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En la que Cataluña habita en José Antonio

Enrique de Aguinaga
 

 

En los años 1922 y 1923, José Antonio vive en Barcelona, siendo su padre, Don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, Capitán General de Cataluña.

Los biógrafos más atentos coinciden en apreciar que la estancia de José Antonio en Barcelona, en plena formación de su personalidad, fue definitiva para su proyección política. Su hermana Pilar así lo aprecia:

José Antonio empezó a enfocar España desde un punto de vista distinto y con un entendimiento y cariño hacia esta región que trasciende, después, en toda su trayectoria política. Porque, si bien es verdad que su primer planteamiento es la irrevocable unidad histórica de España, tiene, sin embargo, una penetración para los problemas locales, un respeto a las lenguas nativas y a la diversidad regional, que, quizá, de no haber vivido aquí, no los hubiera alcanzado en tal alto grado.(1)

Como el primer destino de Don Miguel, recién casado, también fue Barcelona, Pilar recuerda que José Antonio solía decir, ufano, que él tenía algo de catalán, porque había sido concebido en Barcelona. En cualquier caso, Cataluña habita amorosamente en José Antonio. El mismo lo recuerda risueñamente en el discurso que aquí pronuncia en agosto de 1930:

“He sentido, querido, gozado y sufrido en Barcelona y me han quitado bastantes noches el sueño algunos ojos catalanes radiantes, como esos que ahora me miran y que hubieran encendido en boca de mi pobre padre tres o cuatro floridos párrafos andaluces” . (2)

Es el mismo discurso en que recuerda cómo sus hermanas y sus tías, del 12 al 13 de septiembre de 1923 (la familia en vela, en Capitanía General), pasaron toda la noche rezando en la contigua iglesia de la Merced. (3)

Después, ya diputado en el Congreso, en todas las turbulencias parlamentarias donde se zarandeaba el nombre de Cataluña, José Antonio alza, una y otra vez, su transparencia.

Así, en enero de 1934:

“España es más que una forma constitucional, porque España es más que una circunstancia histórica, porque España no puede ser nunca nada que se oponga al conjunto de sus tierras y cada una de esas tierras”.

“Yo me alegro, en medio de todo ese desorden, de que se haya planteado de soslayo el problema de Cataluña, para que no pase de hoy el afirmar que si alguien está de acuerdo conmigo, en la Cámara o fuera de la Cámara, ha de sentir que Cataluña, la tierra de Cataluña, tiene que ser tratada desde ahora y para siempre con un amor, con una consideración, con un entendimiento que no recibió en todas las discusiones. Porque cuando en esta misma Cámara y cuando fuera de esta Cámara se planteó en diversas ocasiones el problema de la unidad de España, se mezcló, con la noble defensa de la unidad de España, una serie de pequeños agravios a Cataluña, una serie de exasperaciones en lo menor, que no eran otra cosa que un separatismo fomentado desde este lado del Ebro.

Nosotros amamos a Cataluña por española, y porque amamos a Cataluña la queremos más española cada vez, como al país vasco, como a las demás regiones. Simplemente por eso, porque nosotros entendemos que una nación no es meramente el atractivo de la tierra donde nacimos, no es esa emoción directa y sentimental que sentimos todos en la proximidad de nuestro terruño, sino, que una nación es una unidad en lo universal, es el grado a que se remonta un pueblo cuando cumple un destino universal en la Historia.

Por eso, porque España cumplió sus destinos universales cuando estuvieron juntos todos sus pueblos, porque España fue nación hacia fuera, que es como se es de veras nación, cuando los almirantes vascos recorrían los mares del mundo en las naves de Castilla, cuando los catalanes admirables conquistaban el Mediterráneo unidos en naves de Aragón, porque nosotros entendemos eso así, queremos que todos los pueblos de España sientan, no ya el patriotismo elemental con que nos tira la tierra, sino el patriotismo de la misión, el patriotismo de lo trascendental, el patriotismo de la gran España”. (4)

En febrero del mismo año y en el mismo Congreso, José Antonio dice:

“Cataluña es un pueblo esencialmente sentimental, un pueblo que no entienden ni poco ni mucho los que le atribuyen codicias y miras prácticas en todas sus actitudes. Cataluña es un pueblo impregnado de un sedimento poético, no sólo en sus manifestaciones típicamente artísticas, como son las canciones antiguas y como es la liturgia de las sardanas, sino aun en su vida burguesa más vulgar, hasta en la vida hereditaria de esas familias barcelonesas que transmiten de padres a hijos las pequeñas tiendas de las calles antiguas, en los alrededores de la plaza Real; no sólo viven con un sentido poético esas familias, sino que lo perciben conscientemente y van perpetuando una tradición de poesía gremial, familiar, maravillosamente fina” (5).

José Antonio se ha de referir a Cataluña en cuantas ocasiones se presenten, sobre la base de aquellos sentimientos, sin soslayar la dificultad de la cuestión autonómica.

Hay que leer cuidadosamente sus alegatos para la derogación del Estatuto, en noviembre y diciembre de 1934, tras la insurrección de octubre, verdadero comienzo de la guerra civil, que pone en el precipicio la unidad de España y que hace decir al presidente del Consejo de Ministros que se ha sentido forastero en Cataluña.

Luce, coherente y espléndido, en este discurso, el principio de la unidad de destino, como soporte de las individualidades nacionales, en cuanto que “un Estatuto, dado sin esa garantía, es un instrumento de desmembración”; en cuanto que “España es irrevocable”; en cuanto que “nuestra generación no es dueña absoluta de España, recibida del esfuerzo de generaciones anteriores, que debe entregarla como deposito sagrado a las que la sucedan”; en cuanto que, “si nuestra generación utilizase su paso por la continuidad de los siglos para dividir a España en pedazos, habría cometido para las generaciones siguientes la más alevosa traición. Porque las naciones no son contratos rescindibles, sino fundaciones con sustantividad propia”. (6)

Es muy notable que, aparte los antecedentes históricos de Antonio Cánovas y Otto Bauer, la idea de la unidad de destino, tanto en Ortega, primero, y en José Antonio, después, se afina, precisamente, a propósito del Estatuto de Cataluña, en 1932 y en 1934, respectivamente.

La médula del pensamiento joseantoniano, la unidad de destino, tan tomada a beneficio de inventario, tan tergiversada y maltratada, tan ignorada, en suma, se presenta en aquel debate de 1934 de modo tan explícito, tan inteligente y, a la vez, con tanto amor a Cataluña, que, sesenta y tres años más tarde, el propio presidente Jordi Pujol, que, agresivamente, califica de anticatalanista a José Antonio, reconoce lo certero de su juicio sobre el sentimiento catalán y considera que José Antonio está entre quienes lo han entendido mejor. Se puede leer en sus declaraciones a la revista Tiempo, de 22 de diciembre de 1997.

El debate, evidentemente, sigue abierto.

(1) Primo de Rivera, Pilar: «Recuerdos de José Antonio», conferencia, Club «Mundo», Barcelona, 4 de abril de 1973.
(2) José Antonio: Discurso, «Unión Patriótica», 3 de agosto de 1930, Barcelona.
(3) Ibídem.
(4) Ídem: Discurso, Congreso de los Diputados, 4 de enero de 1934.
(5) Ídem: Discurso, Congreso de los Diputados, 28 de febrero de 1934.
(6) Ídem: «España es irrevocable», en FE (semanario), 19 de julio de 1934.

 

 

 

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