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CATALUÑA MÍA
Enrique de Aguinaga
XVI Escuela de Verano.

 

 

Buenos días, camaradas:

 Me gusta la palabra camarada porque no permite la tontuna de compañeras y compañeros, amigos y amigas, todos y todas. Por lo tanto:

 Camaradas (varones y mujeres, por supuesto), habitantes  de la misma cámara, bajo un mismo techo:

 ¡Inda non morriches! (¡Todavía no te has muerto!) En la Galicia rural, se  saludaban así dos que se encontraban al cabo del tiempo.

Todavía no me he muerto.

 Sí, Aguinaga, otra vez. Y la misma salmodia de siempre. Me alejo de la política en la medida en que me aproximo a la teología. No soy historiador. No soy politólogo. No soy jurista. No soy economista. No soy sociólogo. Quiero decir que no tengo la mínima autoridad para disertar sobre Cataluña en ninguno de aquellos aspectos, bien interesantes, por cierto, como sin duda van a mostrar los verdaderos ponentes, con su propia autoridad.

 Por eso, para no desobedecer a nuestro titánico Jaime, que me ordena Ven, para que lo deje todo, le he propuesto, y él lo ha aceptado, mostrar mis vivencias particulares, mis percepciones personales, mis intimidades, mis quisicosas de Cataluña, Cataluña mía, empezando por mí mismo, en situación mortuoria y por lo tanto cósmica, que, por supuesto, no tenéis que asumir los que estáis en plena vida y tenéis que ocuparos de otros asuntos.

 Como de costumbre, me organizo en estaciones que, en este caso, son seis.        

  

I ESTACION

EN LA QUE SE EMPIEZA POR EL FINAL

  

En la grande polvareda, perdimos a Don Beltrán. Romance del paso de Roncesvalles. Lo traigo a cuento, a las puertas de una basílica,  para que, en la polvareda presente, no perdamos a Don Beltrán, que es nuestro sentido de la existencia.

 Estemos, sí, con los asuntos, pero teniendo en alto, sobre todos los demás,  el asunto número uno, el grandísimo asunto que ahora es indiferente para mis nietos, siendo la principal ocupación de los abuelos.

 Ramón Tamames (83 años) lo ha dicho recientemente:

Tuve una enseñanza cristiana. En el Liceo Francés estudiaba religión y esa educación no se acaba de ir nunca…Hace unos años comencé a estudiar asuntos de física avanzada, de mecánica cuántica, de cosmología… aquellas lecturas me hicieron comprender que no puedo concebir el universo desde el azar y la necesidad. Creo que existe una inteligencia superior que ordena todo esto.

Susanna Tamaro (60 años) la escritora italiana, autora de La tigresa y el acróbata, me acaba de sorprender  con su declaración a La Vanguardia de Barcelona:

 El ser humano vive 80, 90 o incluso 100 años. Pero es poco tiempo. Yo tengo sesenta y me parece que fue ayer cuando era una adolescente. La vida va muy rápido y cuando envejeces demasiado te preguntas: ¿Se va a terminar? Para mí, es imposible que todo el mundo, toda la naturaleza, toda la existencia sea solo un  espectáculo de 80 años. No puede ser, es demasiado corto. Yo creo que hay una inteligencia que guía toda la naturaleza y que la vida continúa más allá. No sabemos cómo, pero yo estoy segura de que continúa.

 Íntimamente soy providencialista, que quiere decir: lo que ocurre es siempre lo mejor que puede ocurrir, aunque aparentemente sea una catástrofe. Nosotros no lo sabemos y, muchas veces, si tenemos el   tiempo necesario, lo acabamos descubriendo. ¡Qué bien que ocurriera! En este punto, como demostración, suelo referir el cuento de Somerset Maugham, El sacristán, que recomiendo a quien no lo conozca

  Es como cuando reconocemos, ante su tumba: ¡Que razón tenía mi padre! La razón  que no le dimos en su momento. San Pablo lo dice misteriosamente Omnia in bonum (Romanos 8.28). Todo es para bien. Pero, ojo, no confundir con  fatalismo o inhibición porque, ya de  niños, nos enseñaron: A Dios rogando y con el mazo dando.

