En la calle del Príncipe

 

Conferencia pronunciada por Manuel Parra Celaya en la Hermandad
del Frente de Juventudes de Barcelona, el 25 de octubre de 2012

 

A  modo de introducción…

 Estas palabras que vais a escuchar  obedecen a una conmemoración del 29 de octubre, que se considera la fecha fundacional de Falange Española por  aquel acto “de afirmación española” que tuvo lugar en el madrileño teatro de la Comedia  en la madrileña  calle del Príncipe.

Permitidme que no recurra a dos formas tradicionales de glosar esta conmemoración: ni  al simple panegírico de las palabras de José Antonio  hace casi 80 años, lo que sería un puro ejercicio de nostalgia, ni a la transpolación de su mensaje  a nuestros días, lo que constituiría un ejercicio de anacronía  y oportunismo.

Os propongo  un viaje por el tiempo y por la historia a modo de relato, para lo que pido vuestra complicidad e imaginación…

Y voy a dar entrada a  este recorrido con una cita intencionada que no corresponde al mitin de la Comedia, sino a dos años después: “La política es una partida con el tiempo en la que no es lícito demorar ninguna jugada. En política hay obligación de llegar y de llegar a la hora justa”.

Nuestro viaje en el tiempo tendrá cuatro estaciones, correspondientes a cuatro épocas históricas; la última dará entrada al futuro…

I. Hoy estamos a 23 de marzo de 1914.

Por la calle del Príncipe transitan muchas más personas que de ordinario; parece que se dirigen a un punto en concreto, porque se aglomeran en la entrada del teatro de la Comedia; allí va a hablar hoy José Ortega y Gasset, que, a  pesar de su juventud (tiene  treinta y un años), es ya catedrático de Metafísica  de la Universidad de Madrid, tras unos años en las de Leipzig, Berlín y Marburgo, en las que ha ampliado sus estudios tras el doctorado. Nos unimos al gentío…

Hay expectación entre el público, ya que el orador  habla en nombre de la “Liga  para  la Educación Política”, fundada el octubre pasado y a la que pertenecen algunos que tienen peso específico en la intelectualidad española: Constancio Bernaldo de Quirós, Manuel García Morente, Salvador de Madariaga, Ramiro de Maeztu, Federico de Onís, Ramón Pérez de Ayala, Manuel Azaña, Antonio Machado… junto a algún nombre prácticamente desconocido, como el del joven poeta Pedro Salinas.

 Todo el mundo sabe que la Liga está vinculada al Partido Reformista, y que Ortega, siete años atrás, formó parte de la Sociedad Fabiana, ligada a los socialistas; esto de ahora parece ser algo más decisivo y de más calado.

Los hombres de la “Liga para la Educación Política” son intelectuales, no políticos, pero ahora parece que quieren dar el paso al frente en la cosa  pública, sin descuidar su tarea de pensamiento y de creación; el propio Ortega ha publicado “El tema de nuestro tiempo”, donde se inicia su aportación que denomina “teoría de la Razón Vital” y tiene en máquinas “Meditaciones del Quijote”. Otro rasgo común entre ellos es que han viajado bastante por Europa, estudiando en otras naciones: difícilmente se les puede calificar de “provincianos”. Muchos han sido becados por la Junta de Ampliación de Estudios, que dirige Santiago Ramón y Cajal desde la muerte de Giner de los Ríos; en ellos se advierte la impronta krausista, por lo que son mirados con recelo por los sectores más  tradicionales.

El título de la conferencia de hoy es sugerente en esta línea: “Vieja y nueva política”.

En el vestíbulo nos dan un ejemplar del “Prospecto de la Liga”, que ha redactado el propio Ortega; con  él en la mano, nos disponemos a oír al orador.   

Comienza diciendo que habla en nombre de una generación  “que nació a la atención reflexiva en la terrible fecha del 98” y que “al escuchar la palabra España siente dolor”. Ya había dicho algo semejante la generación anterior, la de don Miguel de Unamuno, de la que les separan el pesimismo y el casticismo… y esperamos que la fecundidad en la práctica política.

