de veleidades monárquicas y que la Corona no ha conseguido suscitar en mí ninguna simpatía. Posiblemente, no diría lo mismo si fuera súbdito británico o, si mediante un transportador temporal de película de ciencia-ficción, retornase a una época en la que “los reyes vivían en tiendas de campaña” (no me importaría en absoluto competir con Rafael Alberti en el puesto de escudero de Garcilaso, capitán de Carlos V). Pero cada uno es hijo de su época y de sus circunstancias y, en mi caso particular, es proceder de una tradición antimonárquica en el seno de las organizaciones de afiliados del Frente de Juventudes.

A los de mi generación, en concreto la de los años 60, nos llegaron los ecos de altercados callejeros del pasado entre nuestros mayores de las FFJJ de F y del SEU y quienes ostentaban el emblema con las siglas “J III”. Por supuesto, también heredamos viejas canciones –de la preguerra- que, al compás de acontecimientos que íbamos viviendo en nuestra adolescencia y juventud, cantábamos aún con entusiasmo creciente, en lugar de silenciarlas por lo que pudiera pasar; así, el Himno de las viejas JONS, de 1931, decía:

“No más reyes de estirpe extranjera
ni más hombres sin pan que comer;
el trabajo será para todos
un derecho más bien que un deber”

Y la conocida canción titulada Himno de las Milicias andaluzas de Falange afirmaba rotundamente:

“Viva la revolución, viva Falange de las JONS;
fuera el capital, arriba el Estado Sindical;
que no queremos reyes idiotas
que no sepan gobernar…”

Con este ambiente y estas consignas, no es extraño que, cuando la editorial Doncel publicó un libro con una antología de las palabras del entonces Príncipe de España, lo hiciéramos servir, en mi Hogar Juvenil, para falcar una estantería que cojeaba ostensiblemente…

II. Los acercamientos de D. Juan Carlos, como Príncipe, al Frente de Juventudes en sus actividades de voluntarios fueron –que yo sepa- dos visitas al Campamento Nacional de Covaleda, donde se formaban los futuros Jefes de Centuria. La primera tuvo lugar en 1955 y queda recogida en el interesante pero amargo libro de José Luis Alcocer “Radiografía de un fraude” (Planeta, 1978), que fue testigo de los hechos; a mí me fueron corroborados por quien había sido mi primer Jefe de Campamento, el Oficial Instructor José Antonio García Sáenz. La jornada de la visita del Príncipe fue pródiga en discusiones, desplantes y anécdotas entre lo ridículo y lo dramático y finalizó en una algarada bufa, alejada del estilo que se preconizaba en las FF JJ. Alcocer resume los alcances de aquella visita con las siguientes palabras: “Ni un solo jerarca de aquel entonces fue capaz de explicar con claridad honesta que la alternativa ya resuelta, ya decidida, era exactamente la monárquica”.

La segunda visita del Príncipe de España a la que era la catedral de los mandos tuvo lugar en 1975 y representó un intento bienintencionado del entonces Jefe Central de la OJE, José Ignacio Fernández, para que D. Juan Carlos y Dña. Sofía se aproximaran a la organización entonces tutelada por la Delegación Nacional de la Juventud, y de paso al Movimiento. La visita, que está recogida en un reportaje filmado, transcurrió con toda cordialidad y sin incidente alguno. Todos sabían ya cuál era la alternativa sucesoria inminente…

Por supuesto, el que escribe estas líneas no estuvo presente en ninguno de los dos momentos: en el primero, porque le pilló con 6 años, edad muy precoz para un Curso de Mandos; en el segundo, porque, ya con 26, me hallaba en plena línea de rebeldía y contestación falangista al Régimen de Franco (seguíamos coreando como eslogan preferido el ¡Falange sí, Movimiento no!). Dentro de la propia Organización Juvenil Española éramos minoría quienes aparecíamos como díscolos y, al parecer, ninguno estaba presente en el Covaleda 75.

Transcurridos bastantes años, en 2010, cuando la OJE -entidad de derecho privado y no tutelada ni dependiente de delegación ni movimiento alguno- celebró su 50º aniversario, solicitó ser recibida en la Zarzuela, pero se obtuvo la respuesta de que no era posible por motivos de agenda… motivos que siguen impidiéndolo, al parecer, tres años después. Puede concluirse, entonces que aquella agradable visita del 75 al Raso de la Nava no tuvo los efectos previstos.