 

II ESTACION

EN LA QUE LLEGO A BARCELONA EN MAL MOMENTO

 

¿Por qué ocurre lo que ocurre? Aprendí el patriotismo en casa, sin patria chica. Nacido en Extremadura (Valverde del Fresno, Cáceres), sin vínculo familiar, salí de mi pueblo a los tres meses de nacer y he vuelto de visita pocas veces. Una de ellas, cuando me dedicaron una calle, calle de Don Enrique de Aguinaga López, en junio de 2005. Tal homenaje es imposible en Madrid, porque, para dar a una calle nombre de persona, el reglamento municipal exige que haya fallecido la persona en cuestión.

 De estirpe navarra. Gallego por afinidad.  Mi padre, buscador de climas, me dio residencia en Pontevedra (Vigo y Salvatierra de Miño), Zamora (Fermoselle), Jaén, Santander, Valencia, Barcelona y Madrid, donde, ya por mi cuenta, con la añadidura de Orense y Santiago,   me asenté en el universo matritense, renegando expresamente del casticismo madrileñista y, por ende, de todo localismo degradante.

 Tengo, como todos, marca de origen. Mis ocho apellidos: Aguinaga, López, Font, Otazu, Lejalde, Soba,  Feuquier y Ozcariz. Cuatro evidentemente navarros. Otros dos, López y Soba, que me llegan desde Palencia. Un extraño Feuquier, afrancesado, vía Calatayud. Y un inequívoco catalán, Font, que pudiera ser, lo digo amorosamente, la Font del Gat.

 De Madrid, pasando por Valencia, en calidad de niño republicano, en calidad de evacuado, llegué a Barcelona, llevado por mis padres,  hace ochenta años. Allí presencié el último desfile de las Brigadas Internacionales, sobre una alfombra de laurel, y el primer desfile de la Victoria, con Franco en un balcón de la Diagonal.

Allí, en el curso 1938-1939,  terminé los años de  Bachillerato,  en el Instituto que primero se llamó Salmerón y, luego, Menéndez Pelayo; primero en la calle Muntaner y luego en Vía Augusta. Allí,  por vez primera, junto al de mi condiscípulo Horacio Sáenz Guerrero, apareció mi nombre en un periódico,  en La Vanguardia,  por mi intervención en la Fiesta del Libro que organizó el Instituto en el paraninfo de la Facultad de Medicina.  Allí murió mi padre, derrotado. Allí quedó en la fosa común, confundido con la tierra catalana.  Y allí  llegó, de alférez victorioso,  con la 105 División, el mayor de mis hermanos; que el otro, el mediano,  estaba prisionero en Burgos.

No es imaginación, sino simple memoria. El jueves 26 de enero de 1939, con mis quince años cumplidos, estaba en Barcelona, en  la  calle solitaria, en la conjunción de gran vía de Las Corts y paseo de Gracia, en tierra de nadie.

Allí fui testigo de un desfile tan  histórico como fantasmagórico, testigo de la retirada de los últimos pelotones de un ejército en derrota. Marchaban a paso de maniobra. Uno se salió de la formación y con la culata del fusil fracturó la vitrina de una relojería, cogió unos cuantos relojes y se reincorporó a la marcha. Otro, de los últimos, me gritó: ¡Chaval, chaval, retírate que ya vienen por la plaza de España!

Me quedé en tierra de nadie. A poco llegaron los pelotones  del ejército victorioso, con el mismo paso de maniobra, manteniendo la distancia, sin ánimo de alcanzar u hostigar a los que huían. Unos se destacaron de la formación y prendieron fuego a una caseta de propaganda anarquista que lucía el lema: Nuestra patria, el Mundo; nuestra familia, la Humanidad.

Todo, inmerso en un silencio patético que luego estalló y se hizo orfeonico en la abarrotada misa de campaña de la Plaza de Cataluña, con el general Yagüe. También estuve.