 Por lo menos eso se deduce de sus palabras, porque la política, para él y su grupo, “es tanto como obra de pensamiento obra de voluntad” y ahora “es menester que nuestra generación se preocupe con toda conciencia, premeditadamente, orgánicamente, del porvenir nacional”. Es dura su crítica del momento presente y de la España de la  Restauración, y considera que Monarquía y República son nada más “dos esquemas simplistas puestos sobre todas las cosas nacionales”; también dice que los programas de los partidos son “caducos e inútiles”, cuando lo que verdaderamente hace falta es “justicia y eficacia”.

Distingue entre lo que llama la “España oficial(“Toda una España –con sus gobernantes y sus gobernados- con sus abusos y sus usos, está acabando de morir”) y una “España vital”, para potenciar la cual hay que “suscitar, estructurar y aumentar la vida nacional en lo que es independiente del Estado”, mediante “propagandas creadoras de  órganos de sociabilidad, de cultura, de técnica, de mutualismo, de vida humana… de energía pública”; aclara  su objetivo: “aumentar el pulso vital de España”.

Nos propone ir “a ver España y  a sembrarla de amor y de indignación”  para  lograr  “una España vertebrada y en pie”.

¿Qué ideología sustenta tan bellas palabras? Consultamos las notas que hemos ido tomando a lo largo de la conferencia: “La obra más característica que quisiéramos realizar, que por lo menos vamos a ensayar, consiste en poner junto a aquella afirmación genérica de liberalismo (y que incluye en sí, naturalmente, todos los principios del socialismo y del sindicalismo en lo que éstos tienen de no negativos, sino de constructores), el principio de la organización de España”.

Salimos del teatro y parece que hemos recibido una bocanada de aire fresco…de aire libre. Unos van hacia la plaza de Canalejas, otros hacia la plazuela de Matute. ¿Hacia dónde encaminaremos nuestros pasos políticos los españoles?

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Nos ha  tocado vivir una época convulsa: la guerra contra el moro sigue en su apogeo; hace apenas siete años que toda España se ha sacudido por los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona; han menudeado las manifestaciones en el extranjero por el asunto de Ferrer y Guardia y son constantes las algaradas en nuestras calles… Verdaderamente, la “España oficial” parece no tener pulso.

Pero hay una nueva generación en liza, precisamente la que Ortega acaba de presentar  públicamente y a la que Azorín ha saludado con respeto como tal generación nueva; han tomado la decisión de “hacer política” y, además, con rigor intelectual.

No ocurre solo en España; de forma similar, en Francia, en Inglaterra, en Alemania, en Italia, se denuncia la “vieja política” y jóvenes elites de pensadores se afanan en diseñar nuevos rumbos. Mas algo va a detenerlos: en seis meses apenas, con los calores del agosto, nos llega la noticia de que los viejos imperios se han enfrentado entre sí; en un primer momento hablamos de Guerra Europea, pero va  a ser Mundial; nadie se lo podía creer…

Los cafés de España se agitan en el debate entre germanófilos y  francófilos, pero algunos jóvenes de la misma generación de Ortega y su Liga consideran que toda guerra europea es una guerra civil. Eso es lo que publicará la revista “España” en febrero de 1915, con el “Manifiesto de los Amigos de la Unidad Moral de Europa”, cuyo primer firmante es un catalán, don Eugenio d´Ors, que ha acuñado para sus compañeros de generación el apelativo de “novecentistas”.

Sin embargo, la guerra sigue y se va  a prolongar durante cuatro años. Aparte de los terribles estragos y de la mortaldad entre la juventud europea, va a provocar una serie de consecuencias para el porvenir: de momento, el cambio radical del mapa de Europa, con la desaparición de antiguas estructuras imperiales que dotaban de cierta solidez al Viejo Continente; la entrada del Nuevo, de la mano de los EEUU de América; también, la llegada , desde la lejana Rusia, de una fe nueva, el bolchevismo, que se basa en las teorías de Marx y de Engels; su líder, Lenin, extiende el influjo de su lucha y de sus ideas,  como una mancha de aceite, por todas las naciones, vencedoras y vencidas. Hay, además, una juventud excombatiente que grita su cansancio ante los viejos caminos y las fórmulas  periclitadas, y, al modo de la fe bolchevique, anuncian promesas revolucionarias; empezará a llamarse, genéricamente, Fascismo. La vieja Europa se va muriendo, ya no desangrada pero sí exhausta.