III. Me he preguntado a posteriori, ahora que ya peino canas, de dónde nos venía ese fervor antimonárquico. La respuesta inmediata podría ser que de la propia ideología falangista, pero, si rastreamos en los textos fundacionales, no parece que el debate monarquía-república quitase el sueño a nadie.

Ramiro Ledesma Ramos, en La Conquista del Estado (1931) afirma:”Queremos un Estado republicano, de exaltación hispánica y de estructura económica sindicalista”. Por la fecha, se puede deducir que se trataba de desligarse de cualquier acusación de figurar en el bando de quienes pretendían restaurar a Alfonso XIII, ya en el exilio.

José Antonio se apartó de la línea monárquica que, tanto él como su círculo de amistades, habían seguido en la U.M.N. El pacto de El escorial había representado una pequeña ayuda económica para la naciente Falange, a cambio de no atacar las aspiraciones monárquicas de Goicoechea (amigo personal de José Antonio), Pedro Saínz Rodríguez y otros, pero el pacto de rompe, se producen las defecciones de Ansaldo y del Marqués de la Eliseda, y el Fundador pronuncia las más demoledoras palabras contra la institución monárquica; además de proclamar la distancia con los partidos privilegiados en el orden antiguo, el 19 de mayo de 1935 denuncia a una Monarquía que ya no servía a los intereses de España y que, por ello, había caído sin que entrase en lucha siquiera un piquete de alabarderos, para terminar reputándola de institución gloriosamente fenecida. Todo ello, junto al hecho de enarbolar la bandera tricolor en la manifestación posterior a los hechos del 6 de octubre del 34, alejó definitivamente a la Falange de sus relaciones con los monárquicos.

Cuando un periodista interroga a José Antonio sobre si eran republicanos o monárquicos, la respuesta es que ni lo uno ni lo otro. No hay más alusiones a la Monarquía y, en cambio, sí persiste la idea joseantoniana de empalmar con la revolución del 14 de abril; pero no hay más referencias, ni en los 27 puntos ni en texto alguno, que permitan suponer una preocupación especial por la forma de régimen político.

Pocos puntos de agarre doctrinal teníamos, pues, los joseantonianos jóvenes y los no tan jóvenes en las postrimerías del franquismo para que la monarquía suscitara sarpullidos en nosotros.

IV. Si el fervor antimonárquico no nos venía del estudio de la ideología falangista, ¿cuál era su origen? Indudablemente, el propio franquismo; procedía de las disputas entre Don Juan de Borbón y el Caudillo, especialmente desde la ruptura de 1945.

Franco era monárquico, siempre lo había sido y lo fue hasta su fallecimiento, como nos cuenta José Mª Fontana Tarrats. Pero, en los años 40 y, a lo mejor, hasta en la década de los 50, muchos falangistas lo ignoraban o fingían ignorarlo.

En su condición de estadista, la estrategia para mantener durante medio siglo su régimen personal fue establecer un delicado equilibrio entre las distintas familias que lo componían. Los falangistas –en su vertiente oficial- representábamos muchas veces el papel de fuerza niveladora frente, por ejemplo, a los monárquicos de don Juan de Borbón, si se quiere, de coco… cuando convenía. Este equilibrio de fuerzas ha sido exhaustivamente estudiado y su detalle excedería en mucho la función de estas líneas, pero no cabe duda del papel que se asignó a la Falange inclusa en el Movimiento y, en ocasiones, identificada con este. Los rebeldes de mi generación también recordábamos la cita de José Antonio sobre el intento de convertir a la Falange en una milicia destinada a desfilar ante los fantasmones encaramados en el poder, y no andábamos muy errados.

Los hechos y la legalidad iban por su propio camino, indiferentes a las aspiraciones de una revolución pendiente, basadas, paradójicamente, en las enseñanzas que íbamos recibiendo en los campamentos, charlas y actividades de la llamada obra predilecta del Régimen.

Así, la Ley de Sucesión de 1947 ya no dejaba lugar a dudas: España se constituía en reino, de momento sin rey ya que se consideraba claramente la interinidad de Franco. Desde la distancia y la lógica, nos parece ridícula aquella consigna de “¿Monarquía?¿República?¡Caudillaje!”. Por supuesto, la teoría del caudillaje o poder carismático tampoco se contemplaba en ningún texto de José Antonio o Ramiro; se había echado mano de Max Weber para fundamentar la figura de Franco como gobernante en una situación histórica excepcional, que debía dar paso, según la mencionada Ley, a un futuro Rey de España. No hay ni que decir que la familia falangista del Régimen no se dio por enterada y la apoyó, mientras seguían alentando que cantáramos lo de no queremos reyes idiotas.

