Tres muertos para la nueva sementera


Quisiera comenzar esta reflexión ante el 20 de noviembre por donde termina Salvador de Brocá su reflexión sobre el pensamiento de José Antonio Primo de Rivera (“Falange y Filosofía”, ed. Unieurop, pág. 253): “La Falange, que no era fascista, y que no era tampoco un partido católico en el sentido confesional de la palabra, intentó dar un sentido espiritual de la vida y de la historia frente al marxismo. Era lo repito de nuevo, una manera de pensar y una manera de ser, según expresión de su fundador. Pero no un absoluto que debiera imponerse mediante la violencia, sino, muy al contrario, un instrumento para convivencia entre los hombres”.

Brocá ha realizado un serio y honesto trabajo intelectual para buscar una explicación objetiva, distante y doctoral al fenómeno mas singular y polemizado en el panorama político español desde mucho tiempo. En solo tres años de existencia, Falange Española provocó una conmoción ideológica trascendental. Si el hoy español es inexplicable sin una atención básica al hecho falangista, sobre todo en cuanto estado de conciencia y agente de provocación innovadora, es cierto también que en el mañana de España y de su irrenunciable comunidad iberoamericana, el pensamiento falangista –en su mayor virtualidad de José Antonio, pero con importante aportación perenne de Ramiro Ledesma Ramos- habrá de contar con carácter decisorio, según confirman las predicciones de Toffler y el estudio de los futurólogos de Berkeley sobre el año 2000.

Lo más singular de José Antonio, confirma Brocá en seguimiento de Adolfo Muñoz Alonso, Alaín Couartou, Juan Velarde Fuertes y otros, consiste en su originalísimo y desconcertante intento de síntesis de lo contradictorio, felizmente conseguido en sus basamentos esenciales. José Antonio, en suma, pone la semilla de un sugestivo humanismo social hispánico, que echa sus raíces en el humus más profundo del pensamiento católico y universalista español, se enriquece en las corrientes del pensamiento moderno occidental, absorbiendo incluso los mas sustanciales hallazgos marxistas, y propone finalmente un camino a seguir por los hombres libres en una sociedad justa y convivible.

Esta reflexión me parecía necesaria, pese a su inevitable carácter esquemático, para centrar el sentido de mi reflexión sobre el simbolismo que la Providencia parece haber querido dar a la fecha del 20 de noviembre. Nuestras madres y nuestras abuelas decían que Dios escribe derecho en reglares torcidos. Y ahora que en un amplio sector de la Iglesia ha sustituido a Dios por una abstracción social anticuada e inidentificable -¡ay padre Llanos que grotesca su última pirueta de iluminado!-, conviene recordar que Dios está incluso entre los pucheros, como aleccionaba Santa Teresa, pero sin confundir su divinidad con esquematizaciones dialécticas. Un creyente tiene, por tanto, el derecho a preguntarse, sin el menor reparo: ¿Por qué Dios quiso hacer posible la muerte a las mismas manos y la misma amanecida del 20 d e noviembre de 1936 de José Antonio Primo de Rivera y de Buenaventura Durruti? ¿Y por qué, luego, extremó durante tantos largos e inacablables días la patética y ejemplar agonía a la española de Francisco Franco, hasta hacerle expirar en la amanecida de otro distante 20 de noviembre? ¿Acaso era necesario materializar en el esoterismo conmemorativo de una misma fecha los perfiles humanos de la síntesis ideológica intentada por Falange Española?

Me valen por su alto valor expresivo, estas pocas frases de Juan Llarch (“La Muerte de Durruti”, página 249), al relatar el entierro del líder de la CNT: “Lo que se estaba llevando a cabo no era solo el entierro de un revolucionario, sino los funerales de la Utopía, de la Revolución Libertaria. Aquella manifestación multitudinaria, cerraba, con la losa de la muchedumbre, el período de la exaltación revolucionaria. En adelante, los coches oficiales de los funcionarios de la nueva burocracia obrera, se deslizarían por las calles de la retaguardia republicana más injuriosamente seguros. La Revolución Libertaria había muerto al mismo tiempo que Buenaventura Durruti”.