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Entretanto, en España, la generación de Ortega va adquiriendo carácter: defiende el liberalismo, sí, pero admite el intervencionismo del Estado frente al individualismo que predicó en el siglo XIX; se nota la impronta krausista  mencionada, que impone un cierto organicismo como forma mejor de entender la sociedad; son demócratas, pero advierten que el pueblo español está sumido en la incultura, y no solo en el ámbito político; critican el carácter confesional del Estado y sienten ramalazos anticlericales; hablan de nacionalizar y encuentran a la Monarquía poco adecuada para ello; Ortega va a acuñar  el vocablo totalizar frente al  particularismo que nos invade; como herederos de Joaquín Costa, sin reformistas radicalmente, aunque no se consideran revolucionarios porque asocian esta palabra al desorden; sus coqueteos con el socialismo no excluyen el horror que les produce su dogmatismo.

Como en la profecía de Costa, va a surgir el cirujano de hierro, pero la generación del 14, como se le llama, no lo reconoce y se enfrenta a él; don Miguel Primo de Rivera logra un paréntesis en el desbarajusta y en el atraso, pero sus avances lo son en la superficie; los problemas de fondo subsisten, y a él le falta el apoyo de la juventud y, precisamente, de los intelectuales.

 La “generación del 14” apuesta hacia un cambio de gobierno, de forma de Estado, aunque sus tendencias se van pronunciando en varias direcciones: unos, encabezados por Fernando de los Ríos, anuncian una ideología abiertamente socialista; otros, más moderados, se apoyan en la clase media y sostienen un cierto programa social, con un intelectual despechado al frente: Manuel Azaña; el resto, con Ortega a la cabeza, con un tono más elitista y universitario, materializan sus aspiraciones en la “Agrupación de Intelectuales al Servicio de la República”, verdadera continuación de aquella Liga de 1914.

 Junto a Ortega, Pérez de Ayala, el doctor Marañón, García Valdecasas… Su “Delenda est Monarchia” es la puntilla para la dinastía Borbónica, la puerta abierta para la República y el fin de la etapa de la Restauración, la que inútilmente intentó salvar el Directorio de Primo de Rivera, finalmente “borboneado” por un rey que ahora parte hacia el exilio.

 Una ocasión en la histortia: el 14 de abril de 1931. Pero de su desengaño casi inmediato dará fe Ortega en otro acto público, este en el Cine de la Ópera a finales del mismo año; esta vez es el grito de “¡No es esto!¡No es esto!”, con el que se anuncia, a la vez, su disconformidad con el sectarismo del nuevo régimen y su retirada de la política; el desaliento ha cundido en toda la generación.

 II. Ha pasado el tiempo, exactamente diecinueve años. ¿Reconocemos España y Europa en la agitación, la crisis y las esperanzas?

 En la calle del Príncipe vuelve a  apreciarse más afluencia que de costumbre; nuevamente, los pasos se encaminan hacia el viejo teatro de la Comedia, cuyo empresario, Tirso Escudero, había sido amigo del General  Primo de Rivera. Porque, precisamente, uno de los  oradores de hoy es su hijo José Antonio, que cuenta tan solo treinta años.

 Esta vez se aprecia a simple vista una diferencia con respecto a aquel discurso de 1914: hay bastantes medidas de seguridad y se distinguen algunos uniformes azules de la Guardia de Asalto republicana. Se comenta que el gobierno de Martínez Barrios ha dado autorización, y eso es lo más extraño, tratándose del primer acto público fascista, aunque la convocatoria dice “de afirmación española”. Y todos recordamos lo que ocurrió con el primer número del periódico “El Fascio”, que fue rápidamente recogido por la policía.

 Nos mezclamos con el público: ¡qué variedad! Reconocemos a un grupo de estudiantes  tradicionalistas y a algunos “legionarios de España”, esos del Dr. Albiñana; hay personas maduras, de las “de orden”, sin duda partidarios del General Primo de Rivera, antiguos afiliados a su Unión Patriótica; también está el joven Ramiro Ledesma  Ramos con varios de sus jonsistas , considerados partidarios de un fascismo revolucionario, por lo que no han tenido dudas en aclamar al aviador Ramón Franco, el mismo que intentó bombardear el Palacio Real cuando la sublevación de Jaca; hay muchos jóvenes desconocidos, algunos de los cuales levantan el brazo a la romana al saludarse; gente bien vestida y gente del pueblo llano…

 Los oradores prometen: el militar navarro Julio Ruiz de Alda, héroe del “Plus Ultra”; Alfonso García Valdecasas, que fue diputado por aquella Agrupación al Servicio de la República de Ortega y que ha fundado el grupo que llama “FE”, Frente Español, cuyas siglas coinciden con las de “Fascismo Español”, que es, al parecer, como se ha subtitulado el  sector “Movimiento Español Sindicalista”, que acaudilla el joven Primo de Rivera. ¡Vaya lío de siglas!

