A. LO MATERIAL Y LO ESPIRITUAL EN JOSÉ ANTONIO


2 .- Necesidades materiales y necesidades espirituales

− Y todo eso ¿no corre el riesgo retórico de que sólo quede en bellas palabras?

− Está demostrado que, −salvo casos excepcionales como sucede en los santos, los héroes etc.. −, el hombre cuando está acuciado por la perentoriedad y urgencia de satisfacer sus necesidades más primarias (comida, vivienda, protección etc..) no puede percibir, ni sentir ni tener conciencia de su insatisfacción de otras necesidades superiores de orden espiritual. El hombre, entonces, es ciego y sordo para todo lo espiritual porque tiene que agotar toda su existencia en el mero hecho de existir; mejor, de subsistir. Más o menos aquello de “primum vivere, deinde philosophare”. En una palabra, la posibilidad real del acceso del hombre a la religión, a la cultura etc., exige, como condición necesaria, la satisfacción previa de sus necesidades materiales. Y lograr la posibilidad de dar cumplimiento a esa condición necesaria y previa puede llegar hasta a exigir el cambio, incluso violento, de las estructuras sociales, políticas y económicas. La teología de la liberación, cuestión aparte de sus otros excesos, tiene un fundamento real: la afirmación de que la aceptación de la supremacía absoluta de lo espiritual conlleva, por sí misma, un mandato de cambio político social y económico; en ocasiones, un mandato de un cambio incluso violento y revolucionario. La redención material del hombre –su liberación de la esclavitud íntima y existencial que significa para él la insatisfacción de sus perentorias necesidades materiales– es condición necesaria, y previa, para su salvación espiritual. Esta etapa revolucionaria puede llegar a ser análoga a la prevista en la dialéctica marxista. Pero la intención o finalidad de todo el proceso revolucionario de redención material del hombre, y la aspiración al logro de la justicia social, es, en cada caso, radicalmente distinta. En el marxismo se tratará de conseguir la construcción de un régimen político totalitario, con partido único; es decir, de una dictadura del proletariado sólo posible si se basa en el terror. Régimen político que tendrá como objeto, además, la implantación de un sistema económico colectivista, de supresión casi total de la propiedad privada, al servicio de un capitalismo del Estado. Todo ello, aderezado con la utópica promesa de ser la etapa necesaria para alcanzar una sociedad justa y sin clases, consiguiéndose, incluso, la utópica supresión final del Estado. En José Antonio se trata de la misma redención material, y del mismo anhelo de justicia social, pero lo que se pretende es que, una vez satisfechas y saturadas las necesidades inferiores de orden material, el hombre quede liberado de esta esclavitud existencial para poder acceder a pretender la satisfacción de aquellas otras necesidades de orden superior, espirituales y que no son saturables, que le proporcionen al hombre su plena realización como persona; es decir, el pleno y total goce de su libertad. No sé si todo esto, tan complejo, queda suficientemente claro en tan pocas palabras. Lo que sí sé es que no existe, para nada, el riesgo retórico de que todo ello quede sólo en bellas palabras. Otra cosa es cómo algunos reaccionarios entienden todo esto. Ya lo denunciaron los marxistas: la religión como opio del pueblo. Es decir: dejando para el otro mundo, la promesa de una posible felicidad en este; y haciendo realidad, entre tanto, la definición de este mundo como un valle de lágrimas, permitiendo en el la explotación del hombre por el hombre.

− Me gustaría que ampliaras esto… ¿Qué alcance real tiene eso del hombre ciego y sordo para lo espiritual cuando carece de un nivel mínimo de satisfacción material?

− Ya te he dicho que se trata de que el hombre, repito, cuando acuciado por la perentoriedad y urgencia de tener que satisfacer sus prioritarias necesidades materiales, ocupa en ello todo su tiempo y a ello dedica toda su existencia. Entonces la vida no tiene para él otro objeto ajeno a la más que perentoria y prioritaria conquista diaria de su propia subsistencia material. Y esto le convierte en ciego y sordo para cualquier otra motivación encaminada a la satisfacción de otras necesidades de orden superior, necesidades que son siempre espirituales; es decir, que son no materiales e invisibles, y que para él, sencillamente, no existen porque no las puede percibir ni las puede sentir. Vive el hombre, así, sólo en dos dimensiones y en el más corto plazo. Si cada día no consigue comer, beber, vestir, y guarecerse, simplemente muere. Si está condenado a vivir como animal, y sólo como animal, no puede ser sensible nada más que a lo que percibe a través de sus cinco sentidos. Para él sólo existirá lo material y sensible: aquello que pueda ver, oír, gustar, oler, y tocar. Todo lo demás, para él, no existe. Carece, pues, de la capacidad de poder conocer la existencia de otro mundo, de una tercera dimensión de la vida, de un mundo de ideas, creencias y valores; tres reinos que son siempre inmateriales, invisibles, que no se oyen, ni se ven, ni se gustan, ni se huelen, ni se tocan. Por lo tanto, el hombre queda excluido de la cultura, de la religión y de la ética. Sólo, una vez satisfechas, y de forma continua y permanente, sus necesidades materiales, que son siempre saturables, le es abierta al hombre la posibilidad de llegar a sentir la insatisfacción de no tener cubiertas otras necesidades de orden superior; que es, entonces y sólo entonces, cuando le emergen y le son manifiestas. Y, por esto, decimos que sólo la redención material del hombre le permite ocuparse de su salvación espiritual. Claro está que esto no es todo. Otra cosa resulta cuando resueltos los problemas materiales y satisfechas todas sus necesidades primarias; a pesar de todo ello el hombre permanece opaco e insensible a dicha tercera dimensión y no siente la menor motivación por satisfacer sus necesidades espirituales, que no le emergen ni siente, a pesar de estar liberado de su esclavitud material. No aspira nada más que al “bien-estar” y no conoce ni puede echar de menos el “bien-ser”. Su único horizonte vital es el placer y el hedonismo. No otra explicación tiene el creciente agnosticismo, relativismo y laicismo de gran parte de nuestra nueva y floreciente clase media. No importa que, ellos y ellas, hayan podido ser educados en centros religiosos; liberados de la esclavitud material de sus padres, ellos siguen creyendo en un mundo donde sólo existe lo que se puede ver, oír, gustar, oler y tocar. ¡Qué pena!

− ¿Pero todo eso lo ha dicho José Antonio? ¿Dónde?

− Lo ha dicho, con menos palabras y mejor, en varias ocasiones. Para no alargar mi respuesta, sólo te traeré aquí las palabras finales de su brillante conferencia en el Círculo Mercantil, de Madrid, el 9 de abril de 1935, donde dijo así: “Esto es precisamente lo que debiera ponerse a hacer España en estas horas: asumir este papel de armonizadora del destino del hombre y del destino de la Patria, darse cuenta de que el hombre no puede ser libre, no es libre, si no vive como un hombre. Y no puede vivir como un hombre si no se le asegura un mínimo de existencia, y no puede tener un mínimo de existencia si no se ordena la economía sobre otras bases que aumenten la posibilidad de disfrute de millones y millones de hombres, y no puede ordenarse la economía sin un Estado fuerte y organizado, y no puede haber un Estado fuerte y organizado sino al servicio de una gran unidad de destino que es la Patria”. (Edición del Centenario pp. 956 y 957).


Libro El legado de José Antonio (II). -Propuesta de una España total única y eterna de, desde, por y para todos los españoles- por Jaime Suárez. Próxima edición