Veinte años después, la Ley Orgánica del Estado (1967) solo fue contestada, y desde la clandestinidad, por sectores falangistas disidentes del Movimiento; recordemos la famosa Carta de un falangista al Jefe del Estado español de Sigfredo Hillers, que fue profusamente repartida por los jóvenes de entonces, pero, de nuevo, el sector oficialista asintió con entusiasmo en el referéndum del 14 de diciembre a la institucionalización de Régimen, de la futura monarquía, a pesar de que implicaba la desaparición legal de las siglas de FET y de las JONS.

Cuando, dos años después, Franco propone a Juan Carlos como Príncipe y heredero, pocos procuradores –todos ellos falangistas- votan el no; recuerdo entre ellos a Agatángelo Soler Llorca, de Alicante, y a Juan Pablo Martínez de Salinas, de Barcelona; el resto, incluidos Girón y Pilar Primo de Rivera, votaron a favor de la sucesión de un Régimen que ellos habían contribuido a crear.

En suma, concluyamos que el antimonarquismo fue un señuelo y que los falangistas cumplieron el papel de leones amaestrados del circo, a los que se dejaba gruñir en ocasiones para amedrentar a los espectadores de tribuna preferente.


V. Cuando nos dejamos llevar por el apasionamiento, solemos olvidar ciertos datos históricos objetivos que arrojan luz sobre los juicios. Es el caso de una serie de consideraciones que, a estas alturas, parecen fuera de toda duda. El principal es que a don Juan Carlos lo puso Franco como rey, y de ahí nace su legitimidad, por mucho que una pirueta jurídico-política posterior la basara en el Constitución del 78. El atado y bien atado se refiere fundamentalmente a la Corona y a la clase media, no a las estructuras y Leyes Fundamentales del franquismo que los propios franquistas se encargaron de arrinconar a partir de la Ley de Reforma Política.

En segundo lugar, Franco tenía previsto que su régimen no le sucediera, sino que sería el rey quien impulsaría el giro que exigiesen los marcos nacional e internacional. Enrique de Aguinaga nos lo prueba de forma irrefutable (“Aquí hubo una guerra”. Plataforma 2003. Madrid 2010): a) Declaraciones de Franco al diario Arriba (1 de abril de 1969),en el sentido de que “La Ley Orgánica del Estado establece los cauces para la posible alteración de los Principios del Movimiento”… ¡que eran, por propia definición, permanentes e inalterables! ; añade que “No podemos prescindir del mundo capitalista liberal en que vivimos…”; b) En la entrevista que Franco concede al general Vernon A. Walters, enviado de un preocupado Nixon, el Caudillo le tranquiliza:”El Príncipe será rey, porque no hay alternativa.” España irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, pornografía, droga y qué sé yo”, y c) en el Testamento de Franco se pide lealtad para el Rey, pero no hay ni una sola alusión al Movimiento, a las Leyes Fundamentales y al 18 de julio.

No obstante, el franquismo no reciclado en la transición no supo interpretar que en el Rey no había forma alguna de desviacionismo o de traición, pues eligió el camino que Franco ya sabía que iba a elegir; lo de de la ley a la ley no era más que un hábil recurso leguleyo, pero eficaz en política. Nuevamente, nos sorprende la ingenuidad de algunos falangistas de corazón, ahora huérfanos de aquel Movimiento que, como la Monarquía en el 14 de abril, cayó como cáscara hueca, sin que entrase en lucha…ni una escuadra de la Guardia de Franco, quien, por cierto, recibió prometedoras palabras de aliento por parte de un Rey que acababa de jurar ante el presidente de las Cortes, también falangista.

Resulta patético, desde nuestra perspectiva, recordar aquellos esfuerzos, en la década de los 70, para citar una Monarquía del Movimiento, una Monarquía del 18 de julio ,o jugar con los conceptos de instauración, reinstauración (¡), y no restauración. Era algo así como un lenguaje políticamente correcto para uso doméstico del Régimen que se acababa.

Fue, simple y llanamente, la segunda restauración, justo cien años después de la primera, con la única diferencia de que Franco se había saltado el orden sucesorio de la familia reinante en la persona de don Juan de Borbón.