 El que más llama la atención es el último orador, que ha hecho sus pinitos políticos  en defensa de la memoria de su padre. No es extraño que los amigos de la familia asistan al  acto; de paisano, pero fácilmente  reconocible, el general Varela.

 Preside el acto Narciso Martínez Cabezas, quien presenta al primer orador, García Valdecasas. Sorprendentemente, empieza rechazando el apelativo de “fascismo”: “España debe extraer sus fórmulas políticas de su propio ser”. Ruiz de Alda –al que se nota poco avezado a hablar en público- propone crear “un organismo vivo, de acción directa, de ofensa y defensa”, formado sobre por todo por jóvenes, aunque ya sabe que van a tener en contra a las organizaciones obreras de carácter “violento y exclusivista”, a los partidos republicanos y a las derechas. El orador no ha estado mal y los aplausos lo confirman.

 Se levanta José Antonio Primo de Rivera, al que se nota, al principio, nervioso (este chico parece tímido). Arranca su discurso: “Nada de un párrafo de gracias…”

 Comienza, así, ex abrupto, sin preámbulos ni concesiones a la  galería. La alusión sorprendente a  “un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau” abre la crítica al relativismo liberal, para el que no existen  “categorías permanentes de razón” sino “decisiones de voluntad”. Con ironía, añade que el sistema democrático es “el más ruinoso sistema de derroche de energías”, ya que el político tiene  que dedicar casi un noventa y cinco por ciento de su tiempo “ … a intentar reclamaciones formularias, a hacer propaganda electoral, a dormitar en los escaños del Congreso, a adular a los electores, a aguantar sus impertinencias (…) y, si después de todo esto le quedaba un sobrante de algunas horas en la madrugada (…) es cuando el hombre dotado para gobernar podía pensar seriamente en las funciones sustantivas de gobierno”.

 Pero lo  peor  -sigue diciendo- es la pérdida de la unidad espiritual de los pueblos, porque  los candidatos rompen uno de los postulados del Estado Liberal, la fraternidad, ya que para procurarse la mayoría de sufragios no tienen  el menor inconveniente “en robárselos a los otros partidos, en calumniarlos, en verter sobre ellos las peores injurias, en faltar deliberadamente a la verdad, en no desperdiciar un solo resorte de mentira y de envilecimiento”.

 Y también  se produce la quiebra del postulado de la libertad, porque el liberalismo ha deparado la esclavitud económica a los obreros, que “tuvieron que defenderse contra aquel sistema, que solo les daba promesas de derechos, pero no se cuidaba de proporcionarles una vida digna”; por ello, fue justo el nacimiento del socialismo. A los que asistimos al mitin nos viene ahora a la memoria la colaboración de la UGT con el Directorio Militar y recordamos que Francisco Largo Caballero llegó a ser Secretario de Estado…

 Nos damos cuenta de que José Antonio Primo de Rivera está trabajando un esquema dialéctico: ha empezado describiendo una tesis inicial, el liberalismo; ha sometido a crítica sus principios y sus consecuencias históricas, y ahora está analizando la antítesis, el socialismo, que se ha descarriado  “en la interpretación materialista de la vida y de la historia”, “en un sentido de represalia”, “en la proclamación del dogma de la lucha de clases”. Por ello, en su opinión, “no aspira el socialismo a restablecer la justicia social rota por el mal funcionamiento de los Estados Liberales, sino que aspira a la represalia”: “Y el socialismo, que vino a ser una crítica justa del liberalismo económico, nos trajo, por otro camino, lo mismo que el liberalismo económico: la disgregación, el odio, la separación, el olvido de todo vínculo de hermandad y de solidaridad entre los hombres”.

El orador pasa revista al mundo en que vivimos (“en ruina moral”) y, en concreto, a España (“dividida por todos los odios y todas las pugnas”), pero cree que existe un pueblo español sano en el fondo, con  “gentes dotadas de una elegancia mística”.

