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Antonio
Gonzalo Cerezo Barredo

 

 
 

 

Antonio Castro Villacañas, naturalmente. Siempre Antonio, para mí y muchos amigos y camaradas. Pongamos que yo era ambas cosas desde mi aterrizaje estudiantil en Madrid. Un chico de provincias llegado desde Gijón. En el Seminario Central del Frente de Juventudes, con Jorge Jordana de jefe. En SEU, también con Jorge. En Juventud, con Chuchi e Ismael Medina. En Alcalá y La Hora, con Jaime Suárez y Miguel Angel Castiella. En el colegio mayor Santa María, con Del Moral de rector, primero, y el propio Antonio después.

Era «el comienzo de una larga amistad» que las idas y venidas de nuestras trayectorias vitales, como las olas, alejaban o acercaban inopinadamente. Amigos varios la compartían. Cuando «los de fuera» volvíamos a provincias alternábamos, en cartas, escritos y bien intencionados poemas, esperanzas e inquietudes. Las borrosas fronteras de la edad y la comunidad de ideas, creencias, lecturas y aficiones nos unían. Algunos ya se han ido, como Jorge, Marcelo Arroita Jaúregui o Luis Ortega, Salvador Gay, Chus con el mismo apellido, pero sin parentesco. Otros resistiendo por esta España ancha, como Juan Echevarría, persistiendo, desde Barcelona, en mantener los lazos entrañables de aquel tiempo. Al propio Juan le gusta decir que somos los mismos, aunque quizá no somos ya lo mismo.

Al igual que ocurría con tantos otros miembros de aquella generación entre paréntesis, que no tiene –todavía– un nombre que la singularice, nuestras vidas paralelas corrían su destino. A veces confluían en el río común de la historia. No siempre nos gustaba la que se escribe con mayúsculas, de la que nos sentíamos excluidos.

Eran tiempos para el recuerdo y la nostalgia, que nos reunían en tertulias y yantares, para sobrellevar la dolorida memoria. Ángel María Pascual era nuestro poeta de cabecera (…en tu propio solar quedaste fuera...) En el desaparecido Bulevar, recuerdo la que nos convocaba últimamente. A un lado de la mesa Antonio, oficiando de incitador y/o (in)moderador; Eduardo Navarro, Chozas, Cañellas, Buceta, Gibello... Al otro lado, con diferencia de años y no sólo de holgura de manteles, Jesús Suevos, Chemari –dos históricos de Falange– Emilio Romero, Félix Morales; un enigmático general de Inteligencia –que nunca hablaba, pero se fijaba mucho tras sus ineludibles gafas oscuras– y alrededor animosos camaradas que no dejábamos nunca de acudir a la cita mensual con el recuerdo.

Pese a todas las contradicciones generacionales, unos cuantos llegamos hasta los aledaños de la gran Historia de la mano de hombres que, como Suanzes en el INI, Arrese en el primer Ministerio de Vivienda, Cavestany en su reforma agraria, o Licinio de la Fuente en un ministerio de Trabajo que prolongaba los límites de la Seguridad Social, estaban escribiendo.

Aún quedaba mucho camino por recorrer. El asesinato de Carrero –ahora lo vemos con toda crudeza– empujó al Régimen por el despeñadero de la gran Historia y el decurso del tiempo pisó bruscamente el acelerador. En aquellas horas inquietantes el futuro se deslizaba peligrosamente por el filo de la navaja. En la crisis subsiguiente, Utrera, otro «chico de provincias» de nuestra generación, curtido ya por el exitoso paso por tres gobiernos civiles, la Subsecretaría de Trabajo y la cartera ministerial de Vivienda, fue designado ministro Secretario General del Movimiento.

En cierto modo aquello suponía el reconocimiento del relevo. Tardío, demasiado tiempo esperado, de aquella promoción de los hermanos menores que no hicimos la guerra. Por primera vez un «flecha» llegaba a ostentar la máxima jerarquía del Movimiento. Por sí solo esto era un acontecimiento.

Utrera nos llamó a colaborar con él en puestos de responsabilidad; a Antonio, delegado nacional de Prensa; Eduardo Navarro, secretario general Técnico, y a mi, director de su Gabinete, promoviéndonos al mismo tiempo a Consejeros Nacionales por designación directa del jefe del Estado. Fueron tiempos turbulentos en los que la Secretaría General se vio en medio del fuego cruzado de la batalla política de las asociaciones. Hubo baja... por fuego amigo. La primera la de Antonio, víctima de «el gironzo». La segunda, de rebote de aquella bala perdida, el propio ministro Utrera. Hay otras historias y otros daños colaterales que no vienen a cuento ahora. Han pasado mucho tiempo y muchas cosas.

La vida y las tertulias siguieron devolviéndonos al mejor Antonio conversador brillante, observador crítico de la circunstancia, arraigado a sus más profundas fidelidades (cuando el yugo y las flechas habían desaparecido de la fachada del edificio de Secretaria General, descolgadas por sus últimos ocupantes) Antonio, contra toda corrección política, comenzó a lucirlas orgulloso en la solapa, sin que ello significara la fosilización de liturgias y pensamiento. Quiero decir que si Antonio era falangista lo era de la Falange de José Antonio, es decir la que, si José Antonio hubiera sobrevivido a aquella inevitable tragedia que dividió a los españoles, habría repensado y querido para nuestro tiempo. La vida (administrativa) envió a Antonio al exilio interior de «la provincia»: a Tres Cantos, término municipal de Colmenar Viejo, ciudad experimental del ministerio de Vivienda creada para ordenar el desordenado crecimiento urbanístico de Madrid.

Las tertulias recuperaron, como dije, su función esencial: hablar de lo que fuera, pero hablar. En una de las comidas de Bulevar, recurriendo a su admirado Quevedo, (...recogido en la paz de estos desiertos...) nos anunció que la aluminosis le «expulsaba» de su refugio del barrio cada vez más acastizado de La Castellana a aquel apéndice serrano del neoMadrid. Los inconvenientes sumados de la edad y la distancia, le alejaron cada día un poco más de nuestros habituales encuentros, pero no de la pluma, tan irónica siempre y acerada como la de su maestro. Seguía escribiendo, incansable y agudo, sobre cuanto el áspero panorama español le acuciaba y a la manera de El espectador de su otro maestro Ortega, nos deleitaba aquí y allá con sus siempre atinadas Apuntaciones. Así pues la batalla continuaba. Te recordaremos por ellas y por tantas cosas más. Tu guerra, nuestra guerra, sigue, aunque los que la ganaron no estén seguros hoy de si no la están, estamos, perdiendo. Tendrás que seguir bregando. José Antonio ya nos lo advirtió: el paraíso no es el descanso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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