Puede parecer una fantasía teatralizada. Pero, no. Así ocurrió realmente, con todos los detalles. Y así quedó grabado para siempre en mis entretelas.

Del 26 enero al 9 de febrero, van los 13 días de la agonía y  muerte de mi padre. Cincuenta y cinco años de edad, enfermo crónico, veterinario, al servicio del Gobierno de la Republica, en el Ministerio de Agricultura.

Ante el inminente derrumbamiento del frente de guerra, en una nave habilitada  al efecto, mi padre, como tantos funcionarios del Gobierno, había depositado un baúl con todo el equipaje de la familia (mi padre, mi madre y yo), porque nos habían hecho creer que enseguida embarcaríamos en un acorazado francés, rumbo a Valencia.

La Historia de España dice, y dice bien, que nos quedamos en tierra. Acompañé a mi madre, para retirar el baúl. La nave de equipajes ordenados, como un puzle de mil piezas,  se había transformado en campo después de la batalla. Maletas y baúles descerrajados, los restos del saqueo esparcidos  por doquiera, eran la imagen del desastre, como mi madre era la imagen de la desolación. Yo (es la verdad)  pensaba en la querida máquina de escribir portátil de mi padre, que tanto servicio me prestaba

Un joven alférez, que estaba al  cargo de la situación, nos atendió. Lo recuerdo correctísimo, un tanto azarado, dándole a mi madre excusas  de tiempo de guerra: la irrefrenable tendencia de la tropa por el botín. La estampa del guerrero bien educado, oxímoron, la he tenido toda mi vida en la mesilla de noche y en todos los hundimientos del mundo, en el archivo de cortesía de la cervantina Barcelona.

El caso es que mis padres y yo nos quedamos con lo puesto y (siempre la Providencia) milagrosamente encontramos refugio en el modesto piso abandonado por una gente que se había desterrado. Era el segundo piso del 64 de Menéndez Pelayo tradicionalmente Torrent de la Olla, donde a los pocos días murió mi padre, sin que hubiera dado lugar a la depuración previsible, para lo cual, a su dictado, redacté una preceptiva declaración jurada del historial profesional y político, en la que fingí su firma porque a él ya le fallaba el pulso.

La declaración jurada, en su aspecto político, se acomodaba a las circunstancias, ingenuamente, porque mi padre se había distinguido como  amigo y correligionario de Félix Gordon Ordás, que finalmente fue presidente de la Republica en el exilio. Así, rebuscando,  adujo que en 1924,  destinado en Salvatierra de Miño, fue presidente del partido Unión Patriótica, del directorio de Primo de Rivera, y posteriormente simple afiliado al partido Unión Republicana. Por supuesto, no declaró que había sido presidente del Comité del Frente Popular del Ministerio de Agricultura.

La declaración está fechada a 1 de febrero de 1939, III año  triunfal. Pero no logro recordar si acabó presentada. En cualquier caso, es seguro que, por muerte sobrevenida, no hubo lugar a sanción alguna, aunque se  daba por segura.

Si no conservase el documento, cabría pensar que lo he soñado.

En esta extrema situación, para el enterramiento nos acogimos a la beneficencia y, por lo tanto a la fosa común, según he conseguido documentar al cabo  de los años con la ayuda bondadosa de amigos catalanes. De modo que los restos mortales de mi padre están en Montjuich, en el Fossar de la Pedrera, fosa común donde enterraba, primero, la represión  republicana (uso los términos más inocuos) y después la represión nacional, representada por  Lluis Companys. Así, quiérase o no se quiera, los restos de mi padre, definitivamente reconciliados, no como rojo ni como faccioso, sino como pobre, yacen en un laico valle de los caídos, al que también ¿cómo no? llevo mis cinco rosas sin espinas.

Actualmente el Fossar de la Pedrera es competencia de la institución Memorial Democratic de Catalunya, dirigida desde marzo de 2016 por Placid  García-Planas, periodista de  La Vanguardia. ¿Quién me lo iba a decir, cuando, antes de este nombramiento,  Placid estuvo muy amistosamente en mi casa con su colaboradora Rosa Sala Rose, acompañados por Lola Bermudez Cañete, a propósito del libro El marqués y la esvástica?