En su discurso hegeliano llega ahora a la síntesis. Anuncia un movimiento, que no un partido, que “no es de derechas ni de izquierdas”, porque  “en el fondo, la derecha es la aspiración a mantener una organización económica, aunque sea injusta, y la izquierda es, en el fondo, el deseo de subvertir una organización económica, aunque al subvertirla se arrastren muchas cosas buenas”.

Habla de la patria (“unidad total”, “síntesis trascendente”, “síntesis indivisible”, “unidad irrevocable”), a cuyo servicio debe estar un nuevo Estado.

No propone un programa, sin embargo, sino “un sentido permanente ante la historia y ante la vida”; y va desglosando lo que compone la nueva doctrina: “unidad de destino” que integre a todos los pueblos de España; participación a través  de las “entidades naturales” y no mediante los partidos políticos; respeto a la libertad profunda del hombre (“menos palabrería liberal”); derecho y deber del trabajo (“ni convidados ni zánganos”); respeto al espíritu religioso pero –apunta- separación de las funciones del Estado y de la Iglesia; recobro para España  del “sentido universal de su cultura y de su historia”... Añade que, si para conseguirlo, hay que acudir  a la violencia, no habrá que detenerse ante ello (que es lo que están diciendo a diario, y haciendo en muchos casos, todos los grupos de  la derecha y de la izquierda, por lo que nadie se puede escandalizar).

El público le va  -le vamos- interrumpiendo con aplausos: esto es  algo nuevo, tanto en el contenido como en el lenguaje. Está proponiendo no solo  “una manera de pensar sino una forma de ser”: “Tenemos que adoptar ante la vida entera, en cada uno de nuestros actos, una actitud humana, profunda y completa. Esta actitud es el espíritu de servicio y de sacrificio, el sentido ascético y militar de la vida”.

 Su gesto es el de los antiguos señores (a exaltar esta figura dedica un párrafo), que solo alcanzaban la auténtica jerarquía mediante el servicio.

 Está alzando una bandera, y esto lo  percibimos los que estamos oyéndole; como él mismo dice, está desgranando la “poesía que promete” frente a la “poesía que destruye”. Es escéptico, aun siendo candidato, sobre el resultado y la eficacia de las próximas elecciones (“votad lo que es parezca menos malo”), porque reclama que  “nuestro sitio está fuera, aunque tal vez transitemos, de paso, por el otro. Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo y, en lo alto, las estrellas”.

El público se ha puesta en pie para aclamarle. Algunos levantan el brazo. El mitin –insólito en la España de hoy, 1933- ha terminado.

Salimos a la calle y no percibimos alboroto alguno, aunque quizás lo haya habido en algún callejón lateral. Lo cierto es que la tranquilidad  -de cuerpos y almas- es absoluta. Volvemos a la cruda realidad de nuestros días republicanos…

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¿Ha tenido repercusión el discurso de José Antonio y sus compañeros? De forma inmediata, acaso ha pasado desapercibido para una inmensa mayoría de españoles; a pesar de que se autorizó su retransmisión radiofónica y de que dos periódicos se han hecho eco de sus palabras, no ha causado gran impacto en la vida política, que sigue su curso.

 Si dejamos pasar unos meses, veremos que sí ha cuajado en amplios sectores juveniles e intelectuales  y se considerará como el “texto fundacional” de Falange Española (FE), legalizada definitivamente con este nombre.

El tiempo pasa deprisa…

(Echemos una ojeada a lo que ocurrirá bastantes años después: ahora el discurso es conocido por muchos españoles, y quizás está devaluado por la instrumentalización de que ha sido objeto; lo repiten cada año, en la fecha del 29  de octubre  desde los micrófonos de Radio Nacional y, posteriormente, hará lo mismo Televisión  Española. Pero eso es correr mucho en el futuro).

Nos importa su impacto como inicio de la andadura de un grupo político joven .El propio orador, ahora Jefe Nacional de Falange, dirá un año después que aquel discurso tuvo “el candor y la ingenuidad de la infancia”, pero para la mayoría de analistas posteriores en él se contienen los elementos básicos, las constantes, de su pensamiento político apenas esbozado entonces, desarrollado y evolucionado durante los tres años siguientes y truncado en esta evolución, con el fusilamiento del orador, a partir de la posguerra. También, para otros analistas, se contienen en el discurso algunas “contradicciones internas” del nuevo movimiento.

