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Ejercicio ante un 20 de noviembre.
Por Manuel Parra Celaya

 

 

 

Hace setenta y nueve años, en el patio de la prisión de Alicante, fue fusilado José Antonio Primo de Rivera, joven de treinta y tres años. ¡Cuántas cosas han pasado en España y en el mundo desde entonces! No obstante, su nombre sigue mencionándose -para bien o para mal- por parte de muchos españoles y, también, por otros más allá de lo que eran (y ya no lo son) nuestras fronteras.

Pero el tiempo no transcurre en vano. Casi todos hemos asumido -de la mano de ese joseantoniano, anciano de cuerpo y adolescente de alma, que es Enrique de Aguinaga- que José Antonio, más que ideólogo, ha devenido en arquetipo humano por excelencia: la manera de ser, él mismo lo apuntó, define mejor al ser humano que la manera de pensar.

Esto nos sirve en el ámbito de lo personal, si hemos asumido ese estilo que, en palabras de Spengler que él hace suyas, es la forma interna de una vida que, consciente o inconsciente, se realiza en cada hecho y en cada palabra. Pero, si pretendemos movernos en el ámbito de lo colectivo y, por qué no, de lo político, muchas veces no dejamos de sospechar y de reprocharnos cierta vocación de ucronía (esto es, algo fuera del tiempo) o de utopía (es decir, lo que nunca podrá ser en ningún lugar). Mas conviene afirmar que José Antonio no fue ni ucrónico ni utópico: lo primero, porque supo crear, con voluntad de adivinación, la concreción, en la hora exacta, de una manera de ser español con un lenguaje nuevo; lo segundo, porque, en el contexto europeo en que se movía, sí hubiera sido posible su proyecto revolucionario.

No, José Antonio no cayó ni en la ucronía ni en la utopía, y la razón estriba en que buscaba, ante todo, una eutopía, que quiere decir un buen lugar para que todos los españoles, dotados, según él, de ricas cualidades entrañables, pudieran vivir con Patria, pan y justicia.

Si nos limitáramos a repetir fórmulas joseantonianas como si, por sortilegio, tuvieran la capacidad de sobrepasar el curso del tiempo; si, empujados por la musa de la pereza o de un fetichismo histórico, nos limitáramos a desafiar a Cronos, flaco favor estaríamos haciendo, no ya a José Antonio --dichoso en el Paraíso- sino a la tarea que se impuso y por la que murió de convertir España en ese buen lugar con vida digna para todos sus habitantes. Y esta tarea, a poco que lo razonemos, no deja de ser revolucionaria en modo alguno.

Habrá que distinguir, al modo orteguiano, entre creencias e ideas; aquellas nos vienen dadas y conforman nuestra interpretación básica del mundo; estas las pensamos y rellenan las dudas que van dejando las creencias. Nuestro mundo de creencias, en lo metapolítico, lo compone en buena medida lo esencial de José Antonio; las ideas, en lo político, corresponden a nuestra responsabilidad, en el marco de nuestra elaboración actual, enmarcada en una circunstancia que, ni de lejos, fue la suya.

El objetivo para los joseantonianos es, por lo tanto, la búsqueda de la eutopía, no la esterilidad de la ucronía ni el sueño plácido de la utopía. Y debemos buscarla, y debatirla, junto con otros muchos españoles que, acaso por su edad, quizás por prejuicios y muchas veces por culpa nuestra desconocen a José Antonio.

Si así lo hiciéramos, sería un buen homenaje a su memoria en este 20 de noviembre de 2015, a los setenta y nueve años de su muerte en plena juventud.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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