Tengo que asociar al anterior, el recuerdo de María Salicrú-Maltas, de Mataró, 39 años, musicóloga, concertista de flauta, rubia, con la alegría en los ojos, que irrumpió jubilosamente en mi casa, en busca de documentación para su tesis doctoral La censura franquista y la Nova Canço.

Marieta del oll viú, como le gusta llamarse, dice caritativamente que la tengo enamorada  y no solo me ha ayudado a localizar los restos mortales de mi padre (aquí no puedo olvidar a mi cofrade, Joaquín Millán Lavín), sino que me ha proporcionado un minuto de la pantalla de TV3 para explicar, con mi imagen y mi voz, que hay clases de censura (la censura invisible, por ejemplo) y que la censura es inmanencia del Poder.

 

III ESTACION

EN LA QUE HAGO UN DESCUBRIMIENTO PARA TODA LA VIDA

 

Se reanudaron las clases, volví al Instituto con un brazalete negro, con algunos alumnos menos (María Teresa Ortiz Vázquez, mi amor platónico), con algunos profesores menos (Eduardo Nicol, eminente filosofo). Ambos, a Méjico.

¿Cómo me alisté, con otros chicos evacuados de Madrid, en las OO.JJ., Organizaciones Juveniles de F.E.T. y de las JONS? Por más que lo intento, memoria cerrada, no logro respuesta. Pero recuerdo el porqué: prometían darnos unas botas y llevarnos a Madrid, en cuanto terminase la guerra. Hacíamos la instrucción en el parque de la Ciudadela. Lo he contado en un artículo, en el diario Arriba, en el X aniversario de la Victoria, en 1950. Y, de paso, la historia de mis dos hermanos mayores, mucho mayores que yo, emancipados, que como alférez provisional (Álvaro) y capitán de milicias (Vicente) se enfrentaron en la guerra. Sus restos mortales, por los raros caminos de la Providencia, están no solo en el mismo nicho del cementerio de Ceares, en Gijón, sino reducidos en la misma caja, confundidos, como símbolo familiar de reconciliación nacional.

La residencia en Torrent de la Olla fue corta. La solidaridad profesional vino en nuestro socorro y José María  Beltrán, que había sido Jefe Provincial de Higiene Pecuaria de Barcelona y, por tanto, compañero de mi padre, nos acogió a mi madre y a mí, con toda generosidad, en su casa de la gran vía de las Corts, hasta que terminara el curso y regresásemos a Madrid a ver  que había sido de la nuestra.

En Madrid aprobé el Examen de Estado, que se estrenaba, y, niño precoz, fui el bachiller más joven de España, con quince años y siete cursos. Pero esa batallita con su enigma, queda para otro día. Lo que importa es que la exigua pensión de mi madre no cubría ni la mínima subsistencia y mi hermano Álvaro nos abrió su casa en Orense.

Lo que importa es que, entre el SEU de Orense, el SEU de Santiago y el albergue universitario de Bergondo, hice un descubrimiento para toda la vida: las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera. Descubrimiento progresivo, de componente intelectual,  al margen de la militancia, como lo he explicado en algún libro. Descubrimiento semejante al que experimenta Rosa Chacel y le hace exclamar: ¡Deslumbrante!

Obras Completas, se empezaron  llamando. Luego, con realismo, Textos de doctrina política y Escritos y Discursos, hasta  las Obras Completas, edición del centenario, que es  la hazaña de Plataforma 2003.

En el SEU de Santiago, el SEU de José Luis Taboada, me enfrento con  la vida, apruebo Derecho Romano (de José Arias Ramos) y Economía Política (de Friedrich Kleinwachter), soy pandereta en la primera Tuna de posguerra, hay estudiantes catalanes que recuperan el servicio militar lejos de su casa y me enamoro perdidamente de la piedra mojada de Compostela. Un día (otra vez, la Providencia) leo una convocatoria de becas para la Escuela Oficial de Periodismo y, a cuerpo limpio, me presento en Madrid al examen de septiembre de 1944.