En síntesis, el discurso del teatro de la Comedia había propuesto el reencuentro con la esencia de España proyectada hacia el futuro y apuntaba hacia una empresa revolucionaria  - esto es, radicalmente transformadora- que hiciera coincidir la España metafísica  -la soñada, la percibida con los ojos de la inteligencia, de la razón y del espíritu- con una  España real , ya que la  España oficial , como la de 1914, no parecía tener visos de solución.

El discurso del joven José Antonio no puede encuadrarse dentro de los cánones de la derecha tradicional, aunque contenga elementos válidos de la tradición; ni dentro de una especie de “fascismo a la española”, aunque también contenga aspectos fascistas al uso de su tiempo; ni dentro de la  izquierda, aunque proponga recuperar los valores primigenios del socialismo por la justicia social.

El gran secreto a voces del paso al frente de José Antonio en la vida política es encontrar, en su momento histórico, la “hora de España”: el instante justo de la historia en que España recupere su papel de universalidad entre las demás naciones y, de cara al interior,  consiga vertebrarse, ante el tiempo que se avecina en Europa.

¿Hemos dicho “vertebrarse”? Sí, porque José Antonio, admirador y discípulo de Ortega y Gasset, pretende en el fondo recuperar la tarea frustrada de la generación anterior. Si Ortega había configurado, desde la filosofía, una visión española del mundo moderno, su alumno pretende igualmente crear una interpretación española del mundo “a lo político”, del mismo modo que nuestros clásicos adaptaban obras “a lo divino”, respetando la guía y la belleza originales.

El discurso de José Antonio del 29 de octubre de 1933 denuncia, lo mismo que el de Ortega diecinueve años antes, una “vieja política”, que ha llevado a España a la ruina, y propone una” nueva política” caracterizada por la renovación  de toda la sociedad , dinamizada  -como en Ortega- por una  “minoría rectora”. En el lenguaje de la época, lo llamo “revolución”, porque hay que emplearse a fondo, no limitarse a cambios, aunque sean positivos, en la superficie, tal como había hecho el general  Primo de Rivera, su padre, y tal como lo hará posteriormente Francisco Franco.

Para ello, se propone José Antonio  y su naciente Falange Española (pronto Falange Española de las JONS) empalmar con la revolución del 14 de abril, aquella que representó otra ocasión para España; aquella por la que había apostado el maestro Ortega y su generación y de la que dimitió, por asqueamiento y cansancio. De ahí, el “homenaje y reproche” que le enviará a Ortega  - sin acuse de recibo- el discípulo al maestro.

Pero ya es tarde para la rectificación. Acaso todos los grupos, partidos e ideologías son incapaces para ello. España entra, tres años después del mitin de la Comedia, en una larga guerra civil. Tras ella,  las intenciones de José Antonio se desdibujan, en el mejor de los casos; se tergiversan y manipulan en otros. Con todo, varias generaciones de españoles se identificarán con el proyecto joseantoniano.

 Extinguido el eco del último disparo en España, es el mundo entero el que entra en una vorágine de proporciones impensables y sin precedentes. Recordemos solamente que el  último acto de aquella  Segunda Guerra Mundial –que deja en mantillas la Primera, la que conoció la generación de Ortega-  son las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki, que abren una nueva era, la nuclear, y amenazan con abatir a la humanidad entera. De momento, logran derrumbar las convicciones más profundas del orgulloso Hombre Moderno: el progreso y la razón  y  la razón.

El mundo se  va a dividir en dos mitades separadas por dos gruesos “telones”: uno, fronterizo y con alambradas en Europa, va a llamarse “de acero”; el otro, ideológico, es ultracontinental. Los vencedores de la guerra mundial se han repartido el orbe: capitalismo contra comunismo. Como dirá un chusco, “explotación del hombre por el hombre… y al revés”: dos caras de la misma moneda.

Entretanto, España vive su  existencia peculiar: un régimen personalista, una  autocracia, que camina de forma cada vez más clara a su alineación en el bloque capitalista.  La nación prospera económicamente, se moderniza, crea una importante clase media, basamento de la industrialización de la que se carecía; deja de ser una sociedad de analfabetos y de desesperados.