Cuando tienen lugar los hechos del 23-F, muy pocos advierten que el supuesto golpe de Estado era el golpe de timón pedido por Tarradellas, que tenía el impulso regio destinado a fortalecer el nuevo régimen con un gobierno de concentración; de que, junto a los apoyos sentimentales de los añorantes del franquismo, sus cabezas eran los generales más monárquicos (Armada, Milans) y que el verdadero antigolpista fue D. Antonio Tejero.

La izquierda (PC, PSOE), la derecha (AP) y el centro (UCD) salieron del brazo a la calle para poyar sin fisuras a la Corona, que aparecía como la salvadora de la democracia. El Rey ya era el motor del cambio; últimamente, el diario ABC lo ha denominado clave de bóveda.

De una forma u otra, muchos falangistas –entonces jóvenes- hemos mantenido nuestro ADN antimonárquico, con cierta tendencia hacia un republicanismo nada concreto; éramos una minoría, en una España que se había acostado franquista y se levantaba monárquica. Ahora, en estos momentos, son muchos los que critican abiertamente a la Monarquía por sus escándalos privados ( que a mí me traen al fresco) y públicos (que me preocupan como ciudadano que contempla horrorizado un panorama creciente de corrupción social y política).

Lo cierto es que la Monarquía se ha cuestionado a sí misma, al no estar a la altura de las circunstancias y no predicando con el ejemplo que se esperaba; también sus silencios ante gravísimos hechos han contribuido al desprestigio. A toro pasado, podríamos vanagloriarnos de que teníamos razón en nuestras antipatías y en nuestras suspicacias.


VI. No me parece conveniente acabar estas reflexiones sin añadir, a título de inventario, otras consideraciones:

1) El actual Príncipe Felipe recibió, de 1976 a 1984, una formación humana y social en actividades de tiempo libre (campamentos de aventura, albergues de esquí o deportivos, etc.) a cargo de hombres procedentes de la Delegación Nacional de la Juventud. Quede el dato para la historia y cabe preguntarse acerca del nivel de incisión de aquella formación en valores durante la infancia y adolescencia del heredero de la Corona.

2) Todos los partidos falangistas actuales (que yo sepa) se manifiestan abiertamente republicanos; hasta hace unos años tan solo FE (Auténtica) ostentaba esta definición. ¿Son razones ideológicas fundamentadas o se trata, una vez más, del rechazo a la institución monárquica por su desairado papel en la política española, por sus escándalos o por la mencionada tradición?

3) A tenor de lo anterior, ¿existe alguna línea de argumentación sólida a favor de una forma concreta de República? Recuerdo que en la fachada trasera de la Catedral de Barcelona existió una pintada, allá por los años 50, que rezaba República Nacionalsindicalista. ¿Alguien se ha preocupado de establecer sus bases teóricas? Me imagino que el autor de dicha pintada era consciente del fracaso histórico de las dos Repúblicas españolas y, por supuesto, no quería restaurar ninguna fórmula conocida.

VII. Mis opiniones personales al respecto, que ofrezco a la consideración de todos los lectores, son las siguientes:

- Yo no creo en la Monarquía española ni confío en ella para sacar a España del abismo en que se encuentra, y no por razones ideológicas ni apriorísticas, sino por la evidencia de su eficacia real (y valga la paradoja).

- Tampoco veo alternativa válida a ella en estos momentos ni soy entusiasta de forma republicana conocida, toda vez que la existencia de partidos políticos no sería más que más de lo mismo, corregido y agravado.

- Por las mismas razones, no creo en la democracia del Sistema. A lo mejor José Antonio fue optimista en demasía cuando afirmó que el pueblo español poseía buenas cualidades entrañables. En todo caso, ¿siguen existiendo hoy en día? Es más, ¿existe un pueblo español diferenciado de otros pueblos europeos? No creo en forma alguna de wolkgeist romántico: estamos inmersos, como todos, en la mentalidad del Sistema capitalista y sumisos al Pensamiento Único.

- Solo creo en una aristocracia (gobierno o jerarquía de los mejores), que son los únicos que pueden vertebrar España y levantarla del marasmo mediante un formidable tirón hacia arriba, sacándola de la mediocridad, de la ruindad, de la vulgaridad, de la villanía.

- No sé si esta aristocracia puede florecer dentro de una Monarquía o de una República…

- Por todo ello, no voy a proferir el Delenda est Monarchia! Solamente puedo repetir a Ortega en lo de ¡No es esto, no es esto!