En la Escuela Oficial de Periodismo vuelve a funcionar la Providencia. Cuando salgo de la pensión  (completa, 9 pesetas) para el examen, por llevar algo en las manos, cojo un libro del compañero de habitación. Es una historia de la Literatura de Paul van Tieghem. Ya en el aula, guardo el libro en el cajón del pupitre. El profesor (Luis de Sosa) propone dos temas. Uno de ellos, para mí, el difícil: Lope de Vega y su tiempo. Disimuladamente, tiro del cajón, y abro el libro al azar, exactamente por la página que encabeza el capítulo titulado Lope de Vega y su tiempo. Palabra de honor. Ante tamaña provocación, es fácil imaginar mi comportamiento. De 92 aspirantes, fuimos admitidos 31 y, finalmente, nos graduamos 20, componentes de la IV promoción (cursos 1944-45 y 1945-46).

 

IV ESTACIÓN

EN LA QUE ACTÚA JOSÉ ANTONIO

 

En Madrid, recogidos los efectos restantes de nuestro piso de alquiler (125 pesetas mensuales) en el barrio del Pacifico, por proximidad al  ministerio de Agricultura, mi madre y yo sobrevivimos con mi beca (500 pesetas mensuales) bajo mínimos, en dos habitaciones con derecho a cocina,  en un piso de la casa originariamente  dedicada a los criados  y a las caballerizas del Duque de Alba y por eso adyacente al Palacio de Liria (calle Manuel, 5). Manuel Alcántara lo declara: Tiempos de pobreza y esperanza. De relativa pobreza, porque derrochábamos cosas de dentro y de mucha esperanza.

 La Escuela Oficial de Periodismo, en calle de Zurbano,  me dio una felicidad espartana, una felicidad de iniciación, una felicidad de toma de posesión del mundo. De los recuerdos que permanecen al cabo de setenta y un años queda la convivencia de dos cursos con los catalanes que, procedentes de Cataluña, habían accedido a la promoción, cuatro de veinte: Domingo Martí Carreras, Esteban Molist Pol, Jaime Pol Girbal y Francisco Costa Torró.

Con el descubrimiento de José  Antonio, entre la retórica dominante,  había recibido  las primeras e ingenuas lecciones. En reuniones, charlas y manuales  se repetía machaconamente el triple concepto de Patria, Nación y Estado, con  explicaciones primarias, generalmente a cargo de estudiantes de Derecho. Me sedujo la prosa, la idea nacional de revolución, el sentido social de la justicia, el no ser de izquierdas ni de derechas y, por José Antonio, con la biblia de las Completas, entré en la Cataluña esencial.

En poco más de dos años (mi primera ficha es de 4 de enero de 1934, en el Parlamento, y la ultima de 14 de marzo de 1936, en el calabozo) José Antonio, que no ceja en su infructuosa batalla para la derogación del Estatuto, invoca continuadamente a Cataluña (son 24 mis fichas de entidad) y, siempre con Cataluña presente, arma  cuatro argumentos  principales:

Uno. El conocimiento inteligente y amoroso de Cataluña, originado, por supuesto, en su estancia en Barcelona. Aquí luce el rigor y la belleza del estilo de José Antonio, hasta el punto de que Jordi Pujol, presidente de la Generalidad, en 1977, no solo lo acepta sino que lo exalta en un ejercicio de justicia obligada.

Dos. Las perniciosas circunstancias del Estatuto.

 Se dio aprisa y corriendo, con criminal largueza  entregándole  todo, incluso los instrumentos para afirmar en el alma de la infancia  catalana una emoción separatista.

Tres. La idea de España como unidad de destino en lo universal, constantemente  referida a Cataluña. Idea riquísima en todas sus aplicaciones (se es nación hacia fuera, por ejemplo). Idea capital que se ha tratado frívolamente y está llamando a tesis doctorales.

