29 de enero: Juan Velarde Fuertes
en Plataforma 2003

 

El pasado martes 29 de enero, D. Juan Velarde Fuertes presentó el libro «La cuarta España del 36» -Memorias de un niño de la guerra- de Joaquín Fernández, antiguo O.I. del Frente de Juventudes, Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales y Profesor emérito de la Universidad de Barcelona. la presentación fue todo un éxito. Las fotos e intervenciones se pueden descargar en el interior de la noticia.

 

 

El testimonio de los que teníamos doce años

Por Juan Velarde Fuertes

Existe una novela, de Ernst Glaeser, titulada "Los que teníamos doce años", entre las que editó Cénit, que me llamó la atención cuando la leí, allá por los años cuarenta. Recuerdo que la compré en un tenderete al aire libre, en la calle del Duque de Alba. Era Cénit una editorial, fundamental para explicar las ideas de un socialismo probolchevique. Para la historia auténtica de entonces señalaré que, entre las compras en la Cuesta de Moyano y las lecturas en la Biblioteca del Ateneo, creo que agoté todos sus fondos. La novela de Glaeser se refería a los niños alemanes que habían vivido las durezas del bloqueo aliado, de la derrota de 1918, de la destrucción del Imperio alemán, y de la parcial ocupación aliada, todo con un trasfondo de graves problemas económicos. Pues bien, cuando me leí, de un tirón, este trozo de las Memorias de Joaquín Fernández, La cuarta España del 36, recordé bastantes planteamientos de Glaeser, que se mezclaban con otros míos, porque Joaquín Fernández y yo, somos contemporáneos.

Una alusión primera al título. Procede de una tesis de Salvador de Madariaga, expuesta en su planteamiento de "la Guerra de los tres Franciscos", en su importante libro España. Por una parte, estaba Francisco Largo Caballero, en el bando republicado; por otra, Francisco Franco, en el nacional, y demás existía otra tercera España, que se había pretendido crear por la Institución Libre de Enseñanza gracias a la labor de un conjunto de krausistas españoles, bajo la batuta, por cierto mil veces durísima en el fondo, aunque nunca en las formas, de Francisco Giner de los Ríos. Ahora Joaquín Fernández nos introduce en una cuarta España, la de los niños, que considera ajena a la pugna de las otras tres. Sospecho que es una visión jiennense, de quien vivía -lo explica muy bien en el libro- en un barrio poco céntrico de Jaén, el Arrabalico (pág. 41), yendo y viniendo a su casa, a La Bodega a El Bodegón y al duro colegio que regía de modo escalofriante don Manuel. Todo esto tenía muy alejado a aquel niño, en 1936, de la política. Y es natural que nos cuente eso, porque eso es lo que le ocurría. A otros -a mi concretamente- nada de eso nos pasaba. En 1935 yo tenía ocho años. Una estudiante de la Universidad de Oviedo, Aida Tolivar Faes, un día nos reunió a un grupo de niños en Salas, y nos dijo algo así como que no podíamos vivir ajenos a la política después de los acontecimientos de 1934. También que había ido a Oviedo José Antonio Primo de Rivera, quien había allí enseñado la doctrina falangista, que ella nos iba a explicar, y que a partir de ahí todos nosotros deberíamos ser falangistas.

Me convenció tanto Aida, que además era muy mona, que pocos días después note, orgulloso que originaba cierto escándalo entre gentes bienpensantes de la derecha local. Fueron a dar un mitin, en el Cine de Salas, el grupo de los tres grandes de Acción Popular en Asturias: Moutas, Merás y José María Fernández Ladreda. Fui a él, y cuando a la salida me preguntaban por mi impresión todo un grupo de personas mayores, recuerdo que me miraban espantados porque yo decía que aquellos señores "no eran de los míos ¡eran de derechas! y yo era falangista". A partir de ahí recuerdo el dibujar emblemas en la carretera, en paredes, peleas a pedradas con chicos que entonaban la Internacional, e incluso que nos apostamos en un mitin socialista y cuando entonaban lo de ¡Viva la Internacional! a grito pelado decíamos ¡Viva Falange Nacional! y salíamos corriendo porque corríamos el riesgo de recibir un golpe serio..

¿Para qué seguir? Joaquín Fernández nos ofrece, y eso es muy valioso, la postura de otro mundo infantil, más despolitizado que el asturiano. Por eso, y debe tenerse en cuenta, más permeable a las más diversas influencias políticas. Porque le vemos admirando, en las págs. 95-96, a sus nueve años, con otros seis amigos a "un auténtico miliciano de la FAI" -la contrafigura de mi Aida- al que contemplaba así: "Visto desde abajo nos parecía un dios gigante y justiciero. Del pico del gorrilla cuartelero, mitad rojo y mitad negro, le colgaba una borla con los mismos colores entreverados. Unos dedos recios y peludos se apoyaban sobre un fusil que parecía formar un trípode con sus piernas ... Consciente de nuestra admiración, el gigantón nos hablaba de la guerra, la justicia y la libertad". Y concluye: "Yo también me pondría de parte del miliciano". Y añade esto, en la pág. 97: "De repente, todos éramos rojos". Repito que en Asturias, ya antes, unos niños eran rojos y otros, políticamente eran de Acción Popular o de Falange, y después del 18 de julio, estuviésemos triunfantes o perseguidos, todos nos manteníamos en nuestros trece.