¿Quiere decir esto que se ha conseguido su  vertebración, aquella que ansiaban Ortega en 1914 y José Antonio en 1933? Creemos que no.

Todo lo humano es efímero y más si depende de un solo hombre. España vuelve, a la muerte de Franco, a “perder su hora”, su ocasión histórica, pues, por debajo de su prosperidad material lograda, subsiste la triple división de los españoles en particularismos: en clases sociales, en insolidaridades regionales, en banderías políticas.

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III. Hace pocos días celebrábamos los españoles (algunos, por lo menos) una fecha decisiva de la historia, calificada en los calendarios  oficiales como “fiesta nacional”, pero poco o ningún eco han parecido tener la efemérides y los actos protocolarios de la jornada. Otra vez la “España oficial”, sin nervio y sin alas… Estamos, por cierto, en el 2012. ¡Parece que era ayer cuando celebrábamos como chiquillos l llegada del nuevo milenio y ya han transcurrido 12 años!

 Hoy es día 25 de octubre, jueves. Aprovechemos el día para pasear por las calles del  viejo Madrid en otoño, su mejor estación. Dudamos  en Canalejas: ¿irán  nuestros pasos hacia Sol o gozaremos de la suave temperatura dejándonos llevar por la Gran Vía hacia el Retiro?

 Ni lo uno ni lo otro; entramos, empujados por un impulso inconsciente, por la calle del Príncipe. Las puertas del teatro de la Comedia están cerradas a cal y canto y las paredes adyacentes ostentan jirones de viejos carteles de estrenos. Todo respira  abandono y silencio. Hasta hace poco, había que alzar la vista, a sabiendas, para casi adivinar una placa de mármol donde se leía a duras penas que allí “José Antonio convocó a la juventud española…” Esa placa ya no existe, ha sido arrancada con la excusa de no se sabe qué obras de reforma del teatro. Hoy no nos ha convocado nadie allí y los jóvenes españoles no saben ni siquiera quién fue ese José Antonio.

 La Modernidad que vivieron los oradores del teatro de la Comedia  -el maestro en 1914 y el discípulo en 1933- se ha difuminado hace ya bastantes años, tras aquella quiebras brutal de 1945. A la nueva era algunos la llaman  Posmodernidad  y otros, con más fortuna,  Modernidad líquida.

 A nuestro parecer, esta última expresión es la más ajustada porque, evidentemente, hoy en día  nada permanece en lo que era; todo cambia aceleradamente, al modo de los líquidos que se adaptan a nuevos recipientes sin conservar para nada la posible forma  del espacio que antes los había contenido. A muchos nos cuesta reconocernos, cada mañana, ante el nuevo mundo que nos ha amanecido.

Un pensador español coetáneo ha acuñado otra metáfora para designar nuestros días: mercurial; aunque él la utiliza para referirse, en concreto, al amor al uso, vamos a tomarnos la licencia de aplicarlo  a la historia y a la política, porque para nosotros  -que presumíamos de clásicos pero nos  estamos  volviendo sentimentales-  ambas eran un “quehacer de amor”. Al igual que las bolitas de mercurio de los termómetros rotos, ora agrupándose, ora dividiéndose en minúsculas partículas, las realidades de nuestros días nos deparan constantemente el sobresalto de no querer adoptar estructuras sólidas y firmes. Incluso España.

 Porque esta España que nos ha tocado vivir sigue cuestionándose a sí misma en perpetuo  juego de Penélope. A fecha de hoy, las Autonomías pugnan entre sí y contra los restos del  Estado español por los más variados temas: asignaciones presupuestarias, rescates, atribuciones, competencias estatuarias, agua de los ríos…, y en alguna de ellas subyace con fuerza el prurito de no querer ser España. Hace escasamente mes y medio, la sesuda y “democrática” CiU, en Cataluña, por boca de su presidente  y “mesías”, Artur Mas, ha llamado públicamente a la separación  del resto de España. Y hace menos de una semana que las elecciones autonómicas vascas han dado una abrumadora mayoría nacionalista (esto es, separatista) en sus escaños. La unidad, la existencia y la propia esencia de España están en entredicho.

Por otra parte, algunos se empeñaron, y siguen en ello, en sacar de los armarios fantasmas de aquella guerra civil de hace tres cuartos de siglo, en resucitar odios que ya nadie mantenía. Otros, que se consideran más  avanzados, resucitan cuestiones de hace dos o más siglos, como la vigencia de los principios de la primera Constitución liberal.