Cuatro. La idea de la nación como fundación, no como contrato, que introduce la calificación de España irrevocable.

Nuestra generación no es dueña absoluta de España. La ha recibido de generaciones anteriores y ha de entregarla como depósito sagrado a las que la sucedan.

Con su arrebato:

Aunque todos los españoles estuvieran conformes en convertir a Cataluña en un país extranjero, sería el hacerlo un crimen merecedor de la cólera celeste.

Y  la síntesis poética de las cuatrocientas setenta y seis  palabras de La gaita y la lira, invitación al patriotismo, texto de José Antonio tocado por la Gracia y que ya es un clásico.

 

V ESTACION

EN LA QUE VUELVO A CATALUÑA

 

Sobre esta base y  la conllevanza de Ortega, regateando la burda simplificación y el historicismo, ha crecido  mi  amor racional a Cataluña y con él me conformo. Asentado en Madrid, he vuelto a Barcelona  como quien vuelve sobre sus huellas.

En un regreso sentimental, he vuelto a mis casas barcelonesas, tan variadas a causa de la guerra: Hotel Nouvel, en el 20 de la calle Santa Ana; Pensión Alhambra, en la calle Junquera; Alta de San Pedro, junto al Palau de la Musica; Menendez Pelayo o Torrent de la Olla, 64; y gran vía de las Corts 418, cerca de la Plaza de Toros.

Muy de aquel tiempo, el Hotel Nouvel fue objeto de un curioso experimento: constituirse en cooperativa de la que mi padre fue presidente.

Durante años, entre 1948 y 1960, todas las noches, al filo de la madrugada, llegaba yo a Barcelona por teletipo. Entonces era redactor de La Vanguardia, en la Delegación de Madrid, que tenía su oficina frente al Hotel Palace. Desde allí enviaba mis noticias y mis crónicas anónimas, acompañando en este menester a dos andaluces (Antonio Heredero y Paco Gallardo) y a un gallego (Laureano Cao Cordido).

Todos sabíamos, por experiencia, que las noticias estadísticas de Madrid (fueran del número de habitantes, de la matriculación de vehículos o de cualquier censo) eran provocadoras, porque siempre recibíamos carta de algún lector barcelonés que  replicaba por vía comparativa, en una competición  que no podíamos tomar en serio. 

Ustedes nos decían han matriculado el coche 200.000, gracias a que tienen los Ministerios o Ustedes han bautizado a la niña 2.000.000 porque han anexionado  los Municipios limítrofes, como si los dos andaluces, el gallego y yo matriculásemos automóviles, instaláramos ministerios, anexionáramos municipios, fuéramos padres de todas las criaturas madrileñas y además tuviéramos un perverso interés en que Madrid aventajase a Barcelona en esta o aquella estadística.

Como no soy hincha de fútbol, no recuerdo como estaba,  por aquellos años, la competencia del Real y el Barsa; pero ahora la contemplo con la misma sonrisa que recibía aquellas cartas, con la misma sonrisa que asisto a las discusiones de mis nietos, como mínimo peaje del amor inteligente, ya sabéis, aquel que tiene su manera de amar como acaso no sabe el corazón.

En Madrid, acabamos encontrándonos los salmeronianos, compañeros del Instituto Salmerón. Éramos Agustín Tanarro Sanz, Adelaida Robles, Juan Mariné Bruguera y Juan Genís Stany. Nos veíamos a salto de mata o alrededor de una escalibada de Rosa, dulce esposa de Genís. Mi conexión barcelonesa.

Al término del Examen de Estado, al pie de la Universidad de Madrid, también pasé por el trámite de la declaración jurada, esta vez en forma de cuestionario impreso, que prácticamente quedó en blanco salvo en la última demanda (Personas que garanticen la verdad de sus manifestaciones) Yo nombré a dos salmeronianos: Agustín Tanarro Sanz y Manuel Sitges Creus.