José Antonio y Durruti se habían entrevistado por dos veces, en octubre y diciembre de 1935, en casa del administrador de Telégrafos de Alicante. Del segundo encuentro hay un documento escrito y firmado por ambos, que hace diez años estaba en posesión de un hijo de H. Prieto, avecindado en París. Acuerdo en todo, menos en el aspecto religioso. La Utopía Revolucionaria, cuya transformación en telúrico comunitarismo fronterizo español casi nadie ha percibido en la CNT, tan diversa ya en 1936, del doctrinarismo internacionalista de la FAI, se avenía al diálogo con una sistemática humanista, a través del común españolismo de ambas fuerzas políticas autóctonas.

En Paris y Moscú se percibió como ahora en las mismas sedes, además de Barkeley, el posibilismo futuro de ese encuentro. La FAI el PCE y el PSU, en sus cúspides, recibieron de sus respectivas internacionales órdenes severas de liquidación del nuevo y exasperado humanismo español naciente. En campos contrarios, que hubieran podido ser uno sólo de no haber sido inevitable el Alzamiento tan pronto, José Antonio y Durruti fueron condenados y ejecutados por los mismos poderes, las mismas fuerzas y las mismas causas. Federica Montseny, Largo Caballero y Santiago Carrillo tenían todos los datos en sus manos para confirmar esta consciente aseveración recogida por mí en varias fuentes.

¿Podría darse lo mismo de Falange Española que lo que afirma Llarch a la muerte de la CNT? ¿Murió F.E. en cuanto utopía revolucionaria el 19 de abril de 1937, el 1º de abril de 1939 o en el momento preciso en que los restos de José Antonio descendieron a la tumba transitoria de la basílica escualiarense, tras un entierro que habría repudiado?

Con José Antonio y Durruti murieron, sin género de dudas, dos expresiones germinales de una emoción popular e histórica auténticamente española. Y aparecían, ciertamente, dos burocratizacones absolutistas: la comunista del lado rojo y la cedista del lado nacional. La primera no tardó en ser derrotada, con la colaboración reivindicativa de los hombres ya frustrados de Durruti. La segunda fue acomodada a una necesidad de trabazón de un nuevo y peculiar populismo pragmático por un hombre con carisma de antiguo caudillo, en el que creyó el pueblo, aunque no las eternas y superficiales clases dirigentes: Francisco Franco.

Nadie más lejos del cenetismo y del falangismo que Francisco Franco. Y sin embargo, Franco era para el pueblo la quinta esencia de ese planeamiento ancestral y personalista del poder que los españoles sustentamos y que José Antonio concretó en una afirmación de hondura humanista y casi mágica a los oídos populares: “El hombre es el sistema”. Franco fue un hombre extremosamente realista. Lo más contrario a cualquier tentación utopista. Ni democrático, ni fascista. Creía con hondura en muy pocas cosas (Dios, España, la autoridad, la soberanía, y apenas nada más), pero entre ellas creía en el hombre. Y, contrariamente a los intelectuales y políticos europeízados, creía en el hombre español en el español del pueblo; acaso porque conocía sus defectos y no le emborrachaban sus virtudes castizas.

Franco, pienso, murió también el 20 de noviembre, para significar que él había creado los supuestos socioeconómicos y de autodisciplina popular, capaces de hacer posible, sin estridencias utopistas ni excesos revolucionarios, con serenamiento, el Estado humanista y social que subyacía bajo la sugestiva retórica y la formidable energía individual características de CNT y FE. Y, también, es justo recordarlo, del tradicionalismo rural.

En vez de eso, nuestras clases políticas, intelectuales y económicas, renacidas al imperio de su secular estulticia, persiguen retrotraernos ahora a la situación que hace medio siglo hizo necesario el estallido cenetista y la eclosión de Falange Española.

El 20 de noviembre significa, para mí, la necesidad de no reactualizar lo que, en sus formalidades externas y en sus extremosidades circunstanciales, murió en 1936 con dos muertes. Hay que enterrar las formas coyunturales de presencia y sus manifestaciones retóricas y abrir los sepulcros, para que, sobre los surcos ansiosos de la tierra en crisis que transitamos, germinen las ideas y las energías enterradas.

Dispuesto el tránsito reformista desde la soberanía a la servidumbre, desde la libertad a la humillación, debemos tomar este 20 de noviembre como símbolo fundacional de un huevo humanismo social, cuyo suelo histórico abonaron bajo tal signo, tres españoles singulares, de dinero talante y contradictorias biografías.

Ismael Medina