Insisto, ¿que entiendes por actualización
del pensamiento de José Antonio?


José Antonio está muerto y lo está desde hace más de setenta años y en estos setenta años han pasado muchas cosas. O sea, que él está callado desde hace mucho tiempo y sigue y seguirá callado. Yo, antes, de joven, cuando era jefe de centuria, más de una vez me he clavado ante su tumba, entonces en el Escorial, y como escuadrista a su jefe le he pedido una orden, una consigna. Y he sentido el estremecedor vacío de su silencio. Pensé, entonces, en escribir un libro, Los silencios de José Antonio, que, tal vez, todavía algún día lo escriba. Esta es la primera realidad: José Antonio fue nuestro primer jefe nacional, pero hoy ya no lo es; no puede serlo. No hay jefes muertos, a un jefe se le pide dirección, pensamiento y acción. Por lo tanto, José Antonio no puede seguir pensando por nosotros: él ya no piensa. Dejó de pensar hace más de setenta años y sólo puede seguir pensando a través de nosotros. Hemos perdido un jefe pero hemos ganado un maestro. Nuestra relación con él ya no es, no puede ser, la de militantes escuadristas, sino la de discípulos.

- Pero esa actualización que propones, ¿tendrá sus límites?
Claro está que sí. Y en esto estamos todos de acuerdo, incluso los que aparentemente niegan la actualización y luego tienen que afirmarla, a renglón seguido. Por ejemplo, José Cabanas González-Nicolás en su prólogo a Falange y Fascismo de Sigfredo Hillers (Ed. Poesía que promete, Madrid, 2011) afirma que “en este libro no se añade ni se corrige nada de lo sustantivo del pensamiento falangista. Sencillamente porque es el fundador el que define la doctrina en sus contenidos esenciales. Su aplicación a las circunstancias y necesidades de cada tiempo histórico ha de hacerse con fidelidad a los valores y principios fundamentales de la misma”. Y un poco más adelante insiste: “Y este cuerpo total de doctrina evoluciona sobre una línea de unidad y de continuidad en sí misma. No se altera su esencia… No admite la revisión (revisionismo) ni la eliminación de los elementos doctrinales que son fundamentales; ni la incorporación de otros que alteren la armonía del conjunto”. Para poco después tener que añadir: “Así, las soluciones concretas que se dieron a las necesidades concretas de los años 30, hoy no serían posibles, porque la realidad económica, social, política, internacional, etc.. es otra muy distinta. De manera que las ciencias sociales deberán buscar en los valores y fundamentos de la doctrina de siempre las soluciones actuales a las necesidades concretas de la sociedad y del mundo presente. La falange se configura, de esta manera, como todo lo contrario que esas ideologías fosilizadas, muertas, petrificadas, cuyo “genoma” doctrinal ha perdido toda capacidad de “mutar y fijar por herencia” los cambios que las adecúan a las nuevas realidades”. Para, en fin tener que concluir así: “Al hacer las citas textuales de José Antonio sabemos perfectamente cuando están hechas y en qué situación histórica concreta. No se trata, por lo tanto, de aplicarlas literalmente al momento y a la situación presentes… las circunstancias concretas de los años 30 muy poco tienen que ver con las actuales. Pero los grandes valores y principios −y la actitud ética y el modo de ser falangistas− permanecen vigentes, porque son la respuesta intemporal a los interrogantes del individuo respecto a su propio destino personal y respecto a su actitud comprometida con los asuntos temporales”. Pues totalmente de acuerdo.

 Jaime Suárez
El legado de José Antonio,
 vol. I,  p. 222 y 223