En 1975, la peña periodística Primera Plana le otorgó el antipático Premio Limón a Joaquín Viola Sauret, alcalde de Barcelona, que tuvo el gesto simpático de venir a Madrid a recogerlo. Y no solo lo recogió personalmente, sino que además tuvo la gentileza de regalarnos  una corbata con el escudo de Barcelona a cuantos asistimos a la ceremonia. Después, murió en un espantoso acto de terrorismo. Tan espantoso que, como intimo homenaje, con frecuencia perseverante, usaba aquella corbata.

Veinte años después, en 1996, en una recepción de la Casa de la Villa, me presentaron a una bella catalana, Anna Congost que venía a instalarse en Madrid como empresaria y lógicamente deseaba ampliar sus contactos. Anna fue y sigue siendo una encantadora amistad, una vez repuesta  de la impresión que le produjo comprobar que el Decano de los Cronistas de Villa, de Madrid, en la Casa de la Villa, de Madrid,  sin venir a cuento, hacia ostentación del escudo de Barcelona en su corbata.

He procurado no desaprovechar las oportunidades de volver a Cataluña.

En 1957 (verano), a Salou. Coordinador del Curso de Altos Estudios de la Información.

En 1997 (27 de noviembre) a Barcelona. Trobada de antiguos alumnos del Instituto Salmerón (6.500 pesetas el cubierto) y homenaje al profesorado, representado por el superviviente señor Campos que nos había enseñado Edafología. Gracias a sus enseñanzas, por el ancho mundo, he presumido de saber que es el complejo zeolita-humus. 

En 2002 (7 de noviembre) a Barcelona. Presentación de Plataforma 2003. Conferencia sobre José  Antonio, de la que he extraído datos para esta otra.

En 2004 (27 de mayo), a Girona. Clausura del Centenario de José Antonio. Plataforma 2003. Conferencia Postrimerías de  José Antonio.

En 2004 (22 de octubre), a Calella. Escuela de Otoño de Plataforma 2003.

En 2006, a Santa Perpetua de Mogoda. Inauguración del restaurante del Castell de Santiga. Visita a Sant Cugat. Excursión sentimental a las Ramblas.

En 2011, a Barcelona. Hermandad del Frente de Juventudes y Plataforma 2003. Presentación de Escritos y discursos (López Cancio) y Aquí hubo una guerra (Aguinaga),

A mayor abundamiento, leo a diario La Vanguardia, empezando por las páginas de Política, con los ninots de Batllori, y terminando con el crucigrama de Fortuny, que procuro no se vaya vivo.

VI ESTACIÓN

EN LA QUE LLEGAMOS AL ESTADO PLURINACIONAL

 

¿Quién se acuerda de Anselmo Carretero Jiménez?

 Ingeniero industrial, socialista, exilado, en Méjico publicó Las nacionalidades españolas en dos ediciones, en 1948 y 1952. Regresado a España, en vísperas de la Constitución, en 1977, publica una tercera edición, muy ampliada, de la que conservo un ejemplar dedicado por el autor: Para Enrique de Aguinaga, muy afectuosamente.

 El libro de Carretero  Jiménez, inspirado en las ideas de su padre, Carretero Nieva, consagra términos sobre los  que se  acumulan tantas presuntas explicaciones que acaban reducidos a meras etiquetas: la etiqueta nacionalidades, la etiqueta nación de naciones y la etiqueta estado plurinacional.

 De mi profesor fray Mauricio de Begoña, en la Escuela de Periodismo, aprendí que las palabras las carga el diablo

 Ya fue una grave concesión la introducción de las nacionalidades en el artículo segundo de la Constitución. Se dice con fundamento que esta fue la causa de que Torcuato Fernández Miranda votase no a la Constitución. El hecho comprobable es que en el ejemplar original falta su firma.

 Desde otro punto de vista, hace poco, le he oído a Ramón Tamames que gracias a este término, normalmente inexplicable, hemos tenido cuarenta años de estabilidad por vía del consentimiento. Pan para hoy, hambre para mañana

 Nación de naciones, no pasó a la Constitución; pero a pesar del juicio del catedrático Alejandro Muñoz-Alonso (contradicción en los términos, cuadratura del círculo) no ha dejado de formar parte de la logomaquia, como propuesta que llega a nuestros días.