Las clases sociales están desdibujadas, pero cada grupo, sector, profesión o estamento siente en lo más hondo un particularismo extremo, sin la menor cabida para la solidaridad. Incluso advertimos un particularismo más atroz: el del hombre consigo mismo, en forma de  crisis moral y humana sin  precedentes, en la que el relativismo y el nihilismo son los elementos fundamentales del corazón del  ser humano.

Muchos creían  - o creíamos- que la tarea de  unificar Europa, sentida como necesidad y vivida como esperanza, iba a ser la solución de nuestros problemas. Te equivocaste, maestro Ortega: España sigue siendo el problema, pero Europa no ha sido la  solución, quizás  porque Europa tampoco se encuentra a sí misma en la  liquidez  o  merculiaridad del momento.

En España, el analfabetismo es ahora funcional y cultural: igual que se desconoce al discípulo, José Antonio, también se desconoce al maestro, Ortega. No hay riesgo de que nadie grite ahora, con acento constructivo,  “Delenda est  Monarchia!”, ni tampoco hay asomo de que nadie, conscientemente, diga un “¡No es esto! ¡No es esto!” Hace apenas un año tuvimos la esperanza de que muchos jóvenes convirtieran su “indignación” en dignidad, pero todo quedó en agua de borrajas y en anacrónicos y estériles asamblearismos  con tufo a acracia  de “ni-ni”. La Segunda Restauración permanece en sus oropeles amparando la mediocridad y la chabacanería de la vida nacional. Acaso José Antonio también se equivocó al atribuir tan excelentes cualidades al pueblo español…

Quizás tampoco haya pueblo español. Todo se ha disuelto en la dorada Mundialización: los negocios son planetarios, los problemas también, y el “efecto mariposa” en la economía y en la política nos pone constantemente el corazón en un puño. Masas de seres humanos se desplazan en busca de una  vida mejor; son el nuevo proletariado, y la heterogeneidad, que podría ser enriquecedora, deviene en fuente de marginalidad. Ya no hay dos bloques de influencia ni telones de acero, pero sí un renacido Islam fundamentalista que acomete a un Occidente que, al haber renunciado a sus creencias, está inerme ante el ataque.

La Aldea Global se impone por doquier y, en el caso español, somete con facilidad a las Pequeñas Aldeas de la diáspora autonómica. Hispanoamérica  (que responde complacida a un extraño “Latinoamérica) siente envidia  de su vecino del norte y aspira a ser “yanqui” de segunda categoría, mientras renuncia  a su herencia mestiza en pro de un confuso indigenismo estéril y tercermundista.

Volvamos a España. Si en otras naciones de su entorno existe, más o menos sutil, un  proyecto nacional, aquí se sustituye por la indiferencia. Seguimos careciendo de minorías egregias que eleven la voz y sirvan de conciencia y de guía. En lugar de potenciar la excelencia, hemos sucumbido a la tentación de la mediocridad.

Es más grande que nunca el abismo que separa la “España oficial” de la “España vital”, aunque esta  última lo sea escasamente, víctima del individualismo y del  particularismo: de las personas, de los grupos, de los pueblos y regiones. Otra vez Ortega.

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 IV.  La aceleración histórica y la propia crisis que sacude Occidente pueden jugar, sin embargo, a nuestro favor.

 Quizás en algún momento de nuestro futuro, algún hombre joven se dirigirá al empresario del teatro de la Comedia, que volverá a abrir sus puertas, en la calle del Príncipe de Madrid. O en algún otro teatro, en alguna otra calle, de cualquier rincón de España o de Europa. O, acaso, en algún portal de Internet.

 Este hombre joven no repetirá palabras de José Antonio o de Ortega, pero seguro que tendrá en cuenta, para un mundo nuevo, la esencia de los presupuestos de ambos para el mundo de ayer. Será una proclama de la inteligencia creadora del  alma de lo español.

 Y entonces será la hora de España, y de Europa, que es tanto como decir de todos los seres humanos integrados en la armonía de la Creación.

 Entretanto, vayamos preparando el futuro, con ejemplaridad, constancia y  vocación de educadores.

 Muchas gracias.

Manuel Parra Celaya