Merece la pena, también, la visión (págs. 101102), de la dura pugna de los milicianos con base doctrinal marxista, y los que la tenían kabuninista. Aquella lucha de la I Internacional, seguía con fuerza en España, y se empleaba para sobrevivir por la gente que se sentía amenazada por uno de los dos bandos, sobre todo cuando no tenía una personalidad política previa acusada.

También tengo de los bombardeos (págs. 107108), vivencias diferentes. Experimenté ataques aéreos de ambas aviaciones, y recuerdo que me parecía lógico lo que ambas hacían. Nunca se me pasó por la cabeza que, sencillamente, pretendían aterrorizar. Observé que ambas buscaban, en Salas, objetivos militares, y como estaban en medio casas particulares, en ellas podía suceder alguna desgracia.

En la España republicana se vivía una crisis económica muy seria. Por eso merece la pena extraer de este libro datos sobre ello. Esta descripción (pág. 110) es significativa, y desde luego, al ser un buen economista Joaquín Fernández, la escribe con justeza: "Los escaparates estaban vacíos. Circulaba mucho dinero que no servía para nada porque no había nada que comprar. Las colas estaban a la orden del día. Cuando veía una cola en la calle, me ponía el último sin saber lo que vendían. Si tenía la suerte de llegar a la cabeza antes de que se acabara, llegaba a casa con la sorpresa de un kilo de carbón, o una barra de jabón. De todos modos mi familia tuvo mucha suerte. Como vendíamos vino y comestibles, siempre teníamos algún remanente para comer o cambiar: el trueque era el modo habitual de intercambio. Además, teníamos gallinas, que vivían de los desperdicios y nos suministraban la ración diaria de huevos". Y este relato se complementa así, en una visita a Valencia: El autor y su padre estaban hambrientos: "Entramos en una panadería que tenía los estantes vacíos. Mi padre con las manos llenas de billetes, pidió a la panadera que nos vendiera un poco de pan. Como quiera que ella negara tener ni un gramo y mi padre dijo con lágrimas en los ojos que sus hijos llevaban un día sin comer, un joven que parecía ser su novio le dijo: -"Mujer i mira a ver si tienes algo! ¿no te da lástima?" La chica entró en la trastienda, sacó un pan de kilo y nos lo dio sin querer cobrar nada. Tal era el valor que tenía el dinero".

Y el desarreglo económico se acentúa así en la descripción del transporte que aparece en la pág. 112: "Al volver habían suprimido los trenes de viajeros y tuvimos que montarnos subrepticiamente en un tren de mercancías, en unos vagones de carbón, de esos que están descubiertos. También subió un matrimonio con un niño pequeño que no paraba de llorar, seguramente de hambre ... Nos quedaban algunas naranjas que habíamos comprado en Santa Cruz de Moya y mi padre le calmó dándole gajos ... Como allí no teníamos gallinas ni nada para cambiar, pasamos días sin probar bocado; nunca olvidaré el ansia con que ... rebuscábamos las migajas de pan entre las costuras de nuestra bolsa".

Por supuesto que todo esto, y junto con la etapa anterior republicana, está muy bien ambientado, con detalles que a mi me hicieron volver atrás. Por ejemplo, que bromeando, mi padre me incitaba a vincularme con el partido mesocrático que iba a facilitar la papilla integral, y que tenía como emblema, un plato con, cruzados sobre él, una cuchara, un cuchillo y un tenedor (pág. 78), o la suerte de Don Bruno, quien por salvar la vida, la pierde.

Aparte queda el cambio político y su participación en la tensión (págs. 140-141) que se muestra en estas palabras: "Cierto que del programa de la Falange se había hurtado la mitad: la que pretendía la implantación de la justicia social que desterrara la explotación del hombre", o "Menos mal que muchos falangistas, entre ellos los directivos que me tocó en suerte, servían a la Falange de Franco sin desertar de las ideas de José Antonio y soñaban con una Revolución que siempre permanecía permanente". De ahí se desprende (pág. 212) su síntesis, honradísima y ejemplar: "Seguí fielmente a la Falange de Franco del Movimiento, hasta su desaparición, pero mi ideal sigue fiel a la de José Antonio, aunque sea crítico con alguno de sus postulados".

Tengo también que dar las gracias al profesor Joaquín Fernández, no sólo de muchas gentilezas respecto a palabras o actitudes mías, desparramadas en este libro, sino porque salva del olvido en las págs. 227-228 una noticia muy importante que me proporciona Alfonso García Valdecasas acerca de la expresión sobre los puños y las pistolas del famoso discurso de la Comedia del 29 de octubre de 1933.

Finalmente debo señalar que este libro será, no sólo para sus conmilitones muy útil, sino para todos los que se dedican a estudiar la historia contemporánea de España, tanto por su contenido, como por la amplia bibliografía (págs. 233-260) que incluye.

Los que teníamos doce años cuando acabó la Guerra Civil debemos rendir cuentas de lo que desde 1939 hemos hecho. Nos recuerda una obligación Rubén Darío, en su delicioso libro La vida de Rubén Darío escrita por él mismo (Maucci, Barcelona, 1916), que inicia con estas frases de Benvenuto Cellini que traduzco yo del italiano: "Todo hombre de cualquier tipo, siempre que haya hecho cualquier cosa que merezca la pena, o simplemente que crea que lo intentó, deberá, siendo verídico y bondadoso, de su propia mano, describir su vida; pero no debe comenzar tal bella empresa antes de superar la edad de cuarenta años". Joaquín Fernández, para ejemplo de muchos, ha cumplido el mandato exigido por Benvenuto. Le debemos gratitud.
 


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