 No se ha advertido, otra concesión por omisión. El que se ha llamado articulo a la deriva, promulgado pero no desarrollado: el artículo 5 de la Constitución que reconoce a la Villa de Madrid como capital del Estado. Y, por lo tanto, como factor y broche de cohesión nacional. En su día se impidieron las propuestas de desarrollo legislativo y Madrid, capital de provincia,  quedó reducido a uno de los 179 municipios de la Comunidad Autónoma, gran disparate para que nadie se sienta afectado. Así, cuando, finalmente, se promulga la llamada Ley de capitalidad (2006), es tan ridícula como insignificante.

 Queda otra cuadratura del círculo, sino es la misma: el estado plurinacional, esta vez acompañado de la soberanía única y de la nación  cultural. El estado plurinacional, lejos de ser la solución, como muestra la historia (URSS, Yugoslavia, Checoslovaquia…), es la inevitable y segura antesala de la secesión (Alejandro Muñoz-Alonso dixit)

 A esto hemos llegado. Hace treinta y seis años Josep Tarradellas, presidente de la Generalidad en la etapa preautonómica, lo avisó. El 4 de abril de 1981 Tarradellas dirigió una carta al director de La Vanguardia para puntualizar expresiones anteriores de una conversación personal.

 En la carta  Tarradellas relata cómo, en el acto de trasferencia del poder a Jordi Pujol (8 de mayo de 1980), se le impidió terminar su parlamento con las palabras tradicionales: ¡Viva Cataluña! y ¡Viva España!

 Por eso –escribe Tarradellas- al día siguiente, manifesté que se había roto una etapa que había comenzado con esplendor, confianza e ilusión el 24 de octubre de 1977 (Ja sóc aquí), y que tenía el presentimiento de que iba a iniciarse otra que nos conduciría a la ruptura de los vínculos de comprensión, buen entendimiento y acuerdos constantes que durante mi mandato habían existido entre Cataluña y el Gobierno. Todo nos llevaría a una situación que  nos haría recordar otros tiempos muy tristes y desgraciados para nuestro país.

 Escribe Alejandro Muñoz Alonso:

 No había previsto, Carretero, el viejo exilado –que falleció en 2002, a los 94 años de edad- que las autonomías serian secuestradas por los nacionalismos   con deletéreas consecuencias para el conjunto del sistema.

  Autodeterminación, soberanismos, ámbitos propios de decisión…y demás   concepciones articuladas por los nacionalismos y manejadas como auténticas armas  de aniquilación del sistema de la Constitución  de 1978, no entraban en los bien intencionados  cálculos de Carretero..

 Efectivamente. Carretero en su libro (pagina139) escribe:

 Algunos catalanistas exaltados han expuesto con tanta pasión  las particularidades de Cataluña en relación con los demás  pueblos de España que en ocasiones han llegado a presentar los “hechos diferenciales” con criterios tan fuera de razón que no  es posible tomarlos en serio.

 Camaradas, hay que terminar. Sencillamente, sin calderones ni pronósticos ni solemnes declaraciones. Atento a los hechos. Como este:

 El otro día, concretamente el domingo, día 4, La Vanguardia hizo algo excepcional: situó el arranque de su editorial en la portada, señal inequívoca de importancia. El editorial se titula Aún estamos a tiempo. El propio editorial, que prácticamente ocupa la página de opinión, subraya los párrafos finales:

 Hay margen y oportunidad para llevar la cuestión de Cataluña al Congreso y desde  allí buscar soluciones. Esa es la vía que sería aplaudida en la Unión Europea. Pero esa vía exige inteligencia y generosidad. La necesaria generosidad de un Gobierno español que no se atreve a reconocer la amplitud de la disidencia catalana. La necesaria inteligencia de unos gobernantes catalanes obligados a reconocer que no hay mayoría social para el aventurerismo. Aún estamos a tiempo.

 

Muchas gracias, camaradas, por vuestra atención.